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La vivienda prende la mecha
Los estragos sociales por la falta de acceso a un hogar han revolucionado el tablero político en plazas tan simbólicas como Nueva York, Berlín e Irlanda. ¿El caso Maricarmen llevará la onda expansiva también hasta España?

En el Día Internacional de la Mujer de 1917, miles de trabajadoras textiles de Petrogrado, el actual San Petersburgo, en el extremo occidental de Rusia, se pusieron en huelga y salieron a la calle exigiendo mejores condiciones laborales, pan y paz ante la masacre cotidiana de los jóvenes rusos en la Primera Guerra Mundial.
A la mayoría de dirigentes políticos y sindicales de la época, esta huelga les parecía ingenua y contraproducente. Y al miope establishment político, económico y militar zarista, directamente una ridiculez. Sin embargo, el malestar de fondo era tan profundo, y las razones que llevaron a la improvisada y desesperada movilización de las mujeres tan de peso, que la huelga ganó rápidamente envergadura, empezaron a sumarse grupos políticos y sindicales y todo se desbordó con consecuencias brutales que iban a durar ocho décadas: el zarismo se descompuso, arrancó una dinámica revolucionaria que condujo a la Revolución de Octubre, dirigida por Lenin y los bolcheviques, y se formó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la primera gran potencia comunista de la historia: el establishment que había ninguneado a las huelguistas y les racaneaba fue liquidado. Literalmente: lo perdieron todo, incluida, en muchos casos, la vida.
Desbordamiento
El mundo es hoy muy diferente, pero los ecos de la mecha que prendió la llama de la Revolución ante la miopía del establishment resuenan a través del colosal problema social en los países occidentales asociado a las dificultades de acceso a la vivienda, que se ha convertido en la principal causa del malestar al ser el origen de muchos de los otros estragos que castigan a las clases populares en un contexto económico de enriquecimiento aún más acelerado de los que ya eran millonarios.
Tras años de empeoramiento sin respuestas efectivas —como antaño, de nuevo, ante la miopía del establishment— en mercados financiarizados, en el que la vivienda pasó a ser sobre todo un activo financiero —en lugar de un hogar para vivir— de fondos que buscan altísimas rentabilidades, la situación amenaza con desbordarse. La ola ultraderechista global crece en parte a lomos del descontento social causado por la crisis del acceso a la vivienda, pero señalando como chivo expiatorio la inmigración.
Sin embargo, la situación de emergencia no declarada de las clases populares ha propulsado también a opciones a la izquierda de la socialdemocracia, en una polarización política entre posfascistas y socialistas de izquierda —o incluso poscomunistas— no vista desde la década de 1930. Esa dialéctica, que concluyó en la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial, fue una de las consecuencias que tuvo precisamente la Revolución rusa y la subsiguiente creación de la URSS después de que las huelguistas textiles prendieran la mecha que se había ido formando durante años.
¿Quimeras?
Hoy, las fuerzas emergentes de izquierdas, movilizadas alrededor del acceso a la vivienda, han dejado atrás la estrategia insurreccional que en 1917 les llevó a conquistar el Palacio de Invierno, pero han conseguido ya algunos hitos que realmente parecían quimeras inalcanzables hasta hace nada. Barcelona, con la elección en 2015 de la activista del derecho a la vivienda Ada Colau como alcaldesa, fue una avanzadilla de una tendencia que iba a eclosionar una década más tarde en grandes plazas del capitalismo global como Nueva York, Berlín y Dublín. En Nueva York, el mayor símbolo del capitalismo global y sede de Wall Street, gobierna desde el año pasado Zohran Mamdani, un alcalde afiliado a un partido socialista en un país en el que esta palabra no solo ha sido siempre tabú sino que se ha perseguido implacablemente a todos los que la han pronunciado.
En Berlín, capital de Alemania, acaba de ganar las elecciones municipales nada menos que la candidatura liderada por Elif Eralp, de Die Linke (La Izquierda), una confluencia impulsada en su día por el partido que acogió a los huérfanos del SED, el partido único comunista, que dirigió con puño de hierro la dictadura prosoviética de la República Democrática Alemana (RDA) en las décadas de la Guerra Fría hasta que se desmoronó, en 1990.
La Izquierda es hoy una amalgama izquierdista que nada tiene que ver con esa dictadura, pero tampoco con la socialdemocracia clásica. Y en Irlanda, uno de los países más liberales de Europa, con alternancias que solían limitarse a pasar de la derecha al centro-derecha, o al revés, y principal estación de aterrizaje de inversiones internacionales en la UE por su baja tributación, eligió el año pasado como presidenta del país a una socialista de izquierdas independiente, Catherine Connolly, que arrasó con un inaudito 63% de los votos —¡más del doble que su principal adversaria!— tras lograr unificar a todas las facciones de izquierda a su alrededor con el acceso a la vivienda como uno de los pegamentos centrales de su programa
Mujeres al mando
Si estas tres elecciones han pulverizado tradiciones políticas de décadas e instalado un terreno de juego enteramente nuevo, y anclado muy a la izquierda, nada menos que en Nueva York, Berlín e Irlanda, tres de los escenarios más emblemáticos del capitalismo global con indicadores de ensueño según el manual ortodoxo de la economía convencional —inversiones, riqueza, PIB, etc.—, es que la vivienda se ha convertido verdaderamente en el gran detonador del viejo orden, construido a partir de los intereses de los fondos y del capital. Al igual que en 1917, son sobre todo mujeres las que han prendido la mecha, con candidatas rupturistas exitosas como Connolly, Eralp o Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), líder del partido de Mamdani en EEUU, que sopesa si presentarse a la presidencia, y liderando las protestas de base.
La preponderancia de las mujeres es también evidente en España con el caso de Maricarmen Abascal, de 87 años, cuyo desahucio ha prendido la mecha que agita también el tablero aquí con un movimiento de contestación en las plazas liderado por el Sindicato de Inquilinas, que ha precipitado el adelanto electoral. La magnitud del tsunami socialista en EE. UU., la meca del capitalismo, va mucho más allá de la elección de Mamdani. Su partido, Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, en sus siglas en inglés), ha pasado en una década de 6.500 a 120.000 afiliados, con lo que se ha convertido en la formación política socialista con más militantes de toda la historia de EE. UU. al superar la marca registrada por el Partido Socialista de EE. UU. (SPA) en 1912.
Desde entonces, todos los intentos de construir una opción izquierdista de masas en el país habían sido aplastados por el poder del Estado, que en los años de la Guerra Fría movilizó al FBI y convirtió en tabú la palabra propia socialista a través de una represión implacable. Este tabú ha saltado por los aires, para estupefacción del establishment estadounidense, que no acaba de encontrar la forma de contrarrestar el auge de las ideas socialistas, sobre todo entre los jóvenes, al negarse a ir a la raíz del problema central del acceso a la vivienda y el empeoramiento de las condiciones de vida de las clases populares a pesar del aumento de la riqueza. Esta tendencia se ha ido acentuando hasta pudrirse desde el crash de 2008, que acabó beneficiando a los mismos responsables que lo habían propiciado.
Jóvenes socialistas… ¡en EE. UU.!
Desde hace al menos dos años, un goteo de encuestas, encargadas por perfiles muy distintos —también think tanks de derechas como el Cato Institute y The Heartland Institute— coinciden siempre en la misma dirección: la mayoría de jóvenes de EE. UU. ya prefiere el socialismo al capitalismo. En la más reciente, de Morning Consult para el Cato Institute del pasado julio, el 53% de los jóvenes estadounidenses de entre 18 y 29 años tenía una visión positiva del socialismo, claramente por encima del 45% que veía bien el capitalismo.
Todavía más desconcertante para el establishment estadounidense fue el sondeo de Rasmussen para The Heartland Institute de agosto de 2025: una mayoría muy rotunda de estadounidenses menores de 40 años querrían que las elecciones presidenciales de 2028 las gane un candidato demócrata socialista: el 53% abogaba por esta opción, frente al 27% que la rechazaba y el 20% que dudaba. Ojo: los encuestados eran todos los jóvenes, no únicamente los progresistas, lo que implica necesariamente que el perfil de los principales referentes del DSA —ellos mismos en la treintena y con el foco puesto en la vivienda— conecta con toda una generación que incluye incluso a los que ideológicamente se sienten más próximos a los republicanos.
El motor generacional, con el empuje de los jóvenes, fue decisivo también en el triunfo de La Izquierda en Berlín y de Connolly en Irlanda, según muestran todas las encuestas. La veterana izquierdista irlandesa, ahora presidenta del país, llenó todos sus mítines, que se abarrotaron de gente joven, y el aplastante apoyo que recogió entre los jóvenes no tiene precedentes: la apoyó el 57% de los electores menores de 34 años, mientras que la segunda candidatura se quedó en el 17%: menos de un tercio del apoyo a Connolly. Y eso —o precisamente por ello— que destacadas figuras del establishment laborista —émulos de Felipe González— se desmarcaron de la candidata de izquierdas al considerarla demasiado radical y pidieron el voto para su principal rival de centroderecha.
Expropiación en el Dax
En Berlín, los electores no solo votaron masivamente a una candidata de La Izquierda, sino que lo hicieron por un programa que en la mayoría de países occidentales se consideraría implanteable por su radicalidad. La candidatura incorporó las demandas de un movimiento ciudadano de gran implantación, sobre todo entre los jóvenes, llamado directamente Expropiar a Deutsche Wohnen, el principal casero de pisos de alquiler de la ciudad, un coloso empresarial que cotiza en el Dax, el equivalente del Ibex en Alemania.
Con este programa, La Izquierda dobló sus apoyos hasta rozar el 26% y se alzó con la primera plaza en los comicios del pasado septiembre, aunque ahora no está claro que vaya a dirigir la alcaldía porque los socialdemócratas no descartan pactar con el centroderecha. La movilización popular contra Deutsche Wohnen, como símbolo del negocio en el alquiler en detrimento del acceso a la vivienda, viene de lejos, y la inacción de las autoridades es precisamente lo que le ha dado un impulso descomunal: en 2021, el movimiento logró forzar un referéndum en el que la opción de expropiar el parque de vivienda de la compañía se impuso de forma contundente con el 57% de los votos. No obstante, la consulta no era vinculante y el Gobierno de izquierdas, dirigido por los socialdemócratas (SPD), chutó el balón hacia delante con la petición de informes y estudios sobre cómo abordar la cuestión.
Tras los comicios de 2023, el SPD quedó por debajo de la democracia cristiana, y ambos firmaron un pacto de gobierno que dio carpetazo a la expropiación exigida por el referéndum, pero las recientes elecciones han vuelto a reclamarlo de forma atronadora al aupar al partido que lo llevaba en su programa. En cambio, en estos cinco años, los socialdemócratas han pasado de ser el primer partido de la ciudad, con el 21,4% de los votos, a descender hasta el quinto puesto, con solo el 12,3%. Las quimeras convertidas de súbito en realidad, con victorias de la izquierda que hasta hace nada se consideraban sencillamente imposibles según la tradición política convencional —en Nueva York, Berlín e Irlanda—, se suceden allí donde el descomunal problema de acceso a la vivienda define el terreno de juego de la contienda electoral. En España, si algo parecía quimérico era la mera posibilidad de que la izquierda española se mantuviera en el gobierno más allá de 2027. ¿Todavía lo es?
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A la mayoría de dirigentes políticos y sindicales de la época, esta huelga les parecía ingenua y contraproducente. Y al miope establishment político, económico y militar zarista, directamente una ridiculez. Sin embargo, el malestar de fondo era tan profundo, y las razones que llevaron a la improvisada y desesperada movilización de las mujeres tan de peso, que la huelga ganó rápidamente envergadura, empezaron a sumarse grupos políticos y sindicales y todo se desbordó con consecuencias brutales que iban a durar ocho décadas: el zarismo se descompuso, arrancó una dinámica revolucionaria que condujo a la Revolución de Octubre, dirigida por Lenin y los bolcheviques, y se formó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la primera gran potencia comunista de la historia: el establishment que había ninguneado a las huelguistas y les racaneaba fue liquidado. Literalmente: lo perdieron todo, incluida, en muchos casos, la vida.
Desbordamiento
El mundo es hoy muy diferente, pero los ecos de la mecha que prendió la llama de la Revolución ante la miopía del establishment resuenan a través del colosal problema social en los países occidentales asociado a las dificultades de acceso a la vivienda, que se ha convertido en la principal causa del malestar al ser el origen de muchos de los otros estragos que castigan a las clases populares en un contexto económico de enriquecimiento aún más acelerado de los que ya eran millonarios.
Tras años de empeoramiento sin respuestas efectivas —como antaño, de nuevo, ante la miopía del establishment— en mercados financiarizados, en el que la vivienda pasó a ser sobre todo un activo financiero —en lugar de un hogar para vivir— de fondos que buscan altísimas rentabilidades, la situación amenaza con desbordarse. La ola ultraderechista global crece en parte a lomos del descontento social causado por la crisis del acceso a la vivienda, pero señalando como chivo expiatorio la inmigración.
Sin embargo, la situación de emergencia no declarada de las clases populares ha propulsado también a opciones a la izquierda de la socialdemocracia, en una polarización política entre posfascistas y socialistas de izquierda —o incluso poscomunistas— no vista desde la década de 1930. Esa dialéctica, que concluyó en la gran tragedia de la Segunda Guerra Mundial, fue una de las consecuencias que tuvo precisamente la Revolución rusa y la subsiguiente creación de la URSS después de que las huelguistas textiles prendieran la mecha que se había ido formando durante años.
¿Quimeras?
Hoy, las fuerzas emergentes de izquierdas, movilizadas alrededor del acceso a la vivienda, han dejado atrás la estrategia insurreccional que en 1917 les llevó a conquistar el Palacio de Invierno, pero han conseguido ya algunos hitos que realmente parecían quimeras inalcanzables hasta hace nada. Barcelona, con la elección en 2015 de la activista del derecho a la vivienda Ada Colau como alcaldesa, fue una avanzadilla de una tendencia que iba a eclosionar una década más tarde en grandes plazas del capitalismo global como Nueva York, Berlín y Dublín. En Nueva York, el mayor símbolo del capitalismo global y sede de Wall Street, gobierna desde el año pasado Zohran Mamdani, un alcalde afiliado a un partido socialista en un país en el que esta palabra no solo ha sido siempre tabú sino que se ha perseguido implacablemente a todos los que la han pronunciado.
En Berlín, capital de Alemania, acaba de ganar las elecciones municipales nada menos que la candidatura liderada por Elif Eralp, de Die Linke (La Izquierda), una confluencia impulsada en su día por el partido que acogió a los huérfanos del SED, el partido único comunista, que dirigió con puño de hierro la dictadura prosoviética de la República Democrática Alemana (RDA) en las décadas de la Guerra Fría hasta que se desmoronó, en 1990.
La Izquierda es hoy una amalgama izquierdista que nada tiene que ver con esa dictadura, pero tampoco con la socialdemocracia clásica. Y en Irlanda, uno de los países más liberales de Europa, con alternancias que solían limitarse a pasar de la derecha al centro-derecha, o al revés, y principal estación de aterrizaje de inversiones internacionales en la UE por su baja tributación, eligió el año pasado como presidenta del país a una socialista de izquierdas independiente, Catherine Connolly, que arrasó con un inaudito 63% de los votos —¡más del doble que su principal adversaria!— tras lograr unificar a todas las facciones de izquierda a su alrededor con el acceso a la vivienda como uno de los pegamentos centrales de su programa
Mujeres al mando
Si estas tres elecciones han pulverizado tradiciones políticas de décadas e instalado un terreno de juego enteramente nuevo, y anclado muy a la izquierda, nada menos que en Nueva York, Berlín e Irlanda, tres de los escenarios más emblemáticos del capitalismo global con indicadores de ensueño según el manual ortodoxo de la economía convencional —inversiones, riqueza, PIB, etc.—, es que la vivienda se ha convertido verdaderamente en el gran detonador del viejo orden, construido a partir de los intereses de los fondos y del capital. Al igual que en 1917, son sobre todo mujeres las que han prendido la mecha, con candidatas rupturistas exitosas como Connolly, Eralp o Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), líder del partido de Mamdani en EEUU, que sopesa si presentarse a la presidencia, y liderando las protestas de base.
La preponderancia de las mujeres es también evidente en España con el caso de Maricarmen Abascal, de 87 años, cuyo desahucio ha prendido la mecha que agita también el tablero aquí con un movimiento de contestación en las plazas liderado por el Sindicato de Inquilinas, que ha precipitado el adelanto electoral. La magnitud del tsunami socialista en EE. UU., la meca del capitalismo, va mucho más allá de la elección de Mamdani. Su partido, Socialistas Democráticos de Estados Unidos (DSA, en sus siglas en inglés), ha pasado en una década de 6.500 a 120.000 afiliados, con lo que se ha convertido en la formación política socialista con más militantes de toda la historia de EE. UU. al superar la marca registrada por el Partido Socialista de EE. UU. (SPA) en 1912.
Desde entonces, todos los intentos de construir una opción izquierdista de masas en el país habían sido aplastados por el poder del Estado, que en los años de la Guerra Fría movilizó al FBI y convirtió en tabú la palabra propia socialista a través de una represión implacable. Este tabú ha saltado por los aires, para estupefacción del establishment estadounidense, que no acaba de encontrar la forma de contrarrestar el auge de las ideas socialistas, sobre todo entre los jóvenes, al negarse a ir a la raíz del problema central del acceso a la vivienda y el empeoramiento de las condiciones de vida de las clases populares a pesar del aumento de la riqueza. Esta tendencia se ha ido acentuando hasta pudrirse desde el crash de 2008, que acabó beneficiando a los mismos responsables que lo habían propiciado.
Jóvenes socialistas… ¡en EE. UU.!
Desde hace al menos dos años, un goteo de encuestas, encargadas por perfiles muy distintos —también think tanks de derechas como el Cato Institute y The Heartland Institute— coinciden siempre en la misma dirección: la mayoría de jóvenes de EE. UU. ya prefiere el socialismo al capitalismo. En la más reciente, de Morning Consult para el Cato Institute del pasado julio, el 53% de los jóvenes estadounidenses de entre 18 y 29 años tenía una visión positiva del socialismo, claramente por encima del 45% que veía bien el capitalismo.
Todavía más desconcertante para el establishment estadounidense fue el sondeo de Rasmussen para The Heartland Institute de agosto de 2025: una mayoría muy rotunda de estadounidenses menores de 40 años querrían que las elecciones presidenciales de 2028 las gane un candidato demócrata socialista: el 53% abogaba por esta opción, frente al 27% que la rechazaba y el 20% que dudaba. Ojo: los encuestados eran todos los jóvenes, no únicamente los progresistas, lo que implica necesariamente que el perfil de los principales referentes del DSA —ellos mismos en la treintena y con el foco puesto en la vivienda— conecta con toda una generación que incluye incluso a los que ideológicamente se sienten más próximos a los republicanos.
El motor generacional, con el empuje de los jóvenes, fue decisivo también en el triunfo de La Izquierda en Berlín y de Connolly en Irlanda, según muestran todas las encuestas. La veterana izquierdista irlandesa, ahora presidenta del país, llenó todos sus mítines, que se abarrotaron de gente joven, y el aplastante apoyo que recogió entre los jóvenes no tiene precedentes: la apoyó el 57% de los electores menores de 34 años, mientras que la segunda candidatura se quedó en el 17%: menos de un tercio del apoyo a Connolly. Y eso —o precisamente por ello— que destacadas figuras del establishment laborista —émulos de Felipe González— se desmarcaron de la candidata de izquierdas al considerarla demasiado radical y pidieron el voto para su principal rival de centroderecha.
Expropiación en el Dax
En Berlín, los electores no solo votaron masivamente a una candidata de La Izquierda, sino que lo hicieron por un programa que en la mayoría de países occidentales se consideraría implanteable por su radicalidad. La candidatura incorporó las demandas de un movimiento ciudadano de gran implantación, sobre todo entre los jóvenes, llamado directamente Expropiar a Deutsche Wohnen, el principal casero de pisos de alquiler de la ciudad, un coloso empresarial que cotiza en el Dax, el equivalente del Ibex en Alemania.
Con este programa, La Izquierda dobló sus apoyos hasta rozar el 26% y se alzó con la primera plaza en los comicios del pasado septiembre, aunque ahora no está claro que vaya a dirigir la alcaldía porque los socialdemócratas no descartan pactar con el centroderecha. La movilización popular contra Deutsche Wohnen, como símbolo del negocio en el alquiler en detrimento del acceso a la vivienda, viene de lejos, y la inacción de las autoridades es precisamente lo que le ha dado un impulso descomunal: en 2021, el movimiento logró forzar un referéndum en el que la opción de expropiar el parque de vivienda de la compañía se impuso de forma contundente con el 57% de los votos. No obstante, la consulta no era vinculante y el Gobierno de izquierdas, dirigido por los socialdemócratas (SPD), chutó el balón hacia delante con la petición de informes y estudios sobre cómo abordar la cuestión.
Tras los comicios de 2023, el SPD quedó por debajo de la democracia cristiana, y ambos firmaron un pacto de gobierno que dio carpetazo a la expropiación exigida por el referéndum, pero las recientes elecciones han vuelto a reclamarlo de forma atronadora al aupar al partido que lo llevaba en su programa. En cambio, en estos cinco años, los socialdemócratas han pasado de ser el primer partido de la ciudad, con el 21,4% de los votos, a descender hasta el quinto puesto, con solo el 12,3%. Las quimeras convertidas de súbito en realidad, con victorias de la izquierda que hasta hace nada se consideraban sencillamente imposibles según la tradición política convencional —en Nueva York, Berlín e Irlanda—, se suceden allí donde el descomunal problema de acceso a la vivienda define el terreno de juego de la contienda electoral. En España, si algo parecía quimérico era la mera posibilidad de que la izquierda española se mantuviera en el gobierno más allá de 2027. ¿Todavía lo es?
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