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Omnisciencia punitiva
Editores que venís al mundo De autores os libre Dios Y de su tema favorito Que suele ser su propio yo.

A Ignacio Echevarría
Antoine M. Huelin
Me digo: imposible pasar de la primera entrega de esta saga soporífera. Decido no volver a leer nada de este autor y enciendo mi familiar letrero de nunca jamás.
Nunca jamases que aplico a los autores plúmbeos, a los eruditos a la violeta de mi amado Cadalso y a los hipotáxicos, de los que solo salvo a Sánchez Ferlosio. Y a mí mismo.
Estos especímenes me producen un daño insoportable y merecen el destino al que los tengo condenados: que sus obras sean lanzadas a una habitación que he tapiado, dejando sólo una pequeña abertura en el altillo, donde sufrirán un destierro eterno.
¡Je!, este vinillo me está haciendo efecto.
Pero ¡ay!, ¿y si estoy equivocado? ¿Y si se quiebra esa condena trasteril el día que me muera?
Sí, lo reconozco, he matado más de una mosca, pero eran sólo insectos. No he sido ni un gran pecador, ni tan siquiera me he acercado a un vestigio de santidad. Así que, por puro cálculo de probabilidades, asumo que participaré de la gloria del Creador y de su infinita omnisciencia (¡vaya!, toda omnisciencia es infinita). Todo, a pesar de su advertencia contra los tibios, esos que ni son fríos ni calientes ni re ni do.
Omnisciencia que me hará conocedor en detalle, sin yo quererlo, de todas las sagas, todas las novelas y ensayos, toda la normativa de cualquier país, incluida la colección completa de la Legislación Española de Aranzadi, en sus varios cientos de tomos. Qué decir de todas las circulares y actas de los administradores de fincas que en el mundo han sido.
Es esto lo que se me hace intolerable.
Tener a todos los autores, que he evitado durante todos estos años, haciéndose presentes por toda la eternidad. Eso es peor que estar convertido en una tea permanente en el peor de los infiernos.
Quizás me convenga hacer alguna maldad, ahora que todavía estoy a tiempo, para evitar esa bondad ilimitada del Creador, que sólo puede tener consecuencias catastróficas para mí. Porque el daño físico de cualquier infierno seguro que termina haciéndose tolerable, pero el amancebamiento con los textos terrenales en el cielo, ése sí será insoportable.
Pero… ¿y si la naturaleza del castigo en el infierno es esta omnisciencia punitiva, en vez de la imagen bíblica de los carbones y las llamas? Esta duda es la que me tiene paralizado para pecar.
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Antoine M. Huelin
Me digo: imposible pasar de la primera entrega de esta saga soporífera. Decido no volver a leer nada de este autor y enciendo mi familiar letrero de nunca jamás.
Nunca jamases que aplico a los autores plúmbeos, a los eruditos a la violeta de mi amado Cadalso y a los hipotáxicos, de los que solo salvo a Sánchez Ferlosio. Y a mí mismo.
Estos especímenes me producen un daño insoportable y merecen el destino al que los tengo condenados: que sus obras sean lanzadas a una habitación que he tapiado, dejando sólo una pequeña abertura en el altillo, donde sufrirán un destierro eterno.
¡Je!, este vinillo me está haciendo efecto.
Pero ¡ay!, ¿y si estoy equivocado? ¿Y si se quiebra esa condena trasteril el día que me muera?
Sí, lo reconozco, he matado más de una mosca, pero eran sólo insectos. No he sido ni un gran pecador, ni tan siquiera me he acercado a un vestigio de santidad. Así que, por puro cálculo de probabilidades, asumo que participaré de la gloria del Creador y de su infinita omnisciencia (¡vaya!, toda omnisciencia es infinita). Todo, a pesar de su advertencia contra los tibios, esos que ni son fríos ni calientes ni re ni do.
Omnisciencia que me hará conocedor en detalle, sin yo quererlo, de todas las sagas, todas las novelas y ensayos, toda la normativa de cualquier país, incluida la colección completa de la Legislación Española de Aranzadi, en sus varios cientos de tomos. Qué decir de todas las circulares y actas de los administradores de fincas que en el mundo han sido.
Es esto lo que se me hace intolerable.
Tener a todos los autores, que he evitado durante todos estos años, haciéndose presentes por toda la eternidad. Eso es peor que estar convertido en una tea permanente en el peor de los infiernos.
Quizás me convenga hacer alguna maldad, ahora que todavía estoy a tiempo, para evitar esa bondad ilimitada del Creador, que sólo puede tener consecuencias catastróficas para mí. Porque el daño físico de cualquier infierno seguro que termina haciéndose tolerable, pero el amancebamiento con los textos terrenales en el cielo, ése sí será insoportable.
Pero… ¿y si la naturaleza del castigo en el infierno es esta omnisciencia punitiva, en vez de la imagen bíblica de los carbones y las llamas? Esta duda es la que me tiene paralizado para pecar.
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