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«Soy como la vieja druida de la tribu; estoy ahí para acompañar a las nuevas generaciones» - Entrevista a Maitena

Texto: Elisa McCausland / Fotografía: Alejandra López
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El libro Las mujeres de mi vida, inspirado en la exposición del mismo nombre, te trae de vuelta a la vida pública en Argentina, y el mundo entero. ¿Qué ha supuesto para ti este proceso de reencontrarte y reconocerte en tu obra, y compartirla con las generaciones pasadas y presentes?
A mí me agarró de sorpresa cuando me ofrecieron hacer la muestra. Yo me había ido, me había retirado. Me iba a tomar un año sabático y me tomé 15, y me olvidé de mi trabajo. No dimensioné lo que había pasado con mis cómics. Fue en 2018 cuando empecé a darme cuenta de algo, en la calle. Ese año fueron en Argentina las marchas por el aborto y yo tuve una militancia muy activa con Ni Una Menos. Entonces me pasaba de estar en la calle y que vinieran las chicas de treinta y pico de años y me dijeran "Vos me hiciste feminista", lo que me sorprendía muchísimo. Para colmo, hace cuatro años me ofrecen hacer una gran retrospectiva. Yo había expuesto páginas sueltas y había participado en muestras colectivas, pero nunca había tenido la oportunidad de exponer toda mi obra. Me di cuenta, sin embargo, de que ese trabajo de selección no lo podía hacer yo, porque además miraba el material y todo me parecía que estaba antiguo. Quién me iba a decir que, viendo ahora todo lo que está pasando en el mundo, creo todo lo contrario, que está súperactual. Hoy hemos de volver a decir todo de nuevo. No solo a los hombres, también a muchas mujeres jóvenes. Tengo la impresión de que el patriarcado contraataca muy duramente y que es importante volver a un eje feminista. No sé si tengo tanta paciencia, pero tengo mi trabajo para hacerlo.
Ha habido un proceso para nombrarse feminista, entiendo, como creadora y como sujeto militante.
La muestra para mí fue empezar a abrir cajas y encontrarme con material de muchas décadas. Sobre todo, lo que me llamó mucho la atención fue cómo mi trabajo era feminista, aun cuando yo tenía 20 años. Todavía no me interesaba especialmente la militancia feminista, ni los temas de género. No se llamaban así. La característica de mi trabajo es que nunca se habla directamente ni del patriarcado, ni de género, ni de sororidad, no se utilizan esas palabras, pero se habla de todo ello con ejemplos. Curiosamente, hace 20 años, cuando yo daba entrevistas en España, los periodistas hombres me decían: "Tu humor es muy bueno, pero un poco feminista", y lo decían como algo peyorativo. Yo era feminista y me reconocía como feminista, pero no me gustaba decirlo porque se veía mal. Eran los noventa, los tiempos de la serie Sexo en Nueva York, y las mujeres nos habíamos puesto de moda. El éxito de Mujeres alteradas tuvo que ver con el espíritu de esa época, las mujeres habían encontrado a alguien que hablaba de todo aquello que ellas mismas querían decir. En la última ola hubo un cambio, todas pudimos salir a gritar a la calle que éramos feministas y tratar, además, de que se entendiera el concepto. Aunque, para mí, lo más importante que ha traído es que las chicas más jóvenes han entrado en el movimiento. Antes parecía una cuestión de mujeres mayores, más intelectuales, de otro tipo. En cambio, las protagonistas de esta última ola fueron las pibas, con la ley del aborto como lucha protagonista, y eso le dio otro color. Fíjate en el movimiento transfeminista espectacular, Línea Peluda, del que fui la madrina, que alcanzó 60.000 miembros de todas las partes del mundo, con su activismo gráfico en favor del aborto legal, seguro y gratuito.
Una muestra y publicación retrospectiva obliga a mirar atrás, a poner en orden. ¿Qué ha supuesto el humor gráfico en la vida de Maitena?
El humor gráfico es mi herramienta de trabajo. Yo empecé haciendo historietas más tipo novelas gráficas; historietas eróticas, historietas más largas. Pero el humor gráfico siempre resumía de alguna manera la posibilidad de trabajar en una viñeta pensamiento, trabajar ideas de una manera muy fácil. Se da la paradoja de que cada vez hay menos humor gráfico porque el meme le pasó por encima. Es muchísimo más eficaz en su manera de leer. El humor gráfico, salvo algunas excepciones, quedó un poco atrasado a veces, con esos globos enormes llenos de texto. Ahora todo es mucho más rápido. De lo que se hace ahora, me gusta mucho Flavita Banana, cómo resuelve desde la metáfora. Me gusta mucho la viñeta diaria. Me parece que funciona distinto de una viñeta suelta de humor gráfico. Cuando tenés la posibilidad de trabajar en un diario, y un lector puede leer día a día tu viñeta, pasa otra cosa distinta, porque hay un sistema de ideas y de pensamiento al que se llega desde el trabajo constante. Entonces, no todos los días tiene que ser la gran viñeta, pero sí se ofrece un goteo de ideas y emociones que me gusta. No lo aguanto de hacer, pero me gusta.
Entablaste un diálogo con muchas de tus lectoras en tiempos previos a las redes sociales. Te escribían cartas, te enviaban regalos…
Sí, y me paraban por la calle, hacía encuentros con el público, firmas en las ferias, y era multitudinario. Lo que yo no tenía, que ocurre ahora, es esa respuesta tan rápida que pasa en las redes sociales. Tienen su lado bueno. A mí me encanta cuando publico una historieta con alguna enumeración o lista de situaciones, y las mujeres que comentan encuentran muchas otras que a mí no se me habían ocurrido. En los 2000 la dinámica era más de que te contaban su anécdota, pero en la época de redes sociales te escriben mujeres que dicen: "No, a mí no me pasa eso. A mí me pasa esta otra cosa", y me parece interesante. Abre todavía más ese relato. Lo que no me gusta de las redes sociales es la parte de la mala onda: la misoginia, la pelea, la agresión, la violencia, y también la posibilidad de que mucha gente esté habilitada a decirte cualquier cosa bajo un seudónimo.
Existe, además, una genealogía de lectoras —madres, hijas, nietas— que han estado en relación con cada uno de los momentos, cada una de las épocas, de tu humor gráfico.
De esto que dices he sido muy consciente en la muestra, donde encontrabas a la abuela, la madre y la hija. Es muy emocionante para mí y, a la vez, difícil explicar todo lo que se siente al formar parte de sus vidas. Ellas miraban las historietas y se reconocían, se acordaban de cosas. La muestra fue maravillosa, y creo que esto que estamos hablando el libro lo reproduce de alguna manera, pues hay muchas situaciones de madres e hijas en mi obra. En Mujeres alteradas, por ejemplo, que es la serie más conocida, aprovechaba el Día de la Madre para abordar el tema. Al principio, una cuenta el chiste y se ríe de lo más obvio. Pero cuando tocas el mismo tema muchas veces, vas explorando nuevas vías, y eso se ve muy bien en todas las series —Mujeres alteradas, Superadas, Curvas peligrosas y Actualizadas— que hice para Clarín. Todas tienen un aire de época diferente y un dibujo particular, que es lo que a mí me parece más interesante. Nunca dibujás igual; al menos, yo no soy ese tipo de dibujante.
Para mí, es uno de los hallazgos de Las mujeres de mi vida: la mirada retrospectiva permite observar tu evolución en cada una de las épocas, no solo en el cambio de estilo, también en la tipografía, que nos lleva a tus procesos. Aunque en esta última etapa de tu carrera has optado por el digital, siempre has trabajado a mano.
Solo el trabajo de Actualizadas está hecho en digital, y ya estoy con ganas de volver al dibujo a mano. En cuanto a la tipografía es curioso, mi tipografía ha cambiado. Al principio le copiaba a Fontanarrosa, que es un humorista rosarino, y hacía la helvética en minúscula, después pasé a mayúscula. La tipografía tiene que ver con cómo hablan los personajes y con el dibujo de una, que va cambiando. Una madura como profesional, y hay modas en cada momento. Mujeres alteradas tenía una impronta propia de Los Simpsons, por ejemplo, todo lo que vino después fue distinto… Las revistas querían en aquella época que las páginas se vieran de muchos colores, que llamasen la atención. Para Las mujeres de mi vida, he preferido priorizar el dibujo, que se vea mejor. Queda más lindo, más limpio, más moderno. Cada serie siempre ha tenido que ver en realidad con el momento en que fue concebida, y me doy cuenta de que con todas ellas he contado mi vida, podría hacer una autobiografía a partir de todas sus viñetas, pero con un dibujo que evoluciona. Ahora me gustan más las mujeres parecidas a las personas reales.
En esta genealogía autoral y de humor gráfico hecho por mujeres a la que perteneces, has citado a Flavita Banana como inspiración presente, y señalas a la historietista francesa Claire Bretécher como una de tus primeras inspiraciones.
Cuando era más joven, como lectora de historietas solo leía a hombres porque, por aquel entonces, las historietas solo las hacían hombres. Por eso al empezar copiaba mucho a Manara, Guido Crepax, José Muñoz… Estaba Núria Pompeia, pero yo no me la crucé, la conocí después. Fue gracias a la revista Sex Humor que supe de la existencia de Claire Bretécher. Me dije: "Esto es lo que yo quiero hacer", y me sentí validada. A partir de ese momento me lancé a hacer desde mi propia experiencia como mujer. Mis historietas para Sex Humor eran historietas eróticas que considero feministas porque el deseo era femenino. Mis colegas hombres hacían historietas donde la mujer era objeto de deseo, mientras que en las mías las mujeres estaban calientes, algo disruptivo para la época. Otro gran influencia fue Wonder Woman, puede que la actriz Lynda Carter fuese la primera mujer que me gustó sexualmente cuando la vi en la serie de televisión de los años setenta sobre la superheroína. En el festival de historieta Comicópolis conocí a una de las guionistas de la Mujer Maravilla, Trina Robbins, una persona adorable.
Uno de los aspectos que más me gustan de tu dibujo es la impronta del cuerpo humano y la naturalidad en el abordaje de la sexualidad. Tu historieta erótica fue recopilada en Lo peor de Maitena (2015), y encontramos también una selección en Las mujeres de mi vida.
Hace mucho que no hago erotismo, pero me continúa gustando. El problema son los ritmos de trabajo que impone el humor gráfico y la tendencia —al tener que ceñirte al espacio que te concede el diario— de trabajar el plano medio americano, las personas dibujadas de cintura para arriba. Aunque para la historieta de página entera necesitas tiempo, sin duda compensa, puedes dibujar más lindo. Al final siempre se trata de condicionantes prácticos: el espacio y el tiempo de que dispones, la información que puedes trasladar o no a los lectores a través de cómo visten los personajes, de modo que entiendas muy rápido quiénes son, lo que hay detrás de lo que dicen. De un tiempo a esta parte, por ejemplo, empiezan a sobrarme los globos de diálogo, los reduzco al mínimo. Quiero que hablen la figura y su contexto. Se dice que vivimos hoy por hoy la victoria de las imágenes sobre los textos, pero luego abro muchas novelas gráficas y no lo veo. En el medio lo esencial es contar visualmente. Aunque la obra esté en un idioma que no entiendes, deberías poder deducir sus argumentos, qué universo plantea, quiénes son sus personajes, solo contemplándola.
¿Qué pasó durante los años en que no dibujaste? Pasaste de una vida pública muy activa a otra recogida que ha abarcado casi dos décadas.
Yo empecé a trabajar muy joven y luché muy duro durante años hasta que me fue bien, logré ser una superventas con los recopilatorios de mis chistes. ¿Qué pasa? Que hacía humor gráfico diario, no podía parar. Estaba cansada. Aunque había ganado mucho dinero y me publicaban en doce o trece países, tenía problemas personales, de pareja y de adicciones. Mi vida era un caos. Entonces pensé, si ahora mismo no necesito trabajar para vivir, voy a ocupar mi tiempo en lo que de verdad me parece importante: mi vida, mi salud, mi pareja, mis hijos. Y parar resulta que fue genial: me separé, empecé a disfrutar de mis hijos, dejé atrás las adicciones, y además me dio por volver a la escritura, que siempre me había gustado y que en ese momento me pareció un desafío.
En España poca gente sabe que también has probado suerte con la novela.
Sí, vino primero Rumble (2000), autobiográfica, y luego otras tres novelas que espero terminar en algún momento, o empezar otras, da igual. Lo importante era escribir, que no tiene nada que ver con la historieta. Ni siquiera acompañé demasiado Rumble cuando se publicó, para mí eso no era relevante. Se va a reeditar este próximo mes de junio y trataré de cuidarla más, y quizá eso me anime a desempolvar las restantes, a seguir escribiendo. De modo que parar durante unos años me sirvió para coger fuerzas, y resulta que ahora no paro, y estoy encantada. Por otro lado, me ha salido una oferta para escribir los guiones de una serie de imagen real que producirá Amazon el año que viene, que es todo un desafío porque ya había escrito de muy joven guiones humorísticos para programas de televisión, pero esto es más ambicioso, estoy contenta. Y también ando muy metida en la defensa del medio ambiente, es un tema que me apasiona. Me ha dado últimamente por dibujar animales, aspectos de la naturaleza, ya me aburrí de dibujar a la gente.
Y, ahora que vas a España, ¿qué recuerdo tienes de los años en que tuviste una relación estrecha con este país?
Hubo unos años, sí, en que viajaba muchísimo a España, y tenía allí muchas amigas, disfrutaba de ir y lo pasaba bárbaro con ellas, me sentía muy querida. Te reconozco que volver me produce un poco de vértigo, muchas cosas ya no serán como antes y quienes me vean lo primero que me van a decir o pensar es "qué vieja estás". Pero claro, me han dado el Premio Iberoamericano de Humor Gráfico, el Quevedos, que es una maravilla, y es la primera vez que se lo dan a una mujer, y conozco un poco la escena del cómic español y sé que se están haciendo cosas muy buenas, me apetece verlo de primera mano.
Hablemos de tu reincorporación al mundo del cómic argentino. No es ningún secreto, para empezar, que la comunidad cultural anda revuelta contra las políticas del actual Gobierno.
Es que esas políticas suponen la destrucción de la cultura. No les motiva lo más mínimo invertir un peso en la cultura, y, cuando lo hacen, no tienen idea de lo que están haciendo, caen en cosas absurdas. Pero lo que más nos preocupa no es la cultura, fíjate, es la gravedad de los argentinos que lo están pasando mal en la calle, o la venta de los recursos naturales del país, o el destrozo de la industria local por la apertura absoluta a las importaciones. Y mientras hay quienes se están enriqueciendo con las políticas neoliberales de ahora, con la destrucción del Estado que se proclama desde el Gobierno. No hay políticas públicas, no hay políticas educativas, el desamparo de la población es total.
Estuve en marzo en la segunda Bienal de la Historieta de Buenos Aires —la primera tuvo lugar en 1968—, y me pareció en efecto que la escena del local estaba revolucionada, con una energía muy especial, comprometida tanto con el medio cómic como con las realidades del país, presentes y pasadas. ¿Te sientes acogida en estos nuevos aires para el cómic argentino?
Sí, me ha emocionado descubrir que soy un referente, que las nuevas generaciones me tienen mucho cariño. Soy como la vieja druida de la tribu, ¿no?, estoy ahí para acompañar a las nuevas generaciones y me gusta hacerlo. Si te digo la verdad, nunca me ha gustado la gente que se repite a sí misma, tampoco en el cómic, y es lo que observo muchas veces en mi generación, me aburre un poco ya lo que hacen. Los hombres, sobre todo, se repiten y se repiten, incansablemente. ¿Cómo no va a interesarme lo que hacen los nuevos autores y autoras? He sido jurado en los últimos años de concursos de historietas y me parece que el nivel medio es buenísimo, respira, y me ha animado a desarrollar algún que otro proyecto. Tengo por ejemplo una idea de exposición muy interesante con un chico brillante, Miseria, que mezcla el humor gráfico con el meme. Y están por supuesto las chicas: la chilena Catalina Bu, que me encanta, o Power Paola, amiga de hace años. Fue en buena medida gracias a los cómics de Paola por lo que volví después de un tiempo de haber estado lejos de la historieta. Ella me ha descubierto además a un montón de chicas que están haciendo historietas y exposiciones interesantísimas. Y resulta que muchas de ellas han leído Mujeres alteradas, por ejemplo, y eso las había animado a probar con el cómic y el humor gráfico, algo que me llena de alegría y orgullo. En eso consiste todo, si lo piensas bien: ofrecer, inspirar, recibir de vuelta, descubrir…
Defines tu última época artística como punk, un sentimiento que también me ha trasladado por cierto Paola en alguna ocasión. ¿En qué se cifra para ti ser punk en este momento de tu vida y tu carrera?
En hacer lo que me apetece, sin más. Hacer lo que quiero, como quiero hacerlo. Y también ayudar a que otras personas puedan acceder a ello, algo quizá más propio del punk ochentero que del aparecido en los setenta: el apoyo a gente que lo está pasando mal, o que se siente en contra del sistema, es muy necesario en estos momentos. Personalmente, de hecho, me está pasando con la edad que cada vez me pienso y me siento más antisistema. No me interesa para nada ser una señora burguesa obsesionada con su vajilla, su casa, sus compras, con estirarse la cara… Soy vieja, quiero ser vieja, soy una vieja lesbiana. Es mi vida ahora mismo y me gusta. Y, además, tengo amor, y no hay nada más revolucionario que el amor, la ternura. Por eso no me cuesta nada sentirme más punk que a los veinte.
En relación con eso, siempre que viajo a Latinoamérica —Argentina, Chile, Colombia— me sorprende el rabioso compromiso social, feminista, que se respira en la calle, una viveza que ya no existe en España, y cómo todo eso se traslada a la creación. Hay una frase tuya muy bonita al respecto: "No se dibuja bien o mal, el dibujo está vivo o está muerto, no hay más".
Es que fíjate que eso que dices me pasa desde hace años con el arte. Cuando veo el que se realiza fuera de Latinoamérica… Acá vas a una exposición de cualquier tipo y te atraviesa, te deja un sentimiento, una emoción. Sin embargo, en otros países, voy a exposiciones y muestras y me parecen decorativas, pinturas para el living, no me interpelan en absoluto. Quizá es lo que tiene estar siempre pasándolo mal, como nos ocurre por aquí; que ardes en deseos de decir cosas, la expresión es una lucha, y, por otro lado, cuando lo pasas bien es una fiesta. Acá en Argentina, con mis amigas, las fiestas son siempre así, una combinación de baile y espíritu de lucha.
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