print $title?>
«Pueden eliminar un cuerpo, pero no la potencia de una voz» Entrevista a Alfredo Garzón y Verónica Ochoa, autores de la novela gráfica ‘Yo quiero no morir’
Se publica en España el cómic que devuelve a la vida el ideario del humorista colombiano Jaime Garzón, defensor de los derechos humanos y mediador por la paz asesinado hace veintisiete años por paramilitares en alianza con el Estado colombiano. Su hermano, el humorista gráfico Alfredo Garzón, y la dramaturga Verónica Ochoa recuperan su idiosincrásica fi gura en la novela gráfi ca ‘Yo quiero no morir’, donde sus autores abordan el duelo imposible de la ausencia del ser querido que es, a su vez, parte de la memoria colectiva de un país.

Elisa McCausland
La novela gráfi ca Garzón: El duelo imposible fue autopublicada hace dos años en Colombia con el ánimo de sanar una herida profunda, hacer memoria y establecer relación con las nuevas generaciones, que no habían conocido la fi gura de Jaime Garzón. Ahora se publica en España con otro título, Yo quiero no morir, palabras que apelan a una pulsión de vida que el humorista ejercitaba en sus intervenciones públicas.
Nuestros asesores nos hicieron ver que era imprescindible que el nombre «Garzón» estuviera en el título. En Colombia ese apellido moviliza elementos muy profundos que todavía estamos tratando de entender. Jaime es una voz sin cuerpo porque sentimos que su palabra sigue viva: emerge, retorna, acierta, moviliza y, también, desestabiliza… porque sus detractores siguen en el intento de aniquilar esa voz.
Sabíamos que ese nombre iba a captar la atención de los lectores colombianos, y que les iba a suscitar la pregunta: “¿Será que ese libro que dice Garzón será sobre Garzón, sobre nuestro Jaime Garzón?”. De ahí que decidiéramos acoger ese vínculo de los colombianos con ese nombre, porque lo pensábamos como un regalo para todos los que lo admiran y lo recuerdan. En aquel momento no se nos pasaba por la cabeza la idea de que nuestro libro fuera publicado en otros territorios.
Yo quiero no morir es una declaración que tiene una carga y entraña una realidad atroz en el contexto colombiano: en este país a la gente la matan todo el tiempo; en el caso del asesinato político, justamente por defender la vida. Pero no solo eso, la matan dos veces y más veces, porque a esas personas se las borra del relato histórico, de la memoria colectiva, de la conversación pública. Jaime pronunció esta frase unos años antes de su asesinato porque sabía que podía suceder. Con el título queríamos reconocer el deseo de Jaime, y con la obra concederle ese deseo: que no muriera para la historia.
Las elecciones en Colombia han dado la victoria al candidato de extrema derecha, Abelardo de la Espriella. ¿Qué nivel de polarización habéis vivido durante la campaña y cómo ha afectado a la libertad de expresión de los agentes culturales y de la ciudadanía?
El ambiente de polarización fue una pesadilla. La campaña de odio contra Gustavo Petro se sembró con constancia durante sus cuatro años de gobierno y dio una cosecha monumental en los resultados de los comicios. Por ahí se instaló la frase “No ganó Abelardo, ganó el odio a Petro”, pero sabemos que la complejidad de brelo que sucedió no cabe en una frase. Ya en Colombia habíamos lidiado con algoritmos y posverdades, con la idea de que la gente vaya berraca [iracunda] a votar y con la compra de votos.
En esta ocasión, a esa fórmula compleja tendríamos que sumarle nuevos elementos, como la influencia de Donald Trump, el Hondurasgate, la amenaza constante de la Internacional reaccionaria o la chequera de Abelardo, pero, sobre todo, en estas elecciones si ha habido una protagonista, esa es la inteligencia artificial: el material infundado y calumnioso que, con toda impunidad, se difundió en contra del candidato Iván Cepeda desbordó los límites de lo admisible. Aún hoy, pensar en esto nos saca el aire, pero hay algo que nos ayuda a recobrarlo: “La remontada”. “La remontada” fue el nombre que se le dio al movimiento digital, popular y espontáneo que rodeó la campaña de Cepeda después de la segunda vuelta.
Sin estrategas, sin consultores de marketing. La base del movimiento progresista se organizó para contener el aluvión de manipulación y garantizar la transparencia en los comicios. Esto supuso ver emerger de nuevo el rostro humano, el agenciamiento colectivo en un entorno en el que la humanidad brillaba por su ausencia y la IA iba moldeando una sórdida realidad. Creo que todos los gestos que conformaron esta remontada son motivo de estudio y análisis porque irradiaron una esperanza real. ¡Por fin algo real en medio de semejante océano de mentiras!
¿Sigue siendo el humor un buen termómetro de la salud democrática de un país? ¿Cómo imagináis que habría abordado Jaime la situación política actual?
El humor hizo parte de este movimiento, sin duda. Los creadores de contenido cómico ayudaron a neutralizar los discursos de odio. Ellos fueron vehículo de las inquietudes y preguntas que buena parte de la sociedad tenía para los candidatos. Figuras relevantes satirizaron a los medios y los pusieron ante su propio espejo deformado de desinformación. Una nueva generación de comediantes y creadores de contenido digital asumió con contundencia el rol que la Historia les pedía. Cuanto mayor resultaba el impacto de sus contenidos, mayor también la persecución, por lo que surgía una y otra vez el nombre de Jaime.
Que los cómicos sean amenazados, perseguidos judicialmente y cancelados es un pésimo indicador del estado de salud de nuestra democracia. A menudo nos hacen la pregunta de qué estaría diciendo Jaime. El asunto es que no lo podemos saber, lo asesinaron y esa pregunta nos causará tormento siempre, pero podemos imaginarlo para calmar la herida. Podemos elucubrar, porque lo expresó alguna vez en esta pregunta, un enfoque posible: “¿Ustedes creen que la solución a la crisis nacional va a provenir de quienes la causaron?”.
Eso nos da para figurarnos que todo este fenómeno de los outsiders le hubiera dado motivo para mucho material satírico. Él tenía un don para desenmascarar estas absurdeces con mucha agudeza; podía conectar los elementos de un fenómeno complejo y expresarlo de la manera más sencilla posible y ponerlo al alcance de todos. Su lenguaje y su humor nunca fueron excluyentes; de hecho, las voces de sus personajes casi siempre venían desde abajo, el pueblo interpelando y desenmascarando al poder.
Jaime Garzón estaba convencido de que el desarrollo de los potenciales del ser humano había de pasar por la educación y el juego, y lo ejercitaba en medios de masas desde un prisma crítico, sin renunciar nunca a la risa.
Jaime es conocido como cómico político, pero este rol coexistía con muchos otros: fue pedagogo; funcionario público, periodista e investigador; mediador de paz y defensor de la democracia y de la Constitución. Era un rara avis, no solo por sus habilidades sino por la capacidad para integrarlas al día a día: jugar, imitar, darle la vuelta al discurso, abrir brelochas en el pensamiento, movilizar, inspirar, no sucumbir al miedo.
El hecho de que su obra atravesara el cedazo del tiempo da buena cuenta de la contundencia del legado: fue viral antes de que la viralidad existiera; habló de cosas que solo hasta ahora estamos empezando a entender, y llamó a los jóvenes a tomar las riendas del futuro, a organizarse y a no dejar algo tan importante como la política en manos de los políticos.
Vosotros trabajáis vuestra propia voz crítica desde el humor gráfico y la dramaturgia, pero curiosamente os habéis decidido por el poder de la expresión gráfica en viñetas para acercar la historia de Jaime Garzón a las nuevas generaciones.
Se podría decir que era apenas previsible que de la unión de un dibujante y una dramaturga hubiera nacido un cómic. ¡Y de más de 500 páginas! Alfredo albergaba la idea de escribir un cómic de tiempo atrás y el encuentro con Verónica generó la química y el impulso necesarios para materializarlo.
Cuando empezamos a leer cómics, a sincronizarnos con este lenguaje, entendimos que la complejidad que teníamos entre manos había llegado a buen puerto, que la narración secuenciada nos iba a permitir transitar las múltiples capas del relato violento de nuestro país y los innumerables duelos complejos que estaban pendientes.
Se trata de una obra de autoría colectiva que no teme a las innovaciones técnicas. ¿Cuál ha sido vuestro mayor reto creativo?
El equipo que terminó integrando la novela fue vital. Se trataba de un colectivo interdisciplinar e intergeneracional, lo que enriqueció el resultado final. Uno de los retos creativos más demandantes fue cómo representar la violencia. ¿Queríamos reproducir la obra de los asesinos?
¿Queríamos replicar el suplicio? ¿Quién se serviría de un gesto así? Esto suscitó muchas controversias y reflexiones. Solemos decir que la obra da cuenta de esa transformación de la mirada sobre el fenómeno de la violencia; en ese sentido la elaboración de un duelo singular y uno colectivo está vivo en la obra. Partir de ese material tan doloroso y brutal, y lograr compostarlo; transformar la muerte en pulsión de vida es uno de los grandes hallazgos estéticos y éticos de la obra.
Desde su publicación en Colombia hace dos años, ¿cómo habéis vivido la recepción y recorrido de esta novela gráfica?
Sabíamos que teníamos un material valioso entre las manos y pensamos que las editoriales iban a apostar por la obra sin chistar, pero no contábamos con que las “leyes del mercado” —la viabilidad económica, las desacertadas métricas de los grandes sellos con respecto al cómic y la censura— nos iban a aguar la fiesta. Ahora sentimos que este fue el mejor camino posible.
Una obra que exalta la libertad radical, de consciencia y de expresión, no podía someterse a los valores mercantilistas de la “gran” industria editorial; debía honrar y ser consistente con el germen que le dio vida, y autopublicarse. Los lectores retribuyeron nuestro gesto de independencia, y la primera edición se agotó en un mes. La editorial Penguin Random House nos dijo que, según sus métricas, el libro vendería alrededor de 21 ejemplares; hoy van 7.800 ejemplares vendidos. A lo largo de estos dos años nuestra historia ha girado en torno al país micropolítico, al que sí está dispuesto a cerrar el ciclo de violencia y reconciliarse, y en este periplo hemos constatado que Jaime sigue irradiando deseo de creer y construir otros futuros posibles.
Gracias a nuestro encuentro con la comunidad del cómic estamos en ese punto. Su red, generosa y organizada, se activó de múltiples maneras y fue gracias a esa trama que llegamos a Astiberri, que es un referente de coherencia y de impecabilidad, y sentimos que la historia de Jaime está en un lugar seguro.
El cómic pone el foco en la comprensión de un país, y reenmarca el relato, le da voz a colectivos invisibilizados, perseguidos y criminalizados. Es un cambio de perspectiva que también hemos visto en proyectos inspirados por los estallidos sociales que trajeron consigo cambios gubernamentales, a los que han seguido reacciones de corte autoritario y posteriores gobiernos de extrema derecha. ¿Qué diagnóstico hacéis de la situación?
Todo esto que citas es motivo de reflexión estos días. Vemos con impotencia cómo hordas de personas desinformadas y manipuladas deciden los destinos de los países y del planeta entero. A su vez, vemos con esperanza cómo la otra mitad de la población se moviliza, se manifiesta, se sube a las flotillas, irrumpe, imagina nuevas insurgencias, alimenta el pensamiento, cuida. Se trata de una lucha existencial, pero las fuerzas son desproporcionadamente desiguales. Queremos pensar que la imaginación está de nuestro lado.
En Colombia hemos visto lo que una canción, una gráfica, un mural, un chiste o un cómic pueden movilizar. El día del sepelio de Jaime había en la plaza de Bolívar un cartel que se alzaba sobre la multitud de dos millones de personas que ese día fueron a despedirlo. Decía lo siguiente: “Violentos, tienen dos opciones: no matar más, o matarnos a todos”. Aunque lo ocurrido después del magnicidio da para pensar que la opción de los violentos fue matarnos a todos, a 27 años del acontecimiento se alza una verdad incontestable: no lograron eliminarnos; al contrario, nos multiplicamos.
Nunca en Colombia hubo un movimiento tan organizado y deliberante como el que hoy existe. Las voces de los que no están nos dan el aliento y nos iluminan el camino. Pueden eliminar un cuerpo, pero no la potencia de una voz. Ese es el nuevo marco que este cómic intenta. Y, en ese marco, los asesinos no vencen.
¿Estáis trabajando en algún proyecto ahora mismo, juntos o por separado?
Juntos, ya no podemos parar. Trabajamos en un nuevo cómic que busca abordar un tema vital para Colombia y para América Latina, la infame “guerra contra las drogas”, esa patraña sostenida en el tiempo que nos ha costado tantas vidas y tantas posibilidades.
A lo largo de los años hemos construido un inventario de historias mínimas, de personajes anodinos, de eslabones invisibles. Queremos dejar que ellos cuenten la historia. No nos interesa hablar de narcos, ni de agentes de la DEA; estamos construyendo otra perspectiva para ver dónde nos lleva.
------------------------------------------------------------------------------
La novela gráfi ca Garzón: El duelo imposible fue autopublicada hace dos años en Colombia con el ánimo de sanar una herida profunda, hacer memoria y establecer relación con las nuevas generaciones, que no habían conocido la fi gura de Jaime Garzón. Ahora se publica en España con otro título, Yo quiero no morir, palabras que apelan a una pulsión de vida que el humorista ejercitaba en sus intervenciones públicas.
Nuestros asesores nos hicieron ver que era imprescindible que el nombre «Garzón» estuviera en el título. En Colombia ese apellido moviliza elementos muy profundos que todavía estamos tratando de entender. Jaime es una voz sin cuerpo porque sentimos que su palabra sigue viva: emerge, retorna, acierta, moviliza y, también, desestabiliza… porque sus detractores siguen en el intento de aniquilar esa voz.
Sabíamos que ese nombre iba a captar la atención de los lectores colombianos, y que les iba a suscitar la pregunta: “¿Será que ese libro que dice Garzón será sobre Garzón, sobre nuestro Jaime Garzón?”. De ahí que decidiéramos acoger ese vínculo de los colombianos con ese nombre, porque lo pensábamos como un regalo para todos los que lo admiran y lo recuerdan. En aquel momento no se nos pasaba por la cabeza la idea de que nuestro libro fuera publicado en otros territorios.
Yo quiero no morir es una declaración que tiene una carga y entraña una realidad atroz en el contexto colombiano: en este país a la gente la matan todo el tiempo; en el caso del asesinato político, justamente por defender la vida. Pero no solo eso, la matan dos veces y más veces, porque a esas personas se las borra del relato histórico, de la memoria colectiva, de la conversación pública. Jaime pronunció esta frase unos años antes de su asesinato porque sabía que podía suceder. Con el título queríamos reconocer el deseo de Jaime, y con la obra concederle ese deseo: que no muriera para la historia.
Las elecciones en Colombia han dado la victoria al candidato de extrema derecha, Abelardo de la Espriella. ¿Qué nivel de polarización habéis vivido durante la campaña y cómo ha afectado a la libertad de expresión de los agentes culturales y de la ciudadanía?
El ambiente de polarización fue una pesadilla. La campaña de odio contra Gustavo Petro se sembró con constancia durante sus cuatro años de gobierno y dio una cosecha monumental en los resultados de los comicios. Por ahí se instaló la frase “No ganó Abelardo, ganó el odio a Petro”, pero sabemos que la complejidad de brelo que sucedió no cabe en una frase. Ya en Colombia habíamos lidiado con algoritmos y posverdades, con la idea de que la gente vaya berraca [iracunda] a votar y con la compra de votos.
En esta ocasión, a esa fórmula compleja tendríamos que sumarle nuevos elementos, como la influencia de Donald Trump, el Hondurasgate, la amenaza constante de la Internacional reaccionaria o la chequera de Abelardo, pero, sobre todo, en estas elecciones si ha habido una protagonista, esa es la inteligencia artificial: el material infundado y calumnioso que, con toda impunidad, se difundió en contra del candidato Iván Cepeda desbordó los límites de lo admisible. Aún hoy, pensar en esto nos saca el aire, pero hay algo que nos ayuda a recobrarlo: “La remontada”. “La remontada” fue el nombre que se le dio al movimiento digital, popular y espontáneo que rodeó la campaña de Cepeda después de la segunda vuelta.
Sin estrategas, sin consultores de marketing. La base del movimiento progresista se organizó para contener el aluvión de manipulación y garantizar la transparencia en los comicios. Esto supuso ver emerger de nuevo el rostro humano, el agenciamiento colectivo en un entorno en el que la humanidad brillaba por su ausencia y la IA iba moldeando una sórdida realidad. Creo que todos los gestos que conformaron esta remontada son motivo de estudio y análisis porque irradiaron una esperanza real. ¡Por fin algo real en medio de semejante océano de mentiras!
¿Sigue siendo el humor un buen termómetro de la salud democrática de un país? ¿Cómo imagináis que habría abordado Jaime la situación política actual?
El humor hizo parte de este movimiento, sin duda. Los creadores de contenido cómico ayudaron a neutralizar los discursos de odio. Ellos fueron vehículo de las inquietudes y preguntas que buena parte de la sociedad tenía para los candidatos. Figuras relevantes satirizaron a los medios y los pusieron ante su propio espejo deformado de desinformación. Una nueva generación de comediantes y creadores de contenido digital asumió con contundencia el rol que la Historia les pedía. Cuanto mayor resultaba el impacto de sus contenidos, mayor también la persecución, por lo que surgía una y otra vez el nombre de Jaime.
Que los cómicos sean amenazados, perseguidos judicialmente y cancelados es un pésimo indicador del estado de salud de nuestra democracia. A menudo nos hacen la pregunta de qué estaría diciendo Jaime. El asunto es que no lo podemos saber, lo asesinaron y esa pregunta nos causará tormento siempre, pero podemos imaginarlo para calmar la herida. Podemos elucubrar, porque lo expresó alguna vez en esta pregunta, un enfoque posible: “¿Ustedes creen que la solución a la crisis nacional va a provenir de quienes la causaron?”.
Eso nos da para figurarnos que todo este fenómeno de los outsiders le hubiera dado motivo para mucho material satírico. Él tenía un don para desenmascarar estas absurdeces con mucha agudeza; podía conectar los elementos de un fenómeno complejo y expresarlo de la manera más sencilla posible y ponerlo al alcance de todos. Su lenguaje y su humor nunca fueron excluyentes; de hecho, las voces de sus personajes casi siempre venían desde abajo, el pueblo interpelando y desenmascarando al poder.
Jaime Garzón estaba convencido de que el desarrollo de los potenciales del ser humano había de pasar por la educación y el juego, y lo ejercitaba en medios de masas desde un prisma crítico, sin renunciar nunca a la risa.
Jaime es conocido como cómico político, pero este rol coexistía con muchos otros: fue pedagogo; funcionario público, periodista e investigador; mediador de paz y defensor de la democracia y de la Constitución. Era un rara avis, no solo por sus habilidades sino por la capacidad para integrarlas al día a día: jugar, imitar, darle la vuelta al discurso, abrir brelochas en el pensamiento, movilizar, inspirar, no sucumbir al miedo.
El hecho de que su obra atravesara el cedazo del tiempo da buena cuenta de la contundencia del legado: fue viral antes de que la viralidad existiera; habló de cosas que solo hasta ahora estamos empezando a entender, y llamó a los jóvenes a tomar las riendas del futuro, a organizarse y a no dejar algo tan importante como la política en manos de los políticos.
Vosotros trabajáis vuestra propia voz crítica desde el humor gráfico y la dramaturgia, pero curiosamente os habéis decidido por el poder de la expresión gráfica en viñetas para acercar la historia de Jaime Garzón a las nuevas generaciones.
Se podría decir que era apenas previsible que de la unión de un dibujante y una dramaturga hubiera nacido un cómic. ¡Y de más de 500 páginas! Alfredo albergaba la idea de escribir un cómic de tiempo atrás y el encuentro con Verónica generó la química y el impulso necesarios para materializarlo.
Cuando empezamos a leer cómics, a sincronizarnos con este lenguaje, entendimos que la complejidad que teníamos entre manos había llegado a buen puerto, que la narración secuenciada nos iba a permitir transitar las múltiples capas del relato violento de nuestro país y los innumerables duelos complejos que estaban pendientes.
Se trata de una obra de autoría colectiva que no teme a las innovaciones técnicas. ¿Cuál ha sido vuestro mayor reto creativo?
El equipo que terminó integrando la novela fue vital. Se trataba de un colectivo interdisciplinar e intergeneracional, lo que enriqueció el resultado final. Uno de los retos creativos más demandantes fue cómo representar la violencia. ¿Queríamos reproducir la obra de los asesinos?
¿Queríamos replicar el suplicio? ¿Quién se serviría de un gesto así? Esto suscitó muchas controversias y reflexiones. Solemos decir que la obra da cuenta de esa transformación de la mirada sobre el fenómeno de la violencia; en ese sentido la elaboración de un duelo singular y uno colectivo está vivo en la obra. Partir de ese material tan doloroso y brutal, y lograr compostarlo; transformar la muerte en pulsión de vida es uno de los grandes hallazgos estéticos y éticos de la obra.
Desde su publicación en Colombia hace dos años, ¿cómo habéis vivido la recepción y recorrido de esta novela gráfica?
Sabíamos que teníamos un material valioso entre las manos y pensamos que las editoriales iban a apostar por la obra sin chistar, pero no contábamos con que las “leyes del mercado” —la viabilidad económica, las desacertadas métricas de los grandes sellos con respecto al cómic y la censura— nos iban a aguar la fiesta. Ahora sentimos que este fue el mejor camino posible.
Una obra que exalta la libertad radical, de consciencia y de expresión, no podía someterse a los valores mercantilistas de la “gran” industria editorial; debía honrar y ser consistente con el germen que le dio vida, y autopublicarse. Los lectores retribuyeron nuestro gesto de independencia, y la primera edición se agotó en un mes. La editorial Penguin Random House nos dijo que, según sus métricas, el libro vendería alrededor de 21 ejemplares; hoy van 7.800 ejemplares vendidos. A lo largo de estos dos años nuestra historia ha girado en torno al país micropolítico, al que sí está dispuesto a cerrar el ciclo de violencia y reconciliarse, y en este periplo hemos constatado que Jaime sigue irradiando deseo de creer y construir otros futuros posibles.
Gracias a nuestro encuentro con la comunidad del cómic estamos en ese punto. Su red, generosa y organizada, se activó de múltiples maneras y fue gracias a esa trama que llegamos a Astiberri, que es un referente de coherencia y de impecabilidad, y sentimos que la historia de Jaime está en un lugar seguro.
El cómic pone el foco en la comprensión de un país, y reenmarca el relato, le da voz a colectivos invisibilizados, perseguidos y criminalizados. Es un cambio de perspectiva que también hemos visto en proyectos inspirados por los estallidos sociales que trajeron consigo cambios gubernamentales, a los que han seguido reacciones de corte autoritario y posteriores gobiernos de extrema derecha. ¿Qué diagnóstico hacéis de la situación?
Todo esto que citas es motivo de reflexión estos días. Vemos con impotencia cómo hordas de personas desinformadas y manipuladas deciden los destinos de los países y del planeta entero. A su vez, vemos con esperanza cómo la otra mitad de la población se moviliza, se manifiesta, se sube a las flotillas, irrumpe, imagina nuevas insurgencias, alimenta el pensamiento, cuida. Se trata de una lucha existencial, pero las fuerzas son desproporcionadamente desiguales. Queremos pensar que la imaginación está de nuestro lado.
En Colombia hemos visto lo que una canción, una gráfica, un mural, un chiste o un cómic pueden movilizar. El día del sepelio de Jaime había en la plaza de Bolívar un cartel que se alzaba sobre la multitud de dos millones de personas que ese día fueron a despedirlo. Decía lo siguiente: “Violentos, tienen dos opciones: no matar más, o matarnos a todos”. Aunque lo ocurrido después del magnicidio da para pensar que la opción de los violentos fue matarnos a todos, a 27 años del acontecimiento se alza una verdad incontestable: no lograron eliminarnos; al contrario, nos multiplicamos.
Nunca en Colombia hubo un movimiento tan organizado y deliberante como el que hoy existe. Las voces de los que no están nos dan el aliento y nos iluminan el camino. Pueden eliminar un cuerpo, pero no la potencia de una voz. Ese es el nuevo marco que este cómic intenta. Y, en ese marco, los asesinos no vencen.
¿Estáis trabajando en algún proyecto ahora mismo, juntos o por separado?
Juntos, ya no podemos parar. Trabajamos en un nuevo cómic que busca abordar un tema vital para Colombia y para América Latina, la infame “guerra contra las drogas”, esa patraña sostenida en el tiempo que nos ha costado tantas vidas y tantas posibilidades.
A lo largo de los años hemos construido un inventario de historias mínimas, de personajes anodinos, de eslabones invisibles. Queremos dejar que ellos cuenten la historia. No nos interesa hablar de narcos, ni de agentes de la DEA; estamos construyendo otra perspectiva para ver dónde nos lleva.
------------------------------------------------------------------------------
¡APOYA A MONGOLIA!
Suscríbete a Mongolia y ayuda a consolidar este proyecto de periodismo irreverente e insumiso, a partir de solo 45 euros al año, o dona para la causa la cantidad que quieras. ¡Cualquier aportación es bienvenida!








