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Mi nombre es un bien privativo… y no lo doy en vano
Textos desde el Ejército Mongol: Aquí compartimos las reflexiones, delirios lúcidos, denuncias, filias, fobias y andanadas satíricas de nuestra tropa.

En mi familia somos especiales. ¿Quién no lo es, a su manera? A mi hermano Guillermo le gustaba ir a bares donde sentirse cómodo, adjetivo que asociaba con el anonimato perfecto, lo que le llevó a recorrer más de la mitad de los bares de Madrid. Inauguraba uno nuevo si a la tercera visita, el camarero le preguntaba: ¿lo de siempre? Sin mediar palabra daba media vuelta y buscaba un nuevo garito donde no fuera reconocido. El aspecto positivo de este comportamiento fue descubrir zonas de Madrid que de otra manera no hubiera conocido y andar lejos de su barrio con el consecuente buen efecto para su salud.
Esta peculiaridad familiar se explica por un carácter genético simple, formado por la contribución de ambos progenitores, cada uno aportando lo que los biólogos llaman un alelo: el alelo_1, ansioso de fama, poder y pecunio, y el alelo_2 que lleva, por el contrario, a una compulsión por el anonimato más radical y dinero suficiente para subsistir. Cuando en la descendencia coinciden ambos, resulta una persona más cercana a la media, equilibrada, dirían algunos; la presencia del alelo_1 por ambos progenitores dará criaturas propensas al culto a la personalidad, profetas, gurús y políticos. Mi hermano es el ejemplo de la conjunción del alelo_2.
En mi caso, más que en bares estoy interesado en gimnasios. Preocupado por mantener una salud de hierro, camino de casa entré a preguntar en uno de Pilates que anunciaba clases nuevas de cardio. Pues, además de los ejercicios de fuerza, resistencia, flexibilidad y equilibrio, me faltaba por incluir un cardio de calidad. Lo que algunos llaman ejercicio aeróbico. Me atendió una joven muy amable y me llevó hacia un pasillo donde estaban instaladas unas colchonetas. En la cabecera de cada una había una especie de ‘galán de noche’ alargado, de los que pendían dos correas. “TRX”, dijo mi amable interlocutora. Nombre críptico para mí. “Es ejercicio en suspensión”, añadió. Bien, contesté por mi parte, me gusta informarme, así que consultaré con la Clínica Mayo, y los sabios de Harvard, antes de tomar una decisión.
Efectivamente, la Mayo Clinic es mi consejera áulica sobre temas de salud, alimentación y gimnasia, y no menos importante son los informes de Harvard que me procuro con regularidad. Gracias a ellos me documenté sobre las ventajas y beneficios de este ingenio triconsonante. Concluida la consulta sobre el efecto positivo de este tipo de aparato, quedaba por aclarar horarios, periodicidad y, sobre todo, cuestiones crematísticas.
Volví al gimnasio en busca de respuestas. Nada más entrar, el paisaje había cambiado y me pareció desolador. Unos personajes acababan de salir de una clase y con sus cuerpos sudorosos platicaban todos a la vez sobre sus sensaciones. Olía a sudor añejo, ese que se acumula tras décadas de desuso y se expulsa cuando llega la jubilación o la vejez —si es que ambas no son simultáneas—, mientras sus dueños se empeñan en ejercitar músculos ignorados durante toda una vida. Algo debió advertirme de que yo no pertenecía allí. Pero esa voz, aunque profunda, no emergió a la conciencia hasta unas horas más tarde.
Me dirigí al mostrador donde estaba un hombre de una cierta edad, pero manifiestamente musculado. Y sin más prolegómeno que un buenos días rasante, le solté la parrafada a la que venía dándole vueltas desde que salí del metro.
- El otro día me atendió una compañera suya y me habló de ese sistema cardio… TCX, creo que se llama. Quería saber, como supongo, si hay que pagar matrícula, clases por meses o por años y no sé si algún tributo adicional.
Pronunciar mal el nombre del aparato es marca de la casa. Así dejo que el interlocutor –en este caso- tenga algo a que agarrarse, ante un aluvión verbal tan poco amistoso. Es una declaración de principios, de que soy perro viejo en esto de los gimnasios, si es que por mi aspecto no se han dado cuenta de ello.
- ¿Tu nombre?- preguntó.
Reconozco que la brevedad y naturaleza de la respuesta me sorprendieron. Me disgustó que distrajera la atención de mi preocupación fundamental, que no era otra que el aspecto crematístico de la contraprestación.
-El nombre no importa, dije entonando lo que podría ser el título de un libro clásico.
-Sí, tu nombre.
La insistencia me encorajinó. Ya sé que es una palabra en desuso, pero no por ello menos precisa con el sentimiento de ofensa que produjo su porfía.
Esta terquedad inesperada creó una imagen fugaz, donde a través de mi nombre se establecía un puente de familiaridad no querido entre ese hombre y yo, lo que le hubiera permitido poner en juego todos los recursos lingüísticos que desde los vendedores ambulantes de pomadas y ungüentos han sido, para tratar de convencerme de vete a saber qué ventajas y descuentos, sin desvelarme los tres datos sencillos que necesitaba: horario, atuendo y coste, -en orden inverso. No lo pensé más y con un hasta luego di media vuelta. Salí por la puerta, pues había un mueble delante del escaparate. De otro modo, quizá habría intentado atravesarlo también, de lo indignado que estaba.
Con éste he agotado todos los gimnasios en un par de kilómetros a la redonda de mi casa, más o menos, no lo he medido con escuadra y cartabón. No sé por qué dejé el extrarradio, cuando iba a una especie de garaje reconvertido en centro de entrenamiento de boxeo, al poco de instalarme en Madrid. Creo que ha llegado la hora de volver a visitar esos predios, y buscar a gente más razonable y concentrada en lo que realmente importa.
¡Ah! Lo otro, ¿la combinación de mis alelos? Eso, me temo, es un asunto que prefiero no indagar.
Esta peculiaridad familiar se explica por un carácter genético simple, formado por la contribución de ambos progenitores, cada uno aportando lo que los biólogos llaman un alelo: el alelo_1, ansioso de fama, poder y pecunio, y el alelo_2 que lleva, por el contrario, a una compulsión por el anonimato más radical y dinero suficiente para subsistir. Cuando en la descendencia coinciden ambos, resulta una persona más cercana a la media, equilibrada, dirían algunos; la presencia del alelo_1 por ambos progenitores dará criaturas propensas al culto a la personalidad, profetas, gurús y políticos. Mi hermano es el ejemplo de la conjunción del alelo_2.
En mi caso, más que en bares estoy interesado en gimnasios. Preocupado por mantener una salud de hierro, camino de casa entré a preguntar en uno de Pilates que anunciaba clases nuevas de cardio. Pues, además de los ejercicios de fuerza, resistencia, flexibilidad y equilibrio, me faltaba por incluir un cardio de calidad. Lo que algunos llaman ejercicio aeróbico. Me atendió una joven muy amable y me llevó hacia un pasillo donde estaban instaladas unas colchonetas. En la cabecera de cada una había una especie de ‘galán de noche’ alargado, de los que pendían dos correas. “TRX”, dijo mi amable interlocutora. Nombre críptico para mí. “Es ejercicio en suspensión”, añadió. Bien, contesté por mi parte, me gusta informarme, así que consultaré con la Clínica Mayo, y los sabios de Harvard, antes de tomar una decisión.
Efectivamente, la Mayo Clinic es mi consejera áulica sobre temas de salud, alimentación y gimnasia, y no menos importante son los informes de Harvard que me procuro con regularidad. Gracias a ellos me documenté sobre las ventajas y beneficios de este ingenio triconsonante. Concluida la consulta sobre el efecto positivo de este tipo de aparato, quedaba por aclarar horarios, periodicidad y, sobre todo, cuestiones crematísticas.
Volví al gimnasio en busca de respuestas. Nada más entrar, el paisaje había cambiado y me pareció desolador. Unos personajes acababan de salir de una clase y con sus cuerpos sudorosos platicaban todos a la vez sobre sus sensaciones. Olía a sudor añejo, ese que se acumula tras décadas de desuso y se expulsa cuando llega la jubilación o la vejez —si es que ambas no son simultáneas—, mientras sus dueños se empeñan en ejercitar músculos ignorados durante toda una vida. Algo debió advertirme de que yo no pertenecía allí. Pero esa voz, aunque profunda, no emergió a la conciencia hasta unas horas más tarde.
Me dirigí al mostrador donde estaba un hombre de una cierta edad, pero manifiestamente musculado. Y sin más prolegómeno que un buenos días rasante, le solté la parrafada a la que venía dándole vueltas desde que salí del metro.
- El otro día me atendió una compañera suya y me habló de ese sistema cardio… TCX, creo que se llama. Quería saber, como supongo, si hay que pagar matrícula, clases por meses o por años y no sé si algún tributo adicional.
Pronunciar mal el nombre del aparato es marca de la casa. Así dejo que el interlocutor –en este caso- tenga algo a que agarrarse, ante un aluvión verbal tan poco amistoso. Es una declaración de principios, de que soy perro viejo en esto de los gimnasios, si es que por mi aspecto no se han dado cuenta de ello.
- ¿Tu nombre?- preguntó.
Reconozco que la brevedad y naturaleza de la respuesta me sorprendieron. Me disgustó que distrajera la atención de mi preocupación fundamental, que no era otra que el aspecto crematístico de la contraprestación.
-El nombre no importa, dije entonando lo que podría ser el título de un libro clásico.
-Sí, tu nombre.
La insistencia me encorajinó. Ya sé que es una palabra en desuso, pero no por ello menos precisa con el sentimiento de ofensa que produjo su porfía.
Esta terquedad inesperada creó una imagen fugaz, donde a través de mi nombre se establecía un puente de familiaridad no querido entre ese hombre y yo, lo que le hubiera permitido poner en juego todos los recursos lingüísticos que desde los vendedores ambulantes de pomadas y ungüentos han sido, para tratar de convencerme de vete a saber qué ventajas y descuentos, sin desvelarme los tres datos sencillos que necesitaba: horario, atuendo y coste, -en orden inverso. No lo pensé más y con un hasta luego di media vuelta. Salí por la puerta, pues había un mueble delante del escaparate. De otro modo, quizá habría intentado atravesarlo también, de lo indignado que estaba.
Con éste he agotado todos los gimnasios en un par de kilómetros a la redonda de mi casa, más o menos, no lo he medido con escuadra y cartabón. No sé por qué dejé el extrarradio, cuando iba a una especie de garaje reconvertido en centro de entrenamiento de boxeo, al poco de instalarme en Madrid. Creo que ha llegado la hora de volver a visitar esos predios, y buscar a gente más razonable y concentrada en lo que realmente importa.
¡Ah! Lo otro, ¿la combinación de mis alelos? Eso, me temo, es un asunto que prefiero no indagar.
Antoine M. Huelin
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