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Los Breves del Reality News
Cada mes, la sección de información de Mongolia termina con una ráfaga de noticias cortas y directas, servidas siempre con dosis extra de picante. - junio 2026

¿Golpe blando?
Los que argumentan que la concatenación de causas judiciales que cercan a Pedro Sánchez —contra su familia, contra su círculo político y contra el PSOE— no responde a una lógica jurídica convencional sino que persigue tumbar al Gobierno consideran que estamos ante una forma moderna de golpe de Estado. Ciertamente más blando, sin muertos, pero con los mismos objetivos y resultados en caso de triunfar. El problema de estos analistas, que empiezan a mirar al golpe de Estado de 1936 y a la brutal guerra civil y de desgaste que desencadenó como referencia —ojo: ¡solo como metáfora de lucha sin cuartel por el poder, ahora sin muertos!— es que, siguiendo la analogía, ya no estaríamos en julio de 1936, puesto que en realidad el nuevo golpe blando habría empezado hace tiempo —“el que pueda hacer, que haga”— y, por tanto, el margen de reacción es muy escaso, si es que existe: más bien parecería que estuviéramos en diciembre de 1938, a las puertas de la ofensiva final —entonces, la conquista de Cataluña—, la que iba a hacer ya irreversible el desenlace de la contienda en favor de los sublevados.
Un libro de rabiosa actualidad
En este inquietante marco analítico, el reciente libro del historiador Gutmaro Gómez Bravo, Cómo terminó la guerra civil española (Crítica, 2026), deviene una inesperada guía para analizar no solo la contienda fratricida de 1936-1939 sino también, paradójicamente, la más rabiosa actualidad. Obviamente, los códigos del siglo XXI son todavía distintos a los de la brutalidad de la década de 1930, pero parecen repetirse algunos patrones muy relevantes, al menos en “la más triste de todas las historias de la Historia”. El libro, que bebe de fuentes inéditas de la inteligencia militar franquista, muestra que los sublevados nunca quisieron pactar nada —solo arrasar e incluso exacerbar el hambre porque el fin justifica los medios— y que, en contra del canon establecido hasta ahora, todos los sectores republicanos —incluido el jefe de Gobierno, Juan Negrín—, sí buscaban una rendición digna por mucho que la retórica de propaganda bélica fuera resistir hasta el último aliento y enlazar el conflicto con la inminente guerra europea. ¿Moraleja? Una vez atravesadas ciertas líneas rojas, en España no hay margen para salidas pactadas: se impone un tratamiento brutal que extirpe el virus de raíz para varias generaciones.
“La absoluta derrota de los rojos”
Entre el aluvión de información que aporta el libro de Gómez Bravo para entender la lógica de cada campo, se recupera la síntesis del relato final que hizo el bando ganador a través de Radio Nacional el 20 de marzo de 1939, justo el día antes de que se formara la nueva ejecutiva del PSOE y muy cerca ya del último parte que proclamaría que “la guerra ha terminado”: “No se puede hablar más que de una paz victoriosa. Dios decretó la absoluta derrota de los rojos. Nuestros soldados llevarán con las armas en la mano la única paz, la paz militar y victoriosa hasta el último rincón de España. Es la única manera de que no haya más guerra en España, es la única solución”. También el PSOE acabó ajustando cuentas con Negrín, por su supuesta sumisión a los comunistas, expulsándole del partido y arrojándole a las tinieblas durante más de medio siglo hasta que su honor fue restituido internamente por un tal… José Luis Rodríguez Zapatero.
Ecos de la Anti-España
Las analogías las carga el diablo y la lógica fascismo- antifascismo aplicada a nuestros días a menudo nubla más que clarifica, pero a la vez produce cierta zozobra constatar los paralelismos entre la experiencia republicana y el mandato del Gobierno de Pedro Sánchez, y no solo porque ambos coincidan hasta en que rondaban los ocho años de vida cuando afrontaron la ofensiva final. La experiencia republicana fue de un reformismo ambicioso, nada revolucionario, pero se fue carcomiendo por dentro no solo por las ofensivas derechistas, sino también por las tremendas divisiones en el campo republicano —que llegaron a los tiros—, el aventurerismo y la corrupción de algunos personajes turbios que lucían desde hacía añares la bandera tricolor, como Alejandro Lerroux y el estraperlo. La amnistía del presidente de la Generalitat, Lluís Companys, condenado por sedición, cruzó todas la líneas rojas de los sectores del Estado acostumbrados a mandar. Y hasta los grupos políticos que sostenían la República son un calco exacto del actual: el PSOE como principal partido de una izquierda plural, que incluía a comunistas e izquierdistas variados, y con un pacto confederal con las izquierdas soberanistas y grupos nacionalistas alrededor de una agenda reformista, de federalización del país y, finalmente, de amnistía. La Anti-España: solo podía ser extirpada.
El símbolo de Soledad Gallego-Díaz
El fallecimiento de la gran periodista Soledad Gallego- Díaz, que lo fue todo en El País y el periodismo español, ha sido también un símbolo de hasta qué punto el espíritu de la Transición, que parecía haber restañado el trauma de la guerra civil, ha sido desplazado por las dinámicas salvajes que llevaron a 1936 y 1939. Aunque no se ha subrayado demasiado en sus obituarios, Sol fue militante de la anarquista CNT y hasta llegó a compatibilizar durante años el carnet de la gran central sindical anarquista con el puesto de jefa de la sección de Nacional (Política) de El País: difícil encontrar un símbolo más potente de lo que se construyó en la Transición. Ahora, en cambio, un excompañero de esos días iniciales en el diario, quien tras una breve militancia maoísta transitó hacia posiciones cada vez más ultras y ya parece emular al Capitán Veneno desde The Objective, publicó un artículo en que ajustaba cuentas contra Soledad Gallego-Díaz… ¡el día antes de su fallecimiento! Y es que “Dios decretó la absoluta derrota de los rojos”.
Los que argumentan que la concatenación de causas judiciales que cercan a Pedro Sánchez —contra su familia, contra su círculo político y contra el PSOE— no responde a una lógica jurídica convencional sino que persigue tumbar al Gobierno consideran que estamos ante una forma moderna de golpe de Estado. Ciertamente más blando, sin muertos, pero con los mismos objetivos y resultados en caso de triunfar. El problema de estos analistas, que empiezan a mirar al golpe de Estado de 1936 y a la brutal guerra civil y de desgaste que desencadenó como referencia —ojo: ¡solo como metáfora de lucha sin cuartel por el poder, ahora sin muertos!— es que, siguiendo la analogía, ya no estaríamos en julio de 1936, puesto que en realidad el nuevo golpe blando habría empezado hace tiempo —“el que pueda hacer, que haga”— y, por tanto, el margen de reacción es muy escaso, si es que existe: más bien parecería que estuviéramos en diciembre de 1938, a las puertas de la ofensiva final —entonces, la conquista de Cataluña—, la que iba a hacer ya irreversible el desenlace de la contienda en favor de los sublevados.
Un libro de rabiosa actualidad
En este inquietante marco analítico, el reciente libro del historiador Gutmaro Gómez Bravo, Cómo terminó la guerra civil española (Crítica, 2026), deviene una inesperada guía para analizar no solo la contienda fratricida de 1936-1939 sino también, paradójicamente, la más rabiosa actualidad. Obviamente, los códigos del siglo XXI son todavía distintos a los de la brutalidad de la década de 1930, pero parecen repetirse algunos patrones muy relevantes, al menos en “la más triste de todas las historias de la Historia”. El libro, que bebe de fuentes inéditas de la inteligencia militar franquista, muestra que los sublevados nunca quisieron pactar nada —solo arrasar e incluso exacerbar el hambre porque el fin justifica los medios— y que, en contra del canon establecido hasta ahora, todos los sectores republicanos —incluido el jefe de Gobierno, Juan Negrín—, sí buscaban una rendición digna por mucho que la retórica de propaganda bélica fuera resistir hasta el último aliento y enlazar el conflicto con la inminente guerra europea. ¿Moraleja? Una vez atravesadas ciertas líneas rojas, en España no hay margen para salidas pactadas: se impone un tratamiento brutal que extirpe el virus de raíz para varias generaciones.
“La absoluta derrota de los rojos”
Entre el aluvión de información que aporta el libro de Gómez Bravo para entender la lógica de cada campo, se recupera la síntesis del relato final que hizo el bando ganador a través de Radio Nacional el 20 de marzo de 1939, justo el día antes de que se formara la nueva ejecutiva del PSOE y muy cerca ya del último parte que proclamaría que “la guerra ha terminado”: “No se puede hablar más que de una paz victoriosa. Dios decretó la absoluta derrota de los rojos. Nuestros soldados llevarán con las armas en la mano la única paz, la paz militar y victoriosa hasta el último rincón de España. Es la única manera de que no haya más guerra en España, es la única solución”. También el PSOE acabó ajustando cuentas con Negrín, por su supuesta sumisión a los comunistas, expulsándole del partido y arrojándole a las tinieblas durante más de medio siglo hasta que su honor fue restituido internamente por un tal… José Luis Rodríguez Zapatero.
Ecos de la Anti-España
Las analogías las carga el diablo y la lógica fascismo- antifascismo aplicada a nuestros días a menudo nubla más que clarifica, pero a la vez produce cierta zozobra constatar los paralelismos entre la experiencia republicana y el mandato del Gobierno de Pedro Sánchez, y no solo porque ambos coincidan hasta en que rondaban los ocho años de vida cuando afrontaron la ofensiva final. La experiencia republicana fue de un reformismo ambicioso, nada revolucionario, pero se fue carcomiendo por dentro no solo por las ofensivas derechistas, sino también por las tremendas divisiones en el campo republicano —que llegaron a los tiros—, el aventurerismo y la corrupción de algunos personajes turbios que lucían desde hacía añares la bandera tricolor, como Alejandro Lerroux y el estraperlo. La amnistía del presidente de la Generalitat, Lluís Companys, condenado por sedición, cruzó todas la líneas rojas de los sectores del Estado acostumbrados a mandar. Y hasta los grupos políticos que sostenían la República son un calco exacto del actual: el PSOE como principal partido de una izquierda plural, que incluía a comunistas e izquierdistas variados, y con un pacto confederal con las izquierdas soberanistas y grupos nacionalistas alrededor de una agenda reformista, de federalización del país y, finalmente, de amnistía. La Anti-España: solo podía ser extirpada.
El símbolo de Soledad Gallego-Díaz
El fallecimiento de la gran periodista Soledad Gallego- Díaz, que lo fue todo en El País y el periodismo español, ha sido también un símbolo de hasta qué punto el espíritu de la Transición, que parecía haber restañado el trauma de la guerra civil, ha sido desplazado por las dinámicas salvajes que llevaron a 1936 y 1939. Aunque no se ha subrayado demasiado en sus obituarios, Sol fue militante de la anarquista CNT y hasta llegó a compatibilizar durante años el carnet de la gran central sindical anarquista con el puesto de jefa de la sección de Nacional (Política) de El País: difícil encontrar un símbolo más potente de lo que se construyó en la Transición. Ahora, en cambio, un excompañero de esos días iniciales en el diario, quien tras una breve militancia maoísta transitó hacia posiciones cada vez más ultras y ya parece emular al Capitán Veneno desde The Objective, publicó un artículo en que ajustaba cuentas contra Soledad Gallego-Díaz… ¡el día antes de su fallecimiento! Y es que “Dios decretó la absoluta derrota de los rojos”.
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