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La obsesión de Moshe
La ofensiva de Israel en el sur de Líbano sigue presa del mismo marco que fijó el radical Dayan hace 85 años

Por Javier Martín*
La noche del 6 de junio de 1941, en vísperas de la operación militar aliada contra el Gobierno de Vichy en el protectorado de Siria-Líbano, dos unidades de la Palmach, uno de los grupos paramilitares judíos que sembraban el terror en Palestina, aprovechó las sombras de un cielo sin luna para infiltrarse en territorio libanés con la misión de sabotear puentes, despejar carreteras y guiar a las unidades de infantería australiana y británica encargadas de conquistar el histórico y estratégico castillo de Beaufort y la ribera del río Litani.
Al frente de las mismas iban dos jóvenes oficiales que con el tiempo se convertirían en iconos políticos y militares: Yigal Allon, quien años después sería el primer ministro no europeo del nuevo Estado de Israel, y Moshe Dayan, un joven sionista radical formado por la inteligencia británica y miembro destacado de la Haganá, otro de los grupos mercenarios que alimentaron el futuro Ejército de Israel (IDF).
La operación fue un éxito. Allon salió con una nueva medalla y Dayan con un ojo destrozado, tapado por un parche que se convertiría años después en su sello personal y una obsesión vitalicia: como le habían enseñado en la escuela talmúdica, hasta esa zona del Litani donde un francotirador francés reventó sus binoculares debía extenderse la frontera si el Estado de Israel deseaba estar a salvo de sus múltiples enemigos. Catorce años después, Dayan, ascendido ya a general en jefe de las IDF, presentó al primer ministro israelí, David Ben Gurión, su pertinaz anhelo: el primer plan militar formal para la ocupación total y permanente del sur del Líbano.
En aquel encuentro, celebrado en mayo de 1955, el hijo de judíos ucranianos nacido en el kibutz de Degania Alef, próximo al lago Tiberiades, argumentó que lo único que se necesitaba era “comprar la voluntad” de un comandante maronita, armarlo y apoyarlo para crear una provincia cristiana afín a Israel. “Todo el territorio al sur del río Litani será anexionado en su totalidad a Israel, y todo quedará cumplido”, subrayó. En aquellos días dejó también otras dos frases para la historia que resumen su visión mesiánica y siguen inscritas en las bases fundamentales del sionismo y de su actual brazo ejecutor, las IDF.
Aseveró que “Israel es un ejército convertido en un Estado” y admitió que la teoría de una tierra vacía era una excusa falsa para robar el territorio a sus moradores palestinos ancestrales. Los judíos “llegamos a este país, que ya estaba poblado de árabes, y estamos estableciendo un Estado judío aquí. Pueblos judíos en lugar de pueblos árabes, cuyos nombres no conocéis, y no os culpo porque ya no existen en los mapas […] No hay un solo lugar construido en este país que no tuviese previamente una población árabe”, subrayó. Su sueño lo cumpliría tres décadas después su principal discípulo, el general Ariel Sharon, predecesor de Benjamin Netanyahu al frente del partido conservador Likud. Hallado por la Comisión Kahan responsable indirecto de la masacre de palestinos en los campos de refugiados de Sabrá y Shatila —perpetrada por falangistas maronitas en el sur de Beirut—, Sharon lideró en 1982 la invasión que concluyó con la primera ocupación israelí del sur del Líbano.
Y consumó así la profecía del propio Dayan, quien en 1974, un año antes de que estallara la guerra civil libanesa (1975- 1990), advirtió que “haremos imposible la vida en el sur del Líbano”. Una ambición que, sin embargo, pronto devino en pesadilla, como había avisado el ala política más progresista. Casi dos décadas después, el 24 de mayo del año 2000, soldados israelíes abandonaban sus posiciones y a sus aliados maronitas y se retiraban ante el empuje del grupo chiíta libanés Hizbulá, en la que se considera la peor derrota militar del Ejército israelí en toda su corta historia.
Un cuarto de siglo más tarde, la coalición liderada por Netanyahu, que se apoya en colonos radicales y ultraortodoxos, ha resucitado con toda su determinación “la obsesión de Moshe”, aun a riesgo de complicar la relación con su principal aliado, de perder la sintonía con la Administración que lidera Donald Trump y de abocar al mundo a una guerra de no retorno. El regreso de las fuerzas armadas israelíes a la cuenca del Litani y a las alturas templarías de Beaufort se ha convertido en el principal obstáculo para el acuerdo de paz en el estrecho de Ormuz, y en uno de los asideros de Teherán para seguir manteniendo el pulso a Washington.
Y Netanyahu no parece dispuesto a dar un paso atrás, o no al menos antes de cumplir con su propia obsesión, aunque muchos le recuerden que la ensoñación del general tuerto fue también “el gran error de Sharon”. Una ambición antigua y arraigada en los escritos fundacionales del sionismo en el siglo XIX y que en septiembre de 2024 el actual ministro israelí para los Asuntos de la Diáspora y el antisemitismo, Amichai Chikli, se preocupó de elevar a política de Estado: “A pesar de que tiene una bandera e instituciones políticas", escribió en un mensaje que difundió en la red social X, el Líbano "no cumple con la definición de país”, por lo que Israel tiene derecho (bíblico) a redefinir sus fronteras.
*Javier Martín es escritor y periodista, corresponsal durante 25 años de la Agencia EFE en Irán y el mundo árabe.
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La noche del 6 de junio de 1941, en vísperas de la operación militar aliada contra el Gobierno de Vichy en el protectorado de Siria-Líbano, dos unidades de la Palmach, uno de los grupos paramilitares judíos que sembraban el terror en Palestina, aprovechó las sombras de un cielo sin luna para infiltrarse en territorio libanés con la misión de sabotear puentes, despejar carreteras y guiar a las unidades de infantería australiana y británica encargadas de conquistar el histórico y estratégico castillo de Beaufort y la ribera del río Litani.
Al frente de las mismas iban dos jóvenes oficiales que con el tiempo se convertirían en iconos políticos y militares: Yigal Allon, quien años después sería el primer ministro no europeo del nuevo Estado de Israel, y Moshe Dayan, un joven sionista radical formado por la inteligencia británica y miembro destacado de la Haganá, otro de los grupos mercenarios que alimentaron el futuro Ejército de Israel (IDF).
La operación fue un éxito. Allon salió con una nueva medalla y Dayan con un ojo destrozado, tapado por un parche que se convertiría años después en su sello personal y una obsesión vitalicia: como le habían enseñado en la escuela talmúdica, hasta esa zona del Litani donde un francotirador francés reventó sus binoculares debía extenderse la frontera si el Estado de Israel deseaba estar a salvo de sus múltiples enemigos. Catorce años después, Dayan, ascendido ya a general en jefe de las IDF, presentó al primer ministro israelí, David Ben Gurión, su pertinaz anhelo: el primer plan militar formal para la ocupación total y permanente del sur del Líbano.
En aquel encuentro, celebrado en mayo de 1955, el hijo de judíos ucranianos nacido en el kibutz de Degania Alef, próximo al lago Tiberiades, argumentó que lo único que se necesitaba era “comprar la voluntad” de un comandante maronita, armarlo y apoyarlo para crear una provincia cristiana afín a Israel. “Todo el territorio al sur del río Litani será anexionado en su totalidad a Israel, y todo quedará cumplido”, subrayó. En aquellos días dejó también otras dos frases para la historia que resumen su visión mesiánica y siguen inscritas en las bases fundamentales del sionismo y de su actual brazo ejecutor, las IDF.
Aseveró que “Israel es un ejército convertido en un Estado” y admitió que la teoría de una tierra vacía era una excusa falsa para robar el territorio a sus moradores palestinos ancestrales. Los judíos “llegamos a este país, que ya estaba poblado de árabes, y estamos estableciendo un Estado judío aquí. Pueblos judíos en lugar de pueblos árabes, cuyos nombres no conocéis, y no os culpo porque ya no existen en los mapas […] No hay un solo lugar construido en este país que no tuviese previamente una población árabe”, subrayó. Su sueño lo cumpliría tres décadas después su principal discípulo, el general Ariel Sharon, predecesor de Benjamin Netanyahu al frente del partido conservador Likud. Hallado por la Comisión Kahan responsable indirecto de la masacre de palestinos en los campos de refugiados de Sabrá y Shatila —perpetrada por falangistas maronitas en el sur de Beirut—, Sharon lideró en 1982 la invasión que concluyó con la primera ocupación israelí del sur del Líbano.
Y consumó así la profecía del propio Dayan, quien en 1974, un año antes de que estallara la guerra civil libanesa (1975- 1990), advirtió que “haremos imposible la vida en el sur del Líbano”. Una ambición que, sin embargo, pronto devino en pesadilla, como había avisado el ala política más progresista. Casi dos décadas después, el 24 de mayo del año 2000, soldados israelíes abandonaban sus posiciones y a sus aliados maronitas y se retiraban ante el empuje del grupo chiíta libanés Hizbulá, en la que se considera la peor derrota militar del Ejército israelí en toda su corta historia.
Un cuarto de siglo más tarde, la coalición liderada por Netanyahu, que se apoya en colonos radicales y ultraortodoxos, ha resucitado con toda su determinación “la obsesión de Moshe”, aun a riesgo de complicar la relación con su principal aliado, de perder la sintonía con la Administración que lidera Donald Trump y de abocar al mundo a una guerra de no retorno. El regreso de las fuerzas armadas israelíes a la cuenca del Litani y a las alturas templarías de Beaufort se ha convertido en el principal obstáculo para el acuerdo de paz en el estrecho de Ormuz, y en uno de los asideros de Teherán para seguir manteniendo el pulso a Washington.
Y Netanyahu no parece dispuesto a dar un paso atrás, o no al menos antes de cumplir con su propia obsesión, aunque muchos le recuerden que la ensoñación del general tuerto fue también “el gran error de Sharon”. Una ambición antigua y arraigada en los escritos fundacionales del sionismo en el siglo XIX y que en septiembre de 2024 el actual ministro israelí para los Asuntos de la Diáspora y el antisemitismo, Amichai Chikli, se preocupó de elevar a política de Estado: “A pesar de que tiene una bandera e instituciones políticas", escribió en un mensaje que difundió en la red social X, el Líbano "no cumple con la definición de país”, por lo que Israel tiene derecho (bíblico) a redefinir sus fronteras.
*Javier Martín es escritor y periodista, corresponsal durante 25 años de la Agencia EFE en Irán y el mundo árabe.
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