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Cabra Gourmet
Textos desde el Ejército Mongol: Aquí compartimos las reflexiones, delirios lúcidos, denuncias, filias, fobias y andanadas satíricas de nuestra tropa.

Para Ric
Antoine M. Huelin
¡Hasta aquí hemos llegado! Sigan leyendo y entenderán la razón de mi exabrupto.
Yo era un hombre razonablemente feliz —entendiendo como felicidad la conducida por la razón— y el sándwich de jamón y queso de la máquina que hay en el trabajo, formaba una parte importante de mi dieta. Mi cuerpo no había protestado casi nunca, salvo en raras ocasiones en las que, por una ingestión atropellada, me producía unos molestos gases.
Pero llegó mi compañero y sin embargo amigo -esto último lo he tomado prestado de alguien de cuyo nombre no me acuerdo- Ricardo, enamorado de los productos de la tierra, según palabras propias, pero olvidando añadir orgánicos después de productos, pues la piedra caliza y otros entes de su misma naturaleza no entraban en su casuística, para convencerme de que el susodicho sándwich reducía mi esperanza de vida a pasos agigantados con cada nueva unidad consumida. No digamos ya de las patatas fritas y gominolas que aderezaban mi almuerzo en la oficina.
Tomé una decisión drástica: toda esa basura gastronómica, sensu Ric, suprimida y sustituida por cuatro nueces, un frasco de suplemento proteínico para ancianos y personas con deficiente alimentación y una manzana, como almuerzo recurrente.
Esta decisión implicaba también una atención especial, pues la susodicha máquina no expendía nueces, ni frascos nutricios, ni manzanas. Así que adiós a la despreocupación cotidiana por el almuerzo, que ahora requería compras previsoras en la tienda de frutos secos, envíos regulares por correo del complejo nutritivo -comprarlo en farmacias resultaba cómodo, pero desventajoso desde el punto de vista económico. La manzana entraba en el cupo de frutas y verduras que compro a mi frutero habitual, que en realidad es un frutero al que nunca me he habituado, pues apenas lo visito. Sospecho que no le caigo muy simpático.
Debe ser que, envalentonado por el efecto de sus diatribas sobre mi cambio de dieta, Ricardo decidió ampliar mi horizonte gastronómico. Empezó a enumerar los distintos tipos de jamón, de las vetas y entreverados del jamón de bellota y su grasa insaturada, con el efecto positivo sobre la concentración del colesterol en sangre, del colesterol bueno, del malo y de cualquiera de los colesteroles que en el mundo han sido.
Nunca he sentido una especial inclinación por el jamón, sea porque en casa, cuando aparecía un plato del mismo, desaparecía antes de que yo iniciase cualquier movimiento con la mano. Efecto asociado a ser hermano menor de una familia numerosa. Parece ser que el jamón de mi sándwich de máquina se llama jamón de York, ciudad inglesa, donde debe haber mucho cerdo hervido. Pero la insistencia de Ricardo logró superar mi indiferencia y empecé a aportar cantidades significativas de ‘jamón, jamón’ en mi compra semanal. Mucho más tarde me enteré de que lo que algunos llaman jamón de York puede tener fécula y otros productos ajenos al animal de origen, por lo que mi imagen de la ciudad de York se pobló y diversificó mucho: además de cerdos hervidos colgados por doquier, habría una ingente cantidad de sacos de fécula, potenciadores de sabor, correctores de acidez y otros mejunjes.
Tuvo Ricardo, nuevamente, que sacarme de la ignorancia. Gran Titán de la Pedagogía Gourmet de ilimitada paciencia, me indicó que cerdos, lo que se dice cerdos, los hay de muchos tipos y hay muchas formas de denominarlos. A algunos se les asigna un número limitado de bellotas. Parece ser que 5 es el máximo. A otros les ponen el apodo de Ibérico, y a otros más, de Cebo. Estos últimos también se producen en Iberia, pero no tienen derecho a reclamar esa nacionalidad. En el rango inferior está el jamón a secas, aunque todos los jamones, salvo el de York, están más o menos secos. Según Ric, al que siempre me lo imagino como en la película de Casablanca, el de bellota, bellota, es el cerdo cerdo, del jamón jamón, gourmet.
No le he dejado que me hable sobre quesos porque el médico me los ha prohibido, pues parece ser que favorecen la colesterosis galopante y de ahí a la tumba sólo hay un infarto.
En fin, siguiendo sus sabias directrices, he regularizado mi dieta, ha subido considerablemente el coste de mi compra semanal y no he notado un cambio apreciable en mis actividades fisiológicas, sobre todo las que tienen que ver con el tránsito intestinal.
Pero no sólo de jamón y manzanas se puede mantener una dieta. Ric pasó revista a las legumbres más nutritivas, los mejores panes que se podían encontrar en la ciudad y remató hablándome de unos vinos de los que no había oído hablar en mi vida. Él me sugería la mejor relación calidad-precio, con ofertas renovadas todas las semanas. Me lo imagino pendiente de páginas web que te informan de cambios en precios y calidades, como quien te informa de las variaciones de las acciones en la bolsa.
Ha sido entonces cuando he tenido que decirle el ¡Hasta aquí hemos llegado! del principio de este texto. Pues, aunque he seguido fielmente sus indicaciones en la selección de viandas, no le he hecho caso en el modo de consumirlas. De acuerdo en que los mejores guisantes sean de una marca radicada en Tudela de la que ahora no me acuerdo, pero pensar que me los voy a comer más allá de cómo salen del tarro o lata, es confiar demasiado en mis capacidades culinarias. Me dice que haga un sofrito y… pongo puntos suspensivos porque su retahíla no tiene fin, con la variedad de recetas que se me ha ofrecido dar en cada caso. Paso. Las lata-guisantes, lata-garbanzos o lata-lentejas están exquisitas según salen de su lata y se calientan tal cual en la lumbre. Y no hace falta que me imagine en los hielos árticos, para asumir que bajo ese estilo gastronómico han sobrevivido muchos exploradores a lo largo de los tiempos. Así que he informado a Ricardo, poniéndome muy serio, que no insistiera más, que le agradecía las marcas tan exquisitas y todo lo que me había recomendado, pero que mi natural era comerlas tal y como salían de la lata, a semejanza de como salía el sándwich de la máquina.
Y es entonces cuando me ha llamado cabra-gourmet.
Antoine M. Huelin
¡Hasta aquí hemos llegado! Sigan leyendo y entenderán la razón de mi exabrupto.
Yo era un hombre razonablemente feliz —entendiendo como felicidad la conducida por la razón— y el sándwich de jamón y queso de la máquina que hay en el trabajo, formaba una parte importante de mi dieta. Mi cuerpo no había protestado casi nunca, salvo en raras ocasiones en las que, por una ingestión atropellada, me producía unos molestos gases.
Pero llegó mi compañero y sin embargo amigo -esto último lo he tomado prestado de alguien de cuyo nombre no me acuerdo- Ricardo, enamorado de los productos de la tierra, según palabras propias, pero olvidando añadir orgánicos después de productos, pues la piedra caliza y otros entes de su misma naturaleza no entraban en su casuística, para convencerme de que el susodicho sándwich reducía mi esperanza de vida a pasos agigantados con cada nueva unidad consumida. No digamos ya de las patatas fritas y gominolas que aderezaban mi almuerzo en la oficina.
Tomé una decisión drástica: toda esa basura gastronómica, sensu Ric, suprimida y sustituida por cuatro nueces, un frasco de suplemento proteínico para ancianos y personas con deficiente alimentación y una manzana, como almuerzo recurrente.
Esta decisión implicaba también una atención especial, pues la susodicha máquina no expendía nueces, ni frascos nutricios, ni manzanas. Así que adiós a la despreocupación cotidiana por el almuerzo, que ahora requería compras previsoras en la tienda de frutos secos, envíos regulares por correo del complejo nutritivo -comprarlo en farmacias resultaba cómodo, pero desventajoso desde el punto de vista económico. La manzana entraba en el cupo de frutas y verduras que compro a mi frutero habitual, que en realidad es un frutero al que nunca me he habituado, pues apenas lo visito. Sospecho que no le caigo muy simpático.
Debe ser que, envalentonado por el efecto de sus diatribas sobre mi cambio de dieta, Ricardo decidió ampliar mi horizonte gastronómico. Empezó a enumerar los distintos tipos de jamón, de las vetas y entreverados del jamón de bellota y su grasa insaturada, con el efecto positivo sobre la concentración del colesterol en sangre, del colesterol bueno, del malo y de cualquiera de los colesteroles que en el mundo han sido.
Nunca he sentido una especial inclinación por el jamón, sea porque en casa, cuando aparecía un plato del mismo, desaparecía antes de que yo iniciase cualquier movimiento con la mano. Efecto asociado a ser hermano menor de una familia numerosa. Parece ser que el jamón de mi sándwich de máquina se llama jamón de York, ciudad inglesa, donde debe haber mucho cerdo hervido. Pero la insistencia de Ricardo logró superar mi indiferencia y empecé a aportar cantidades significativas de ‘jamón, jamón’ en mi compra semanal. Mucho más tarde me enteré de que lo que algunos llaman jamón de York puede tener fécula y otros productos ajenos al animal de origen, por lo que mi imagen de la ciudad de York se pobló y diversificó mucho: además de cerdos hervidos colgados por doquier, habría una ingente cantidad de sacos de fécula, potenciadores de sabor, correctores de acidez y otros mejunjes.
Tuvo Ricardo, nuevamente, que sacarme de la ignorancia. Gran Titán de la Pedagogía Gourmet de ilimitada paciencia, me indicó que cerdos, lo que se dice cerdos, los hay de muchos tipos y hay muchas formas de denominarlos. A algunos se les asigna un número limitado de bellotas. Parece ser que 5 es el máximo. A otros les ponen el apodo de Ibérico, y a otros más, de Cebo. Estos últimos también se producen en Iberia, pero no tienen derecho a reclamar esa nacionalidad. En el rango inferior está el jamón a secas, aunque todos los jamones, salvo el de York, están más o menos secos. Según Ric, al que siempre me lo imagino como en la película de Casablanca, el de bellota, bellota, es el cerdo cerdo, del jamón jamón, gourmet.
No le he dejado que me hable sobre quesos porque el médico me los ha prohibido, pues parece ser que favorecen la colesterosis galopante y de ahí a la tumba sólo hay un infarto.
En fin, siguiendo sus sabias directrices, he regularizado mi dieta, ha subido considerablemente el coste de mi compra semanal y no he notado un cambio apreciable en mis actividades fisiológicas, sobre todo las que tienen que ver con el tránsito intestinal.
Pero no sólo de jamón y manzanas se puede mantener una dieta. Ric pasó revista a las legumbres más nutritivas, los mejores panes que se podían encontrar en la ciudad y remató hablándome de unos vinos de los que no había oído hablar en mi vida. Él me sugería la mejor relación calidad-precio, con ofertas renovadas todas las semanas. Me lo imagino pendiente de páginas web que te informan de cambios en precios y calidades, como quien te informa de las variaciones de las acciones en la bolsa.
Ha sido entonces cuando he tenido que decirle el ¡Hasta aquí hemos llegado! del principio de este texto. Pues, aunque he seguido fielmente sus indicaciones en la selección de viandas, no le he hecho caso en el modo de consumirlas. De acuerdo en que los mejores guisantes sean de una marca radicada en Tudela de la que ahora no me acuerdo, pero pensar que me los voy a comer más allá de cómo salen del tarro o lata, es confiar demasiado en mis capacidades culinarias. Me dice que haga un sofrito y… pongo puntos suspensivos porque su retahíla no tiene fin, con la variedad de recetas que se me ha ofrecido dar en cada caso. Paso. Las lata-guisantes, lata-garbanzos o lata-lentejas están exquisitas según salen de su lata y se calientan tal cual en la lumbre. Y no hace falta que me imagine en los hielos árticos, para asumir que bajo ese estilo gastronómico han sobrevivido muchos exploradores a lo largo de los tiempos. Así que he informado a Ricardo, poniéndome muy serio, que no insistiera más, que le agradecía las marcas tan exquisitas y todo lo que me había recomendado, pero que mi natural era comerlas tal y como salían de la lata, a semejanza de como salía el sándwich de la máquina.
Y es entonces cuando me ha llamado cabra-gourmet.
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