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23F no todo está contado

Cualquier intento por comprender el 23-F que parta de la versión oficial está condenado al fracaso. Tal es la acumulación de hechos contradictorios e incomprensibles que nos han expuesto, que intentar asimilarlos supone el riesgo de caer en una severa esquizofrenia. La intentona militar del 23 de febrero de 1981 no fue lo que parece ni tampoco lo que nos han contado. Frente a esa versión edulcorada y simplona que ha prevalecido —un pequeño grupo de militares que en nada representaban el sentir del Ejército dando un golpe que se truncó gracias a la firme determinación del rey Juan Carlos— existen otras que nos llevan a creer que se trató de una operación de alto riesgo para “enderezar” el rumbo político que estaba llevando el país y afianzar el futuro de la monarquía.
Tomemos como base la recomendación que nos da el historiador Alfonso Pinilla cuando dice que se trató de “la escenificación de un golpe duro que justifique la emergencia de un gobierno de salvación nacional, presidido por Armada, para salvar la Corona…”. Si asumimos este enfoque, el 23-F no fue otra cosa que un intento extremadamente peligroso, llevado a cabo por personas afines al rey Juan Carlos, para frenar los deseos de los partidos de izquierdas de impulsar la democracia hasta unos límites que la jefatura del Estado no estaba dispuesta a soportar. Y desarbolar otros golpes que estaban en marcha que podían llevarse la monarquía por delante.
La falsa teoría de los tres golpes
Aprovechando el 50 aniversario de su llegada al trono, el rey Juan Carlos ha abandonado su retiro dorado del Golfo Pérsico para venir a España a explicarnos todo aquello que, a su juicio, todavía no hemos comprendido. Y todo aquello que le debemos. Asegura que el 23-F hubo tres golpes de Estado diferentes, a los que él tuvo que hacer frente. Se presenta, de nuevo, como el rey salvador, y dice sentirse dolorido por el trato recibido por quienes tienen contraída una deuda tan grande con él.
Abunda el rey emérito en la narrativa de entonces, que ni periodistas ni políticos se prestaron a contradecir, al considerar que bastante había con intentar consolidar la democracia. Tan solo la aguda pluma de un escritor como Francisco Umbral se atrevió a cuestionarla: “Él nos ha salvado, él ha salvado la democracia, él se ha salvado a sí mismo. Ya tenemos un padre, un César, esa cosa freudiana que los españoles buscamos siempre para que piense por nosotros. Caer masivamente en los brazos del Rey, más que gratitud, sería digamos, una forma democrática de franquismo, entendido esto más allá de Franco, como proclividad niñoide de este país a los padres providenciales”.
El rey emérito se presenta como nuestro padre providencial, el defensor de la democracia a quien no tenemos el menor derecho a pedirle cuentas por nada de lo que hizo durante su reinado. Lo que no dice ni explica es que la entrada de Tejero, pistola en mano, en el hemiciclo del Congreso de los Diputados no era sino el señuelo que habría de dar paso a la llamada Operación Armada, el golpe oculto que los españoles no vimos y que a punto estuvo de triunfar.
El señuelo
El teniente coronel Antonio Tejero sería la pieza utilizada para crear una situación de máximo temor y peligro y la mano derecha del rey, el general Alfonso Armada, la persona que habría de presentarse como la solución ante el problema creado. Para ello nadie más idóneo que Tejero, tenido por un golpista compulsivo, temperamental y un tanto histriónico. ¿Quién mejor que él para provocar el caos? ¿Y quién mejor que el general Armada para domar a la fiera y devolverla a su jaula, ante el aplauso de los temerosos diputados? Finalmente, la democracia habría triunfado de nuevo. Los principales partidos políticos, si nos guiamos por sus manifestaciones, estaban dispuestos a apoyar un Gobierno de salvación nacional presidido por un militar. Una operación de dudosa constitucionalidad. Un extraño y arriesgado maridaje al que llegar tras desalojar a Adolfo Suárez del poder. Algo de muy difícil justificación que había que revestir de una cierta apariencia de legalidad.
Identificar el Tejerazo con el golpe del 23-F supone limitar mucho la comprensión de lo sucedido. Reducir todo a las imágenes que pudimos ver del asalto al Congreso de los Diputados o a la toma de Valencia por el general Milans del Bosch no ha hecho otra cosa que enmascarar la operación del general monárquico que con el fracaso llevó aparejada su condena: Alfonso Armada.
Tejero: “Yo al rey Juan Carlos lo jodí vivo”
El intento de golpe militar del 23-F se nos mostró en tres actos, pero, a mi juicio, para nada se trató de tres golpes diferentes, como ahora dice el rey Juan Carlos. Hubo un primer momento de gran impacto: la toma del Congreso por las armas, llevada a cabo por el teniente coronel Antonio Tejero, con el anuncio de la pronta llegada de una autoridad militar que sería la encargada de decidir lo que habría de ocurrir. Aparición que tuvo lugar a medianoche, con un cierto retraso respecto a la hora prevista, debido a determinados “errores” achacables al factor humano.
Curiosamente, sería el propio Tejero, el señuelo de esta operación cívico-militar, quien a su pesar iba a convertirse en el protagonista principal de aquel suceso, al no permitir que el general Armada entrara en el hemiciclo del Congreso para ofrecer a los diputados su “solución”, frustrando así lo tan cuidadosamente planificado. Años más tarde, en unas declaraciones al periódico El Español, el teniente coronel golpista no tuvo el menor recato en decir: “Yo al rey Juan Carlos lo jodí vivo: él tenía preparado con Armada un Gobierno a su gusto”.
Uno se pregunta qué hubiera pasado si Tejero no hubiera desobedecido las órdenes recibidas y hubiera permitido que el general Armada les presentara su propuesta a los diputados. Santiago Carrillo resumió así lo que muchos pensaban: “Grave, muy grave, hubiera sido aquello para el país. Afortunadamente el teniente coronel Tejero no era muy sutil, no comprendió la iniciativa de Armada y se lo impidió, pero si no, yo no estoy seguro de que no hubiéramos tenido un Gobierno presidido por un militar”.
Lo mismo creen no pocos políticos e historiadores. Alfonso Pinilla lo explica de esta manera: “De haberse dado ese supuesto, quizá algunos de los que hoy se consideran villanos de aquella historia habrían ascendido a la categoría de héroes. Y entonces, el caprichoso azar —materia prima de la evolución histórica— podría haber convertido al ‘vil traidor de Armada’ en el esperado De Gaulle español”. Todos abrazarían al general y, posiblemente, el rey Juan Carlos hubiera sido el primero en hacerlo. Y el pueblo español se lo hubiera agradecido.
Como dijo el expresidente Leopoldo Calvo-Sotelo: “Si hubiera triunfado Tejero, tesis que ni me atrevo a escenificar, y hubiera habido un Gobierno de Armada, pues a lo mejor la manifestación en su apoyo no hubiera sido de un millón de personas, como la de Madrid, pero quizá hubiera sido de 800.000 gritando ‘¡Viva Armada!’”.
Los defensores de la “verdad oficial” aseguran que, de no ser por el rey, el golpe hubiera triunfado. Ello es cierto si identificamos el 23-F con la astracanada de Tejero, que el rey de ninguna manera apoyó ni podía apoyar. Pero otra cosa muy diferente era la Operación Armada, que hace bueno el razonamiento contrario: si el rey no hubiera expresado, una y otra vez, ante civiles y militares golpistas su deseo de desembarazarse de Suárez, un presidente elegido democráticamente en las urnas, posiblemente el 23-F nunca hubiera existido. Los continuos encuentros del rey con su general, días antes del intento de golpe militar, arrojan más sombras que luces sobre las verdaderas intenciones del monarca.
No todo está contado
Transcurridos 45 años desde aquellos sucesos, no son pocas las voces que resucitan esa vieja corriente de opinión de que sobre el 23-F ya todo está contado, que no hay nada que investigar, y que cualquier intento de hacerlo no responde a otra cosa que a meros deseos conspiratorios. Quienes defienden esta postura, sin duda, deben de poseer grandes dotes adivinatorias. ¿Cómo, si no, hay que interpretarlo cuando todavía no han visto la luz ninguno de los documentos clasificados como secretos de Estado ni las cintas grabadas que obran en poder del Tribunal Supremo? ¿Cómo saberlo cuando nadie, a día de hoy, puede asegurar si los protagonistas directos de aquellos hechos han dejado algo escrito que pueda arrojar luz sobre aquellos sucesos?
Decir que todo está contado cuando los únicos documentos que manejamos son los de un juicio que resultó ser una farsa resulta, cuando menos, de un gran optimismo. Existen todavía muchas lagunas por aclarar. Aquellos que están tan preocupados por cerrar en falso la Transición no parecen prestar importancia a hechos de una gran trascendencia. No pierden el tiempo intentando contrastar si lo que se cuenta en esa “versión oficial”, que tuvo su origen en el Palacio de la Zarzuela, responde a la realidad o, por el contrario, tan solo sirve para enmascarar actitudes inconfesables.
El incomprensible silencio del rey
Examinemos el largo silencio que el rey mantuvo durante las horas cruciales del intento de golpe militar (no lo llamaré golpe de Estado porque en ningún momento el soberano se vio amenazado). Durante siete largas horas, mientras millones de españoles permanecían en sus casas atemorizados, atentos a la radio o a la televisión, sin saber si el jefe del Estado apoyaba o no el golpe, el monarca se envolvió bajo la capa del silencio. Hubo que esperar hasta la una y cuarto de la madrugada del día siguiente, cuando ya se sabía que todo había fracasado, para que, vestido de uniforme militar, con semblante serio y voz firme, el mismo rey que durante tantas horas había permanecido callado ahora se manifestara como firme defensor de la democracia. Curiosamente, esto sucedió cuando se frustraron los intentos del general Armada para proclamarse como presidente del pretendido Gobierno de salvación nacional.
La versión oficial asegura, una y otra vez, que existieron fuerzas mayores que impidieron que el rey pudiera dirigirse antes a los españoles. Que el soberano se vio impedido a hacerlo debido a que RTVE estaba ocupada por los militares, y que hasta que estos no abandonaron las instalaciones de Prado del Rey no se pudieron enviar los equipos de grabación al Palacio de la Zarzuela. Esta versión, generalmente aceptada, es falsa. Yo, entonces, trabajaba en Televisión Española, y puedo dar testimonio de ello.
Los militares que entraron en Prado del Rey apenas estuvieron una hora en las instalaciones. De ocho a nueve de la noche. Sin embargo, el mensaje real no se emitió hasta pasada la una de la madrugada. ¿Qué ocurrió en ese tiempo? Repasemos los hechos. El director general de RTVE, Fernando Castedo, no recibió la llamada del secretario de la Casa Real, Sabino Fernández Campo, solicitándole urgentemente que enviara el material necesario para la grabación hasta las ocho y media de la noche, es decir, dos horas después de la ocupación del Congreso de los Diputados.
Los equipos se pusieron en marcha y, en contra de lo publicado, salieron de Prado del Rey con los militares dentro. Desde allí al Palacio de la Zarzuela, conduciendo de forma diligente y sin ningún obstáculo que lo impida, como así fue, se tarda menos de media hora, pero el mensaje del rey no se emite hasta pasada la una de la madrugada. Estamos hablando de un desfase de casi cuatro horas. Cualquiera puede preguntarse: ¿por qué razón si los equipos de Televisión Española se encontraban a eso de las nueve y media de la noche en el Palacio de la Zarzuela no se grabó rápidamente la alocución que tan insistentemente se pedía desde la Comisión de Secretarios de Estado y de Subsecretarios y desde la División Acorazada, con el general Juste desesperado porque se veía incapaz de contener a sus hombres?
El llamativo mutismo de Juan Carlos contrastaba con los sucesos que estaban teniendo lugar en el interior del Congreso, en donde el teniente coronel Antonio Tejero había sacado del hemiciclo al presidente del Gobierno Adolfo Suárez a una sala aparte, amenazándolo con su arma reglamentaria apuntándole al pecho. En otra sala cercana se encontraban el vicepresidente Gutiérrez Mellado, los líderes de los partidos socialista y comunista, Felipe González, Alfonso Guerra y Santiago Carrillo, además del ministro de Defensa, Agustín Rodríguez Sahagún. Con todos temiendo por sus vidas, aquel silencio resultaba atronador.
Resucita la Operación Armada
Muy fuertes tenían que ser los motivos para que Juan Carlos no se pronunciara si a pesar de los argumentos que le exponían, tanto el director general de la Seguridad del Estado como el general jefe de la División Acorazada, continuaba callado. Su inacción no estuvo motivada por el hecho de que los militares golpistas hubieran cortado las comunicaciones o cercado el Palacio de la Zarzuela. Tampoco por el hecho de que RTVE estuviera en manos de los soldados. Se debió a otra causa más importante, que la Zarzuela prefirió no desvelar. Según se desprende de lo declarado en la causa 2/81 y a raíz de los testimonios recogidos, a las nueve y media de la noche se volvió a reconsiderar la Solución Armada.
Las líneas telefónicas entre las capitanías generales echaban humo: Milans no dejaba de hablar con las otras regiones militares. Armada, a su vez, tenía el campo libre desde el Estado Mayor del Ejército y estaba en contacto con todas las capitanías, lo mismo que con el Palacio de la Zarzuela. La torpe acción de Tejero estaba poniendo en peligro toda la operación. “Hay que hacer algo”, dicen los capitanes generales de cuatro regiones militares: Valladolid, Zaragoza, Sevilla y Baleares, que presionan para encontrar una salida.

Ilustración: Irene Mala
“Vete, pero no digas que vas en nombre del rey”
Armada llama al Palacio de la Zarzuela para ofrecerse como presidente de un Gobierno de salvación nacional y obtiene el visto bueno, a pesar de que dos reputados expertos en derecho político, el profesor Sánchez Agesta y Carlos Ollero, lo desaconsejan. En la vista oral del juicio de Campamento, celebrada el día 9 marzo de 1982, Armada detalló la conversación que había mantenido por teléfono con Sabino Fernández Campo: “Al rey, me dijo, no se le puede comprometer, de modo que vete allí a título personal”. Como ha dicho el historiador Muñoz Bolaños, si el general Armada se llega a presentar en el Congreso con el explícito aval del rey la vinculación del monarca con el golpe hubiera sido evidente, por esa razón ha de hacerlo “a título personal” y por indicación de Sabino.
Una declaración de Sabino Fernández Campo contribuye a esclarecer lo sucedido. No cabe duda de que él fue quien le dijo a Alfonso Armada que podía ir al Congreso para ofrecerse como solución, pero asegura que detrás estaba el rey. “En modo alguno partió de mí la idea de que se presentara en el Congreso, ni yo podía decirle que lo hiciera, pues, como es lógico, no me correspondía a mí ninguna facultad decisoria, y en todas las ocasiones actué por orden y en nombre de S.M. el rey”. Así lo ha recogido el periodista Carlos Fonseca: “El Consejo Supremo de Justicia Militar que juzgó a los golpistas denegó la comparecencia de Sabino Fernández Campo en la vista oral, y los hechos probados de la sentencia ignoran por completo su declaración, hacen desaparecer al rey del relato y atribuyen al general Gabeiras, inmediato superior de Armada como Jefe de Estado Mayor del Ejército (JEME), la autorización para ir al Congreso…”.
Lo que se esconde tras el 23-F
Lo que se esconde tras los hechos del 23-F no lo supieron ni Tejero (que fue utilizado como un peón más de una compleja trama golpista) ni el teniente general Milans del Bosch (quien dijo sentirse engañado por el general Armada), y le fue ocultado a todos los españoles. La pregunta que se sigue haciendo mucha gente es si el rey estaba al tanto de la inminencia de un golpe militar. Si nos atenemos a lo declarado por el general Armada, lo sabía, aunque no participara de los detalles. También determinados políticos, algunos banqueros y empresarios, el nuncio de Su Santidad en España y la embajada de Estados Unidos.
La sorpresa que nos asaltó a todos los españoles nada tuvo que ver con la que vivieron el presidente Suárez o el vicepresidente Gutiérrez Mellado ni, por supuesto, con la de algunos políticos que se encontraban aquel día en el interior del Congreso de los Diputados. Aquello haría decir al diputado socialista Pablo Castellano: “Cuando Tejero irrumpió en la Cámara tuve la sensación de que aquello nos sorprendía a muy pocos”.
Lo que se esconde tras los hechos del 23-F y le fue ocultado a los españoles fueron todas las circunstancias y conspiraciones que lo hicieron posible. “Las imprudencias” cometidas por el rey Juan Carlos, ante el temor a que la acción política de Adolfo Suárez pudiera llevarse por delante a la Corona; la connivencia de los partidos de la derecha franquista con determinados militares golpistas; la enorme prisa de los socialistas por ocupar la presidencia del Gobierno, en un momento particularmente delicado; la sed de poder de los grupúsculos democristianos, liberales y socialdemócratas que formaban la UCD; el trabajo en la sombra de los servicios de inteligencia; la trama civil de empresarios, banqueros, políticos y periodistas que querían sacarse de encima a Adolfo Suárez por representar un obstáculo para sus intereses. Y en contra de lo que digan la “historia oficial” y todos sus intoxicadores, la actitud de una buena parte del Ejército, que presionaba una y otra vez para que en España tuviera lugar una “acción correctora”. En este caldo de cultivo el 23-F estaba servido.
Un golpe militar para modificar el rumbo político de España, imponiendo al poder civil la necesidad de transitar por la vía marcada por los poderes fácticos y por el Gobierno de Estados Unidos. Todo para conseguir lo que el historiador Jesús A. Martínez llama “una democracia recortada”.
*Periodista con más de 40 años de experiencia profesional en Triunfo, TVE, donde cubrió la Transición y luego fue corresponsal diplomático y enviado especial en varios países, y Antena 3, donde fundó Equipo de Investigación, entre otros. Autor del libro Lo que el 23-F oculta.
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