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Javier Itisarri, sobrino del concejal de Transportes de turno, contempló el plano que descansaba sobre su mesa levadiza. Recordaba con íntima satisfacción el día que, flanqueado por su tío, inauguró la nueva flota de vagones de Metro. Su diseño era una apuesta por el futuro: una innovación minimalista inspirada en la cultura nórdica, símbolo incuestionable de civilización avanzada y desarrollo sostenible. El concepto era audaz en su sencillez: más espacio diáfano, cero asientos y la eliminación casi total de las barras de sujeción. Menos obstáculos, más libertad. Esa palabra —libertad— le provocaba un gozo beatífico. Todo encajaba a la perfección con la nueva filosofía del gobierno municipal: pensar única y exclusivamente en el fluir ciudadano.
Mientras Javier se dejaba llevar por esta vacua errancia en el páramo de su pensamiento, a varios metros bajo tierra, Roberto Santocuarto intentaba, a la desesperada, alcanzar la única barra transversal del vagón. No es que necesitara un asidero físico, dado que no quedaba un solo lugar geométrico de su cuerpo que no estuviera en contacto directo con otro ser de su misma especie. Sin embargo, la velocidad del tren y las bruscas curvas del trayecto producían un desplazamiento corpóreo-inercial que, mucho se temía, podía transmitir la falsa impresión de querer aprovechar el aglutinamiento carnal para ejercitar frotamientos libidinosos. Nada más lejos de la realidad. Su mente estaba consagrada por entero a la inminente primera cita con Encarnita, alma potencialmente gemela hallada en un portal de citas clásico.
Ajeno a todo este drama, Miguel Ureda, en su segundo día de trabajo tras superar las tediosas horas de prácticas, pilotaba su convoy como quien se dirige a la galaxia más cercana. Y, consciente de la vasta magnitud de las distancias cósmicas, pisaba el acelerador con gusto para no demorar la llegada a la siguiente estación.
Mientras la brusca frenada de Miguel al avistar la estación provocaba un compacto amalgamiento humano en el vagón de Roberto, Itisarri, felizmente ignorante de la masacre inercial, pulsó el botón de descenso del tablero. Plegó el cartapacio con su nuevo diseño y lo guardó en la sección de 'Futuros' de su minúscula estantería. Salió de la oficina con sensación de triunfo. Su nuevo vagón, desprovisto de todo salvo paredes y puertas, era la culminación de su esfuerzo intelectual: una reducción de la manoseada tríada hegeliana —tesis, antítesis y síntesis— a una escueta dicotomía escolástica, en la que se sentía mucho más cómodo. La confirmación definitiva de que menos es más y de que, en su caso, la nada equivalía al todo.
Ni qué decir tiene que Hegel se revolvía incómodo en su tumba.
Antoine M. Huelin
Mientras Javier se dejaba llevar por esta vacua errancia en el páramo de su pensamiento, a varios metros bajo tierra, Roberto Santocuarto intentaba, a la desesperada, alcanzar la única barra transversal del vagón. No es que necesitara un asidero físico, dado que no quedaba un solo lugar geométrico de su cuerpo que no estuviera en contacto directo con otro ser de su misma especie. Sin embargo, la velocidad del tren y las bruscas curvas del trayecto producían un desplazamiento corpóreo-inercial que, mucho se temía, podía transmitir la falsa impresión de querer aprovechar el aglutinamiento carnal para ejercitar frotamientos libidinosos. Nada más lejos de la realidad. Su mente estaba consagrada por entero a la inminente primera cita con Encarnita, alma potencialmente gemela hallada en un portal de citas clásico.
Ajeno a todo este drama, Miguel Ureda, en su segundo día de trabajo tras superar las tediosas horas de prácticas, pilotaba su convoy como quien se dirige a la galaxia más cercana. Y, consciente de la vasta magnitud de las distancias cósmicas, pisaba el acelerador con gusto para no demorar la llegada a la siguiente estación.
Mientras la brusca frenada de Miguel al avistar la estación provocaba un compacto amalgamiento humano en el vagón de Roberto, Itisarri, felizmente ignorante de la masacre inercial, pulsó el botón de descenso del tablero. Plegó el cartapacio con su nuevo diseño y lo guardó en la sección de 'Futuros' de su minúscula estantería. Salió de la oficina con sensación de triunfo. Su nuevo vagón, desprovisto de todo salvo paredes y puertas, era la culminación de su esfuerzo intelectual: una reducción de la manoseada tríada hegeliana —tesis, antítesis y síntesis— a una escueta dicotomía escolástica, en la que se sentía mucho más cómodo. La confirmación definitiva de que menos es más y de que, en su caso, la nada equivalía al todo.
Ni qué decir tiene que Hegel se revolvía incómodo en su tumba.
Antoine M. Huelin
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