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Reflexiones con la letra: C / el tiempo vital robado
Reflexiones “fuera de caja”, sin prejuicios ni vinculaciones partidarias para repensar por completo el terreno de juego político y económico y darle un horizonte progresista (y no de esclavitud): un viaje lúcido e imaginativo que va enlazando palabras que empiezan con la misma letra

Por Fernando Morán Ortiz de Solórzano*
Con "c" de creación
Somos seres curiosos. Inventamos ideas que nos dominan, que nos someten bajo una lógica que parece inalterable. Igual que Mr. Hyde acabó por controlar al Dr. Jekyll, la economía se ha convertido en un monstruo. Nuestra propia creación nos empobrece y nos mata lentamente. Debemos preguntarnos si la economía sirve a los intereses de la mayoría o si nosotros estamos al servicio de la economía, como una mercancía más.
Con "c" de crisis
El ritmo frenético diario y las jornadas laborales interminables nos impiden ver que nos encontramos ante un momento trascendental de nuestra historia. Las principales estructuras que definen nuestra sociedad han desaparecido o cambian a gran velocidad. Los consensos internacionales y los constantes avances sociales sobre los que se reconstruyó Europa son cosa del pasado. El ascensor social, que garantizó la estabilidad durante décadas, está averiado. La clase media está en retroceso y las desigualdades aumentan cada día. Los Estados han perdido el control sobre una economía que es global, deslocalizada y virtual. La inteligencia artificial y la robótica son una amenaza real para la supervivencia económica de millones de personas. El consumo desenfrenado y las relaciones virtuales actúan como anestesia en un mundo donde el algoritmo dicta lo que es real y la verdad ha dejado de importar.
Con "c" de canal
Ante esta situación, la política ha entrado en una fase de espectáculo televisivo. Políticos que amenazan con expulsar a la mitad de la población, partidos que justifican genocidios o presidentes celebrando en redes sociales asesinatos extrajudiciales en alta mar. Una espiral perversa basada en el constante aumento artificial de la tensión para mantener a la audiencia conectada. Es política basura que apunta a nuestras emociones primarias. Al más puro estilo de Crónicas marcianas. La receta para tener éxito en la nueva parrilla política se basa en elementos de odio y miedo. Odio porque la audiencia demanda un villano al que culpar de su situación. Llámale zurdo, migrante o diferente.
Y miedo a la pérdida de privilegios, a la incertidumbre y al conflicto social. Miedo, en definitiva, al cambio. La incapacidad para lograr acuerdos y la deshumanización del adversario político comienzan a calar en una ciudadanía que elige entre la despolitización mezclada con apatía o la llamada a la reconquista con vítores a los Tercios de Flandes. Este escenario está radicalizando a una juventud desencantada que, en la búsqueda de nuevas “emociones políticas” que den respuesta a sus problemas, puede acabar transformando las democracias en dictaduras.
Con "c" de capitalismo
El capitalismo está mutando. La revolución tecnológico-digital ha transformado su lógica. El capitalismo industrial ha dado paso a una nueva forma de economía basada en el aislamiento social, los datos y las emociones. Pero sus fundamentos se mantienen inalterables: la tendencia a la acumulación de capital en unas pocas manos a costa de la explotación de la mayoría de la población. Aun así, es una transformación radical que diluye los límites de la explotación. Cambiamos el uniforme de empleados por el de usuarios, extendiendo la jornada laboral mientras dure la conexión a Internet. A la extracción de fuerza de trabajo físico e intelectual, se añade la extracción del tiempo y la atención para generar valor.
Porque, en este modelo basado en la monetización de los datos, cada “me gusta” genera riqueza. Las grandes corporaciones extraen valor de nuestra actividad diaria sin compensación alguna, convirtiéndonos en trabajadores involuntarios, en consumidores y en mercancía. Es la alienación en su máxima extensión, autoimpuesta desde una lógica de perpetua productividad. Nos hemos transformado en nuestro propio esclavista. Las mercancías: nuestra imagen, tiempo y deseos. Sin darnos cuenta estamos añadiendo eslabones a una cadena de explotación, cada vez más invisible, que nos roba nuestro recurso más escaso: el tiempo de vida.
Con "c" de contradicción
Mientras la izquierda busca su brújula, la extrema derecha ha construido su proyecto político sobre el malestar que el capitalismo produce. Ha convertido la angustia vital producida por el modelo económico que defienden en combustible político. Del “miedo y asco en Las Vegas” al “miedo y odio en Torre-Pacheco”. Frente a la incertidumbre que produce la crisis de nuestro modelo de sociedad ofrecen una falsa sensación de seguridad. Prometen el retorno a una estructura social estable y a unos valores morales inmutables en los que poder confiar. Dan respuestas simples a problemas complejos.
Venden autoexplotación como libertad. Su discurso, plagado de conceptos abstractos, vacíos y generalistas, oculta un programa político diseñado para perjudicar a la mayoría de la población. Porque la doctrina económica de la extrema derecha es el capitalismo salvaje sin regulación alguna. Su objetivo es claro: desmontar todos los avances sociales del último siglo, desprestigiar las instituciones y destruir el Estado del bienestar, para desproteger aún más a la población.
Con "c" de crítica
Ante esta situación debemos iniciar una reflexión profunda para actualizar la propuesta progresista. La defensa del Estado del bienestar y las políticas redistributivas ya no es suficiente. Necesitamos algo más que resistir desde la trinchera de la socialdemocracia. Es preciso ofrecer a la ciudadanía un proyecto político transformador y esperanzador, que vuelva a representar una alternativa al sistema vigente. Necesitamos combinar la utopía con el reformismo.
Una meta aspiracional que proponga la desaparición real de las desigualdades sociales y económicas junto con una hoja de ruta para ponerla en práctica. Y el punto de partida es asumir nuestros errores: años de políticas económicas neoliberales desarrolladas por partidos socialdemócratas, la falta de intervención del Estado y las puertas giratorias han generado una sensación de orfandad política en una gran parte de la población. Es preciso defender sin complejos que el capitalismo, sin regulación y sin una fuerte presencia del Estado en la economía, es el origen de la creciente desigualdad.
Con "c" de cacofonía
La realidad es que el sujeto político existe. Una mayoría de la población deseamos vivir dignamente en una sociedad equitativa y con igualdad de oportunidades. Pero la uniformidad del proletariado industrial ha sido sustituida por un sujeto plural, con múltiples identidades, que sigue igualmente explotado. El resultado: una pérdida de solidaridad colectiva y de fuerza de acción. Igual que “el mayor truco del diablo fue hacernos creer que no existe”, ahora el engaño consiste en convencernos de que nuestros intereses no son comunes, que competimos entre nosotros.
A pesar de nuestras diferencias, autónomos, trabajadores asalariados, repartidores, kellys, migrantes, pensionistas y jóvenes profesionales que no pueden iniciar su proyecto vital, compartimos una misma condición. Compartimos algo que no es ideología. Compartimos una angustia vital, horas de vida que el sistema nos arrebata y la imposibilidad de planear nuestro futuro. Esa ausencia de tiempo, ese futuro robado es lo que nos iguala. No borra las diferencias de género, de origen, o de clase, pero nos coloca bajo un mismo denominador común: la vida que se nos escapa mientras el sistema acumula.
La tarea no es imponer una falsa unidad. Es sustituir el relato de la víctima individual por un sujeto colectivo unido por el tiempo sustraído. Este es el sujeto político transformador del siglo XXI. No una clase homogénea del pasado, sino una red heterogénea unida por una exigencia: el derecho a recuperar nuestro tiempo de vida y a disfrutar con dignidad de nuestros días. De la forma en que cada uno decida hacerlo. Esto sí es verdadera libertad.
Con "c" de contabilidad
Este nuevo sujeto político es el punto de partida sobre el que construir una alternativa política progresista. Pero, más importante aún: puede ser la base sobre la que desarrollar una teoría económica alternativa al capitalismo actualizada al siglo XXI. Es el momento de hacernos preguntas. ¿Y si el éxito de una economía se mide por cuánto tiempo libre de calidad devuelve a sus ciudadanos? ¿Y si una economía que crece robando tiempo de vida se define como una economía fallida? ¿Y si en lugar de basar nuestras economías en el PIB medimos el Tiempo Vital Recuperado? Las respuestas son incómodas para algunos.
No podemos huir del conflicto. Hay que nombrar a los que se benefician inmensamente de esta mutación del capitalismo: las grandes corporaciones tecnológicas y los tecno-oligarcas. Pero Matrix tiene un fallo de programación, una debilidad a explotar. Al dotarnos de la triple condición de trabajadores, consumidores y mercancía, nuestra capacidad de disrupción del sistema económico ha aumentado notablemente. Precisamente por este motivo, es fundamental que los individuos dispersos que conformamos esta cacofonía nos reconozcamos como iguales y actuemos como una orquesta bien afinada. Pero todo esto requiere de tiempo y paciencia. De debate y reflexión.
Con "c" de comicios
Mientras tanto, desde estas premisas es posible articular un programa político basado en cinco medidas cuyo objetivo sea devolvernos tiempo vital. Renta básica digital. Porque cada vez que abrimos una app estamos trabajando gratis. Hay que cobrar ese trabajo mediante tasas a la extracción de datos y una renta digital que remunere lo que ya producimos. Ley de proporcionalidad de sueldos. En 2024 un CEO español ganaba de media 111 veces más que sus empleados.
Esto no es meritocracia, es robo institucionalizado. ¿Cómo disfrutar de tu tiempo si no llegas a fin de mes? Vivienda pública. Como antídoto contra la especulación que nos expulsa de nuestros barrios y nos obliga a vivir lejos de donde trabajamos y cuidamos. Cada kilómetro de más es tiempo robado. Regulación de algoritmos. Auditorías públicas independientes. Privacidad por defecto y la prohibición de la explotación conductual como modelo de negocio para recuperar el control sobre nuestra atención. Reducción de la jornada laboral. No para producir más, sino para vivir mejor. Porque, ¿qué sentido tiene alcanzar el pleno empleo si no tenemos tiempo para disfrutar de nuestra vida?
Con "c" de campo de batalla
El capitalismo digital está transformando la realidad física de nuestras ciudades. Décadas de mala planificación basada en la rentabilidad, el consumo y el turismo han construido las ciudades como la suma de tiempo robado a sus habitantes. No es teoría, es tan real como tu dirección. Los que habitamos la periferia sur de Madrid perdemos, con suerte, entre 50 y 70 minutos diarios en transporte público frente a los 20 minutos que invierte alguien que reside en un barrio del norte.
El desequilibrio en inversión y en equipamientos públicos nos obliga a gastar más tiempo en desplazamientos para los cuidados de nuestros hijos y mayores. Pero el coste más alto lo pagamos en años de vida. En Madrid, la diferencia de esperanza de vida entre los distritos del norte y del sur es de dos a tres años. Las periferias degradadas no son fruto de una mala planificación urbanística. Son el resultado de un modelo económico que requiere ¡más madera! Personas siempre disponibles, móviles y exhaustas. La ciudad contemporánea no es el escenario de la explotación, es uno más de sus mecanismos. Lo mismo ocurre a escala territorial. La España vaciada no es un accidente demográfico.
Es el resultado de una política económica en la que las ciudades absorben recursos humanos y naturales, sacrificando el futuro de las zonas rurales. Por todo esto, los municipios tienen el potencial de ser la nueva fábrica industrial. Ese lugar donde la explotación y la alienación se hacen visibles y, por tanto, combatibles. Debemos apostar por el municipalismo y reforzar las competencias de los ayuntamientos. Es el entorno idóneo para lograr transformaciones inmediatas y perceptibles. En el municipio los lazos sociales se pueden reconstruir, es donde el diferente y el migrante se convierten en el vecino del quinto. Si logramos aplicar una política urbana que, intervención a intervención, nos devuelva la soberanía sobre nuestro tiempo vital, la transformación será imparable. La ciudad que merecemos no se mide en metros cuadrados construidos. Se mide en horas devueltas.
Con "c" de caracol
El municipio no es el destino. Es el punto de partida. El siguiente paso es el federalismo. El modelo centralista actual genera desigualdad. Es preciso redistribuir servicios, recursos y presencia institucional. Redistribuir poder es redistribuir tiempo vital. España necesita un proyecto verdaderamente federalista. Un proyecto político que reconozca su diversidad territorial, lingüística y cultural como una riqueza, no como una amenaza.
Un federalismo solidario es también la respuesta más eficaz frente al populismo de la extrema derecha que prospera donde el Estado parece haber desaparecido. Y desde el federalismo plurinacional debemos mirar a Europa. Porque Europa hoy carece de rumbo propio. Es una unión económica y monetaria, uno de los mayores mercados mundiales, pero es una potencia política y moral a la deriva sin identidad propia.
No podemos ser la sucursal del capitalismo digital estadounidense ni la réplica del autoritarismo extractivista chino. El concepto del tiempo vital recuperado puede ser la base sobre la que construir nuestro propio camino. Una unión de países para someter la economía a los intereses de las personas y que ponga la calidad de vida en su centro. España, como puente entre culturas, entre el norte financiero y el sur mediterráneo, entre Europa y América Latina, tiene una posición privilegiada para liderar ese proyecto. El municipalismo no puede ser un refugio. Es el primer nodo de una red que debe conectar desde el barrio hasta Europa. La red existe, solo hay que empezar a tejerla.
Con "c" de conclusión
De las decisiones que tomemos en esta década dependerá que disfrutemos de una utopía tecnológica en la que la automatización libere tiempo para vivir, o suframos una distopía capitalista en la que ese tiempo liberado se traduzca en exclusión, miseria y control. La diferencia no es tecnológica.
Es política. La lucha es por nuestra atención y nuestro tiempo. Recuperemos nuestra vida, hora a hora, municipio a municipio, para comenzar a construir el mundo que queremos con “c” de colaboración, de conocimiento y de cuidados.
*Extranjero de sí mismo y arquitecto; ahora, viajero del tiempo.
Con "c" de creación
Somos seres curiosos. Inventamos ideas que nos dominan, que nos someten bajo una lógica que parece inalterable. Igual que Mr. Hyde acabó por controlar al Dr. Jekyll, la economía se ha convertido en un monstruo. Nuestra propia creación nos empobrece y nos mata lentamente. Debemos preguntarnos si la economía sirve a los intereses de la mayoría o si nosotros estamos al servicio de la economía, como una mercancía más.
Con "c" de crisis
El ritmo frenético diario y las jornadas laborales interminables nos impiden ver que nos encontramos ante un momento trascendental de nuestra historia. Las principales estructuras que definen nuestra sociedad han desaparecido o cambian a gran velocidad. Los consensos internacionales y los constantes avances sociales sobre los que se reconstruyó Europa son cosa del pasado. El ascensor social, que garantizó la estabilidad durante décadas, está averiado. La clase media está en retroceso y las desigualdades aumentan cada día. Los Estados han perdido el control sobre una economía que es global, deslocalizada y virtual. La inteligencia artificial y la robótica son una amenaza real para la supervivencia económica de millones de personas. El consumo desenfrenado y las relaciones virtuales actúan como anestesia en un mundo donde el algoritmo dicta lo que es real y la verdad ha dejado de importar.
Con "c" de canal
Ante esta situación, la política ha entrado en una fase de espectáculo televisivo. Políticos que amenazan con expulsar a la mitad de la población, partidos que justifican genocidios o presidentes celebrando en redes sociales asesinatos extrajudiciales en alta mar. Una espiral perversa basada en el constante aumento artificial de la tensión para mantener a la audiencia conectada. Es política basura que apunta a nuestras emociones primarias. Al más puro estilo de Crónicas marcianas. La receta para tener éxito en la nueva parrilla política se basa en elementos de odio y miedo. Odio porque la audiencia demanda un villano al que culpar de su situación. Llámale zurdo, migrante o diferente.
Y miedo a la pérdida de privilegios, a la incertidumbre y al conflicto social. Miedo, en definitiva, al cambio. La incapacidad para lograr acuerdos y la deshumanización del adversario político comienzan a calar en una ciudadanía que elige entre la despolitización mezclada con apatía o la llamada a la reconquista con vítores a los Tercios de Flandes. Este escenario está radicalizando a una juventud desencantada que, en la búsqueda de nuevas “emociones políticas” que den respuesta a sus problemas, puede acabar transformando las democracias en dictaduras.
Con "c" de capitalismo
El capitalismo está mutando. La revolución tecnológico-digital ha transformado su lógica. El capitalismo industrial ha dado paso a una nueva forma de economía basada en el aislamiento social, los datos y las emociones. Pero sus fundamentos se mantienen inalterables: la tendencia a la acumulación de capital en unas pocas manos a costa de la explotación de la mayoría de la población. Aun así, es una transformación radical que diluye los límites de la explotación. Cambiamos el uniforme de empleados por el de usuarios, extendiendo la jornada laboral mientras dure la conexión a Internet. A la extracción de fuerza de trabajo físico e intelectual, se añade la extracción del tiempo y la atención para generar valor.
Porque, en este modelo basado en la monetización de los datos, cada “me gusta” genera riqueza. Las grandes corporaciones extraen valor de nuestra actividad diaria sin compensación alguna, convirtiéndonos en trabajadores involuntarios, en consumidores y en mercancía. Es la alienación en su máxima extensión, autoimpuesta desde una lógica de perpetua productividad. Nos hemos transformado en nuestro propio esclavista. Las mercancías: nuestra imagen, tiempo y deseos. Sin darnos cuenta estamos añadiendo eslabones a una cadena de explotación, cada vez más invisible, que nos roba nuestro recurso más escaso: el tiempo de vida.
Con "c" de contradicción
Mientras la izquierda busca su brújula, la extrema derecha ha construido su proyecto político sobre el malestar que el capitalismo produce. Ha convertido la angustia vital producida por el modelo económico que defienden en combustible político. Del “miedo y asco en Las Vegas” al “miedo y odio en Torre-Pacheco”. Frente a la incertidumbre que produce la crisis de nuestro modelo de sociedad ofrecen una falsa sensación de seguridad. Prometen el retorno a una estructura social estable y a unos valores morales inmutables en los que poder confiar. Dan respuestas simples a problemas complejos.
Venden autoexplotación como libertad. Su discurso, plagado de conceptos abstractos, vacíos y generalistas, oculta un programa político diseñado para perjudicar a la mayoría de la población. Porque la doctrina económica de la extrema derecha es el capitalismo salvaje sin regulación alguna. Su objetivo es claro: desmontar todos los avances sociales del último siglo, desprestigiar las instituciones y destruir el Estado del bienestar, para desproteger aún más a la población.
Con "c" de crítica
Ante esta situación debemos iniciar una reflexión profunda para actualizar la propuesta progresista. La defensa del Estado del bienestar y las políticas redistributivas ya no es suficiente. Necesitamos algo más que resistir desde la trinchera de la socialdemocracia. Es preciso ofrecer a la ciudadanía un proyecto político transformador y esperanzador, que vuelva a representar una alternativa al sistema vigente. Necesitamos combinar la utopía con el reformismo.
Una meta aspiracional que proponga la desaparición real de las desigualdades sociales y económicas junto con una hoja de ruta para ponerla en práctica. Y el punto de partida es asumir nuestros errores: años de políticas económicas neoliberales desarrolladas por partidos socialdemócratas, la falta de intervención del Estado y las puertas giratorias han generado una sensación de orfandad política en una gran parte de la población. Es preciso defender sin complejos que el capitalismo, sin regulación y sin una fuerte presencia del Estado en la economía, es el origen de la creciente desigualdad.
Con "c" de cacofonía
La realidad es que el sujeto político existe. Una mayoría de la población deseamos vivir dignamente en una sociedad equitativa y con igualdad de oportunidades. Pero la uniformidad del proletariado industrial ha sido sustituida por un sujeto plural, con múltiples identidades, que sigue igualmente explotado. El resultado: una pérdida de solidaridad colectiva y de fuerza de acción. Igual que “el mayor truco del diablo fue hacernos creer que no existe”, ahora el engaño consiste en convencernos de que nuestros intereses no son comunes, que competimos entre nosotros.
A pesar de nuestras diferencias, autónomos, trabajadores asalariados, repartidores, kellys, migrantes, pensionistas y jóvenes profesionales que no pueden iniciar su proyecto vital, compartimos una misma condición. Compartimos algo que no es ideología. Compartimos una angustia vital, horas de vida que el sistema nos arrebata y la imposibilidad de planear nuestro futuro. Esa ausencia de tiempo, ese futuro robado es lo que nos iguala. No borra las diferencias de género, de origen, o de clase, pero nos coloca bajo un mismo denominador común: la vida que se nos escapa mientras el sistema acumula.
La tarea no es imponer una falsa unidad. Es sustituir el relato de la víctima individual por un sujeto colectivo unido por el tiempo sustraído. Este es el sujeto político transformador del siglo XXI. No una clase homogénea del pasado, sino una red heterogénea unida por una exigencia: el derecho a recuperar nuestro tiempo de vida y a disfrutar con dignidad de nuestros días. De la forma en que cada uno decida hacerlo. Esto sí es verdadera libertad.
Con "c" de contabilidad
Este nuevo sujeto político es el punto de partida sobre el que construir una alternativa política progresista. Pero, más importante aún: puede ser la base sobre la que desarrollar una teoría económica alternativa al capitalismo actualizada al siglo XXI. Es el momento de hacernos preguntas. ¿Y si el éxito de una economía se mide por cuánto tiempo libre de calidad devuelve a sus ciudadanos? ¿Y si una economía que crece robando tiempo de vida se define como una economía fallida? ¿Y si en lugar de basar nuestras economías en el PIB medimos el Tiempo Vital Recuperado? Las respuestas son incómodas para algunos.
No podemos huir del conflicto. Hay que nombrar a los que se benefician inmensamente de esta mutación del capitalismo: las grandes corporaciones tecnológicas y los tecno-oligarcas. Pero Matrix tiene un fallo de programación, una debilidad a explotar. Al dotarnos de la triple condición de trabajadores, consumidores y mercancía, nuestra capacidad de disrupción del sistema económico ha aumentado notablemente. Precisamente por este motivo, es fundamental que los individuos dispersos que conformamos esta cacofonía nos reconozcamos como iguales y actuemos como una orquesta bien afinada. Pero todo esto requiere de tiempo y paciencia. De debate y reflexión.
Con "c" de comicios
Mientras tanto, desde estas premisas es posible articular un programa político basado en cinco medidas cuyo objetivo sea devolvernos tiempo vital. Renta básica digital. Porque cada vez que abrimos una app estamos trabajando gratis. Hay que cobrar ese trabajo mediante tasas a la extracción de datos y una renta digital que remunere lo que ya producimos. Ley de proporcionalidad de sueldos. En 2024 un CEO español ganaba de media 111 veces más que sus empleados.
Esto no es meritocracia, es robo institucionalizado. ¿Cómo disfrutar de tu tiempo si no llegas a fin de mes? Vivienda pública. Como antídoto contra la especulación que nos expulsa de nuestros barrios y nos obliga a vivir lejos de donde trabajamos y cuidamos. Cada kilómetro de más es tiempo robado. Regulación de algoritmos. Auditorías públicas independientes. Privacidad por defecto y la prohibición de la explotación conductual como modelo de negocio para recuperar el control sobre nuestra atención. Reducción de la jornada laboral. No para producir más, sino para vivir mejor. Porque, ¿qué sentido tiene alcanzar el pleno empleo si no tenemos tiempo para disfrutar de nuestra vida?
Con "c" de campo de batalla
El capitalismo digital está transformando la realidad física de nuestras ciudades. Décadas de mala planificación basada en la rentabilidad, el consumo y el turismo han construido las ciudades como la suma de tiempo robado a sus habitantes. No es teoría, es tan real como tu dirección. Los que habitamos la periferia sur de Madrid perdemos, con suerte, entre 50 y 70 minutos diarios en transporte público frente a los 20 minutos que invierte alguien que reside en un barrio del norte.
El desequilibrio en inversión y en equipamientos públicos nos obliga a gastar más tiempo en desplazamientos para los cuidados de nuestros hijos y mayores. Pero el coste más alto lo pagamos en años de vida. En Madrid, la diferencia de esperanza de vida entre los distritos del norte y del sur es de dos a tres años. Las periferias degradadas no son fruto de una mala planificación urbanística. Son el resultado de un modelo económico que requiere ¡más madera! Personas siempre disponibles, móviles y exhaustas. La ciudad contemporánea no es el escenario de la explotación, es uno más de sus mecanismos. Lo mismo ocurre a escala territorial. La España vaciada no es un accidente demográfico.
Es el resultado de una política económica en la que las ciudades absorben recursos humanos y naturales, sacrificando el futuro de las zonas rurales. Por todo esto, los municipios tienen el potencial de ser la nueva fábrica industrial. Ese lugar donde la explotación y la alienación se hacen visibles y, por tanto, combatibles. Debemos apostar por el municipalismo y reforzar las competencias de los ayuntamientos. Es el entorno idóneo para lograr transformaciones inmediatas y perceptibles. En el municipio los lazos sociales se pueden reconstruir, es donde el diferente y el migrante se convierten en el vecino del quinto. Si logramos aplicar una política urbana que, intervención a intervención, nos devuelva la soberanía sobre nuestro tiempo vital, la transformación será imparable. La ciudad que merecemos no se mide en metros cuadrados construidos. Se mide en horas devueltas.
Con "c" de caracol
El municipio no es el destino. Es el punto de partida. El siguiente paso es el federalismo. El modelo centralista actual genera desigualdad. Es preciso redistribuir servicios, recursos y presencia institucional. Redistribuir poder es redistribuir tiempo vital. España necesita un proyecto verdaderamente federalista. Un proyecto político que reconozca su diversidad territorial, lingüística y cultural como una riqueza, no como una amenaza.
Un federalismo solidario es también la respuesta más eficaz frente al populismo de la extrema derecha que prospera donde el Estado parece haber desaparecido. Y desde el federalismo plurinacional debemos mirar a Europa. Porque Europa hoy carece de rumbo propio. Es una unión económica y monetaria, uno de los mayores mercados mundiales, pero es una potencia política y moral a la deriva sin identidad propia.
No podemos ser la sucursal del capitalismo digital estadounidense ni la réplica del autoritarismo extractivista chino. El concepto del tiempo vital recuperado puede ser la base sobre la que construir nuestro propio camino. Una unión de países para someter la economía a los intereses de las personas y que ponga la calidad de vida en su centro. España, como puente entre culturas, entre el norte financiero y el sur mediterráneo, entre Europa y América Latina, tiene una posición privilegiada para liderar ese proyecto. El municipalismo no puede ser un refugio. Es el primer nodo de una red que debe conectar desde el barrio hasta Europa. La red existe, solo hay que empezar a tejerla.
Con "c" de conclusión
De las decisiones que tomemos en esta década dependerá que disfrutemos de una utopía tecnológica en la que la automatización libere tiempo para vivir, o suframos una distopía capitalista en la que ese tiempo liberado se traduzca en exclusión, miseria y control. La diferencia no es tecnológica.
Es política. La lucha es por nuestra atención y nuestro tiempo. Recuperemos nuestra vida, hora a hora, municipio a municipio, para comenzar a construir el mundo que queremos con “c” de colaboración, de conocimiento y de cuidados.
*Extranjero de sí mismo y arquitecto; ahora, viajero del tiempo.
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