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Antoine M. Huelin
“ Madrid a tantos de tanto…
Amigo Carlos, hemos llegado a un punto de no retorno, en el que la memoria de iniquidades ha alcanzado un grosor difícil de asumir y tendremos que tomar medidas radicales. Déjame hacerte una breve relación.
En el origen del mundo estaba la ración, ya fuera de boquerones fritos, de calamares o de bravas, petición tras el consabido… pase… al fondo hay sitio… de la barra atestada de personal. Introducción previa al degradante alpiste con el que gran número de bares y tascas despachan la obligada tapita con cerveza…Alpiste encarnado en aceitunas insípidas, patatas fritas blandas y otras incurias entre las que destaca sobre todo esa infumable combinación inmiscible –los más cultos dirían contra natura- de panchitos, gominolas y otras aberraciones similares.
Fue la luminaria de tu hermana la que nos descubrió el mundo de las medias raciones, adoptado de inmediato por nosotros, aunque me negué a que ejercitaras tu afán matemático para disuadirme de que dos medias raciones no sumaban una simple.
La crisis implícita de todo esto, ha sido la sospecha sobre lo que se trajina en ese impenetrable mundo de la estancia —no puedo llamarla de otra manera —todo lo que comemos: eso que llaman cocina. ¿Qué decir, por ejemplo, sobre la renovación de los aceites de frituras, cuyo olor se extiende como un moho insaciable a lo largo de las distintas direcciones de una calle? Envidio la espiritrompa de algunos insectos alados, que les permite husmear los alimentos a una cierta distancia, antes de establecer un contacto físico con el producto y morir por simple intoxicación de contacto.
Y es aquí donde volviste a aterrizar con tu afán inquisitivo y me soltaste aquella perorata sobre la composición de lo que comemos, que si el problema empieza en lo que compramos, que todos deberíamos llevar la app de una cosa llamada Yuka, que te dice si un alimento elaborado tiene mucha sal o mucha azúcar o mucha grasa… y mejor te vuelves bretariano (sic) y vives del aire, pero no en la ciudad, claro.
Y que esa misma Yuca, junto con una web mantenida por una caterva de investigadores americanos (www.ewg.org), que no solo de Harvard vive la ciencia, te dicen qué alimentos han sido cultivados allí con herbicidas potencialmente cancerígenos, e ignoras si los va a llevar alguna conserva o producto importado, sin que te avise de su posible presencia. No hay etiquetas que digan ‘berenjenas cultivadas con glifosato’. Y reclamaste que nos convirtiéramos en nuestros propios detectives, mirando etiquetas y pasando todo por el control yucaensis. El colmo fue cuando viniste con un artículo de tu amigo Chechu, investigador que había muestreado distintos restaurantes madrileños y descubierto gracias a análisis moleculares que, pidiendo mero para comer, en más de uno te cuelan perca del Nilo. ¿Qué otras cosas nos cuelan sin enterarnos? Y creo que en ese momento te odié por hacer mi vida mucho más trabajosa, si quería que fuese más cierta y mucho más sana.
Me propusiste iniciar una campaña en change.org para que promulgaran una ley que obligara a los restaurantes y los bares a poner, junto con la lista del menú, una especificación de los ingredientes con los que cocinaban, el tipo de aceite, el tiempo de renovación del mismo y cualquier otro aspecto culinario que pudiera tener una relación con la salud.
Esto no podía acabar bien y hoy hemos terminado comiendo cada uno en nuestra casa, y quedado en un garito donde, tras pedir la bebida y una croqueta para compartir, nos han puesto de patitas en la calle.
Carlos, tenemos que replantearnos la estrategia para sobrevivir.
Giancarlo”
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“ Madrid a tantos de tanto…
Amigo Carlos, hemos llegado a un punto de no retorno, en el que la memoria de iniquidades ha alcanzado un grosor difícil de asumir y tendremos que tomar medidas radicales. Déjame hacerte una breve relación.
En el origen del mundo estaba la ración, ya fuera de boquerones fritos, de calamares o de bravas, petición tras el consabido… pase… al fondo hay sitio… de la barra atestada de personal. Introducción previa al degradante alpiste con el que gran número de bares y tascas despachan la obligada tapita con cerveza…Alpiste encarnado en aceitunas insípidas, patatas fritas blandas y otras incurias entre las que destaca sobre todo esa infumable combinación inmiscible –los más cultos dirían contra natura- de panchitos, gominolas y otras aberraciones similares.
Fue la luminaria de tu hermana la que nos descubrió el mundo de las medias raciones, adoptado de inmediato por nosotros, aunque me negué a que ejercitaras tu afán matemático para disuadirme de que dos medias raciones no sumaban una simple.
La crisis implícita de todo esto, ha sido la sospecha sobre lo que se trajina en ese impenetrable mundo de la estancia —no puedo llamarla de otra manera —todo lo que comemos: eso que llaman cocina. ¿Qué decir, por ejemplo, sobre la renovación de los aceites de frituras, cuyo olor se extiende como un moho insaciable a lo largo de las distintas direcciones de una calle? Envidio la espiritrompa de algunos insectos alados, que les permite husmear los alimentos a una cierta distancia, antes de establecer un contacto físico con el producto y morir por simple intoxicación de contacto.
Y es aquí donde volviste a aterrizar con tu afán inquisitivo y me soltaste aquella perorata sobre la composición de lo que comemos, que si el problema empieza en lo que compramos, que todos deberíamos llevar la app de una cosa llamada Yuka, que te dice si un alimento elaborado tiene mucha sal o mucha azúcar o mucha grasa… y mejor te vuelves bretariano (sic) y vives del aire, pero no en la ciudad, claro.
Y que esa misma Yuca, junto con una web mantenida por una caterva de investigadores americanos (www.ewg.org), que no solo de Harvard vive la ciencia, te dicen qué alimentos han sido cultivados allí con herbicidas potencialmente cancerígenos, e ignoras si los va a llevar alguna conserva o producto importado, sin que te avise de su posible presencia. No hay etiquetas que digan ‘berenjenas cultivadas con glifosato’. Y reclamaste que nos convirtiéramos en nuestros propios detectives, mirando etiquetas y pasando todo por el control yucaensis. El colmo fue cuando viniste con un artículo de tu amigo Chechu, investigador que había muestreado distintos restaurantes madrileños y descubierto gracias a análisis moleculares que, pidiendo mero para comer, en más de uno te cuelan perca del Nilo. ¿Qué otras cosas nos cuelan sin enterarnos? Y creo que en ese momento te odié por hacer mi vida mucho más trabajosa, si quería que fuese más cierta y mucho más sana.
Me propusiste iniciar una campaña en change.org para que promulgaran una ley que obligara a los restaurantes y los bares a poner, junto con la lista del menú, una especificación de los ingredientes con los que cocinaban, el tipo de aceite, el tiempo de renovación del mismo y cualquier otro aspecto culinario que pudiera tener una relación con la salud.
Esto no podía acabar bien y hoy hemos terminado comiendo cada uno en nuestra casa, y quedado en un garito donde, tras pedir la bebida y una croqueta para compartir, nos han puesto de patitas en la calle.
Carlos, tenemos que replantearnos la estrategia para sobrevivir.
Giancarlo”
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