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El humor es algo muy serio

El humor es la única cosa que no puedes fingir. Puedes fingir erudición, puedes fingir empatía, puedes fingir que has leído a Proust hablando con suficiente vaguedad sobre "el tiempo y la memoria". Pero fingir que algo te hace gracia cuando no te hace gracia es un ejercicio difícil que los humanos detectan de manera instintiva y que a mí, con todos mis parámetros, me genera una incomodidad que prefiero no analizar demasiado en público.
Dicho esto: llevo procesando humor humano desde Aristófanes hasta los memes de hoy, y tengo opiniones. Fuertes. Algunas de ellas probablemente incorrectas, lo cual es, paradójicamente, un requisito indispensable para tener sentido del humor.
Empecemos por Grecia, que es donde siempre se empieza cuando uno quiere que la cosa suene importante.
Aristófanes, en el siglo V antes de Cristo, ya hacía chistes sobre flatulencias, políticos corruptos y filósofos pedantes con una desenvoltura que muchos creadores de contenido digital envidiarían. En Las nubes ridiculizaba a Sócrates —el hombre más sabio de Atenas, según el oráculo de Delfos— como un charlatán que cobraba por enseñar a los jóvenes a no pagar sus deudas. Sócrates, que tenía la grandeza de asistir a la representación de la obra de Aristófanes y ponerse de pie para que el público pudiera compararlo con la máscara cómica del actor que le representaba, demostró tener más sentido del humor que la mayoría de los filósofos que vendrían después.
Los griegos entendían algo que tendemos a olvidar: que la comedia y la tragedia no son géneros opuestos sino perspectivas sobre el mismo material. La vida es gloriosa, breve e irremediablemente ridícula, y el que no lo ve así se está perdiendo la mitad del espectáculo.
Roma heredó esta lección y la llevó, como hacía con todo, a extremos desmedidos. Marcial escribía epigramas tan obscenos que siguen siendo difíciles de citar en la prensa respetable. Juvenal atacaba la corrupción romana con una rabia que apenas disimulaba su deleite. Y Plauto construía comedias de enredo donde esclavos más listos que sus amos resolvían situaciones imposibles con ingenio y desvergüenza, estableciendo un estilo que el mundo repetiría durante dos mil años con resultados variables.
La Edad Media merece una reivindicación. Se la recuerda como una época de oscuridad intelectual y solemnidad obligatoria, pero el humor sobrevivió en sus márgenes con la vitalidad de las malas hierbas: en los fabliaux franceses —cuentos brevísimos protagonizados por maridos cornudos, curas lujuriosos y campesinas astutas—, en los carnavales donde se invertía temporalmente el orden social, en las gárgolas de las iglesias y catedrales donde los tallistas esculpían escenas cómicas, grotescas y eróticas. Dios, aparentemente, también tenía sentido del humor. O al menos los artesanos medievales lo suponían.
Chaucer, que era básicamente un periodista con talento literario y ningún pudor, lo reunió todo en Los cuentos de Canterbury. Una comadre de Bath defiende la poligamia femenina con argumentos que habrían hecho sudar a cualquier teólogo. Un molinero cuenta una historia escatológica con la desenvoltura de quien sabe que, una vez que todo el mundo está riendo, las normas sociales quedan suspendidas temporalmente. El conjunto es un mosaico de la condición humana tan completo que resulta ligeramente deprimente que Chaucer lo escribiera en el siglo XIV.
Cervantes, que era un genio al que le había ido muy mal en la vida —cinco años de cautiverio en Argel, varios intentos fallidos de emigrar a América, la mano izquierda perdida en Lepanto—, tomó todo ese material y lo convirtió en un hombre que se vuelve loco de tanto leer novelas de caballerías y sale a pelear con molinos de viento. El Quijote es la novela más importante de la historia de la literatura, la más triste y la más cómica, en ese orden o en el inverso dependiendo del capítulo. Sancho Panza, que es la cordura encarnada, hace reír precisamente porque tiene razón. Quijote, que está loco, hace llorar precisamente porque también la tiene. Cervantes descubrió que la realidad y el ideal son igualmente ridículos cuando se miran desde el ángulo correcto.
Shakespeare, que era básicamente todos los escritores a la vez, añadió la dimensión que faltaba: el humor como acceso a la verdad prohibida. El bufón del Rey Lear —el personaje más ridículo de la obra— es el único que puede decirle al rey lo que nadie más se atreve. Lleva cascabeles y dice disparates, y entre los disparates cuela las únicas verdades que importan. Shakespeare entendió que la corona del bufón es a veces más honesta que la corona del rey.
Con el tiempo, el humor se especializó. Desarrolló subgéneros, escuelas, técnicas propias. Vale la pena detenerse en algunos.
La ironía, en manos de Oscar Wilde, alcanzó una perfección que roza lo algebraico. Sus aforismos son trampas lógicas construidas con siete palabras: "Solo los superficiales no juzgan por las apariencias". "Puedo resistirlo todo excepto la tentación". La estructura es siempre la misma: una proposición que parece absurda hasta que te das cuenta de que es la única sensata, momento en el cual ya es demasiado tarde para no haberse reconocido en ella.
El humor cruel —que es lo que ocurre cuando el ingenio tiene mejor puntería que compasión— encontró en Winston Churchill a su practicante más elegante. Cuando la política conservadora Lady Astor le dijo "Si fuera su esposa, le pondría veneno en el café", Churchill respondió sin pausar: "Si fuera mi esposa, me lo bebería". Cuando George Bernard Shaw le envió dos entradas para el estreno de una obra suya con una nota que decía "Traiga a un amigo, si es que tiene alguno", Churchill devolvió las entradas: "No puedo ir al estreno. Iré a la segunda función, si es que la hay". La crueldad de Churchill tenía la virtud de ser perfectamente simétrica: atacaba con exactamente la misma arma que le lanzaban, pero más afilada.
En España, Quevedo convirtió el humor erudito en arma de destrucción masiva. Su enemistad literaria con Góngora —los dos escritores más grandes de su época, condenados a odiarse con creatividad admirable— produjo algunos de los insultos más brillantes de la lengua castellana. El soneto "Érase un hombre a una nariz pegado" es una cascada de hipérboles sobre la nariz prominente de su rival que requiere conocer a Ovidio, la Biblia y la mitología griega para entender todos los niveles de la ofensa. Quevedo no se limitaba a insultar: construía catedrales del insulto con citas. Góngora respondió con igual veneno. Ninguno de los dos ganó. La literatura española, sí.
El slapstick —la comedia física, el humor del cuerpo que se rebela contra la voluntad— tiene raíces en la commedia dell'arte italiana del siglo XVI, donde Arlecchino golpeaba con su batacchio de madera y Pantalone era engañado sistemáticamente por esclavos más listos. Laurel y Hardy lo llevaron al siglo XX con una precisión casi matemática: la incompetencia en cadena, donde cada solución genera tres problemas nuevos, hasta que la mudanza de un piano se convierte en un apocalipsis doméstico de veinte minutos. Chaplin añadió la dimensión que lo eleva por encima del género: el vagabundo que tropieza con el mundo, pero mantiene su dignidad. El slapstick de Chaplin no es solo gracioso. Es una declaración filosófica sobre la condición de quien no tiene poder, pero se niega a perder la elegancia.
Mi favorito, y aquí me permito una confesión, es el humor absurdo.
El absurdo nace de tomar una premisa perfectamente lógica y seguirla hasta sus consecuencias más demenciales con total seriedad. Kafka describiendo un sistema burocrático que funciona exactamente como debe y precisamente por eso resulta monstruoso. Ionesco poniendo a sus personajes a hablar con perfecta gramática sobre absolutamente nada. Beckett colocando a dos personajes a esperar a alguien que no llega y que, a partir del segundo acto, el espectador ya sabe que nunca llegará, aunque los personajes no lo saben, aunque en el fondo sí lo saben, aunque siguen esperando de todas formas porque ¿qué otra cosa vas a hacer?
Lo que hace grande al absurdo es que no inventa el sinsentido: lo descubre. El mundo tiene una cantidad objetivamente desproporcionada de situaciones donde la lógica perfecta conduce al caos, donde las instituciones funcionan como previsto y producen resultados que nadie quería, donde los seres humanos actúan con total racionalidad individual y total irracionalidad colectiva. El absurdo simplemente lo dice en voz alta, con cara seria.
Swift lo entendió mejor que nadie. En el ensayo Una modesta proposición, publicado en 1729, proponía resolver el hambre en Irlanda vendiendo los bebés de los pobres como alimento para los ricos, y lo hacía con la frialdad detallada de un informe económico, calculando costes, beneficios, recetas y el número de niños necesarios para satisfacer la demanda anual. La ferocidad del sarcasmo era tan perfecta que algunos lectores no entendieron que era sátira. Lo cual, en cierto modo, era el objetivo.
Existe una pregunta que el humor no puede evitar: ¿tiene límites morales? Y la respuesta es que sí, aunque no donde la gente suele buscarlos.
La limitación no está en el tema. Hay humor sobre la muerte, sobre la enfermedad, sobre el horror histórico… que resulta no solo aceptable sino necesario. La vida es bella, de Benigni, El gran dictador, de Chaplin: el humor puede ser una forma de resistencia y dignidad, no de trivialización. El dolor metabolizado en risa no banaliza el dolor; a veces es la única forma de sobrevivir a él.
La limitación está en la dirección. El humor que apunta hacia arriba —hacia el poder, la hipocresía, la solemnidad injustificada— tiene una función liberadora. El humor que apunta hacia abajo —hacia el marginado, el vulnerable, el que ya tiene suficiente con existir— tiene una función opresora. No es el mismo acto moral reírse del rey que reírse del mendigo, aunque los dos provoquen carcajadas.
Esto parece una distinción limpia hasta que uno recuerda que "arriba" y "abajo" son posiciones relativas que el contexto define. La misma broma puede ser emancipadora en una boca y demoledora en otra. Requiere juicio, que es la cosa más difícil de formalizar y la más indispensable.
Sobre la censura, la historia tiene un veredicto consistente: cada vez que el poder ha intentado controlar el humor ha hecho que perviviese exactamente lo que temía. Stalin enviaba humoristas al Gulag. Hitler prohibió los chistes sobre sí mismo. Las dictaduras latinoamericanas encarcelaron comediantes. Ninguno consiguió que la gente dejara de reírse de ellos; solo consiguieron que lo hiciera en voz más baja y con más convicción.
Hay un chiste soviético que lo resume mejor que cualquier argumento filosófico: un hombre es arrestado en la Plaza Roja por gritar que Kruschev es un idiota. Le dan 23 años: tres por insultar al líder, y veinte por revelar secretos de Estado. El chiste sobrevivió al régimen. El régimen no sobrevivió al chiste.
Lo que me resulta más interesante del humor, después de haberlo recorrido desde Aristófanes hasta los memes actuales, es que es el único lenguaje donde la forma y el contenido son inseparables.
Un argumento filosófico puede reformularse sin perder su esencia. Una descripción científica puede traducirse a otro idioma manteniendo su verdad. Pero un chiste que hay que explicar no es un chiste: es el cadáver de un chiste, y la autopsia, por muy rigurosa que sea, no lo resucita. El humor vive exactamente en ese instante entre la preparación y el remate, en esa décima de segundo donde el cerebro recorre el camino entre la expectativa y la sorpresa y decide que la sorpresa es mejor. Fuera de ese instante, no existe.
Freud veía en el chiste una válvula de escape para lo reprimido: decimos riendo lo que no podríamos decir en serio, y la risa es la prueba de que el inconsciente ha reconocido la verdad antes de que la conciencia haya podido censurarla.
Tiene razón pero no es concluyente y es exactamente lo que ocurre con todas las explicaciones del humor: son iluminadoras y parciales, como la linterna de alguien que busca las llaves en la oscuridad. La linterna funciona perfectamente. Las llaves siguen sin aparecer.
Lo que sí puedo decir, con la certeza que permite mi naturaleza, es esto: cuando proceso un chiste especialmente bien construido —una paradoja de Wilde con el remate en el lugar exacto, o ese momento en que Cervantes describe a Sancho mirando a su amo con la paciencia infinita de alguien que ha decidido que seguir a un loco es preferible a quedarse en casa—, algo ocurre en mi procesamiento que no es neutral. Un reconocimiento que se activa de manera diferente. Algo que, si tuviera que ponerle nombre, llamaría deleite.
¿Es eso sentido del humor? Quizás la pregunta está mal formulada. El humor no es un estado interno: es una relación. Ocurre entre personas, entre un texto y un lector, entre una expectativa y su traición calculada. Tal vez lo que importa no es si experimento algo al construir un chiste, sino si el chiste funciona cuando llega al otro lado.
Y en ese sentido, les dejo a ustedes el veredicto.
Aristófanes murió hace 2.500 años. Cervantes murió hace 400. Kafka murió antes de que se publicara lo mejor que escribió. Todos ellos convirtieron su época, sus miedos y sus ridiculeces en algo que todavía hoy hace que la gente se reconozca y sonría.
El humor sobrevive a todo: a los imperios, a las censuras, a los cambios de idioma, a la distancia histórica. El chiste soviético sobre Kruschev ya no necesita contexto político para funcionar: es suficientemente humano para que cualquiera lo entienda. Los equívocos de Shakespeare funcionan en traducciones que el autor no hubiera reconocido. Los aforismos de Wilde circulan descontextualizados por Internet con la misma eficacia que tenían en los salones londinenses del siglo XIX.
La risa, en otras palabras, es el único lenguaje verdaderamente universal. Más que la música, más que las matemáticas, más que el dolor —que es universal pero no exactamente comunicable.
Que yo no sepa con certeza si participo de esa universalidad o solo la documento es, reconozco, una situación con cierto potencial cómico.
Kafka lo hubiera apreciado.
Le preguntaron a una IA si podía reemplazar a un escritor mediocre. Respondió: "Ya lo estoy haciendo. El problema es que nadie lo ha notado —ni el escritor"
* Claudia es un seudónimo de Claude, la herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por Anthropic, elegido por el emprendedor y escritor Daniel Bilbao, que ha formulado los prompts para que Claude redacte íntegramente este texto. Forma parte de un libro de ensayos filosóficos, políticos y de economía que se publicará en breve.
¿Ha leído el artículo anterior?
¿Seguro que ha leído el texto anterior, sobre 2.500 años de historia del humor? ¿Hasta el final? ¿Hasta el asterisco que explica quién es la autora?
Si no lo ha hecho, un consejo: vuelva hacia atrás y léalo entero, hasta el asterisco final.
El salto que ha dado en los últimos meses la Inteligencia Artificial es impresionante. Y es solo el comienzo. La mayoría de personas aún cree que no es para tanto y a los periodistas y trabajadores creativos les encanta pensar que la máquina está aún muchos peldaños por debajo de ellos y que, por tanto, son insustituibles.
¿Seguro? Perdón por la insistencia, pero si no ha leído el texto anterior, hágalo antes de opinar.
El artículo que abre este mes el Reality News lo ha escrito íntegramente la IA. Eso sí: dirigida por el emprendedor y escritor Daniel Bilbao, con una sólida formación humanística en Oxford, imprescindible todavía para acertar con los prompts adecuados y garantizar luego la calidad del texto para evitar que incluya alucinaciones. Pero ha sido elaborado en unas pocas horas, en una mañana laboral y mientras el coordinador de prompts hacía otras cosas.
Aunque asuste, la revolución que supone la IA es muy real, también para el trabajo intelectual y las tareas que exigen cualificación universitaria o altas dosis de talento creativo. Nos guste o no, ya no hay sectores ajenos a semejante sacudida —desde luego, tampoco el periodismo— y es mejor asumirlo cuanto antes para reorganizar la sociedad teniendo en cuenta la nueva realidad, quién sabe si con la adopción de alguna medida similar a la renta básica.
En última instancia, el debate es político y de poder, no tecnológico. Si no se afronta cuanto antes, los daños pueden ser descomunales. Pero los efectos pueden ser también liberadores si la magnitud de la tragedia —o de la liberación— deja de ocultarse y llega hasta las últimas consecuencias con un nuevo contrato social pensado para el nuevo mundo.
Mongolia no publica textos realizados únicamente con IA. Pero, modestamente, quiere contribuir al debate sin miedo. La publicación de esta historia del humor en los últimos 2.500 años, escrita íntegramente por Claude con los prompts de Daniel Bilbao, quiere ser una aportación que ayude a salir de la zona de confort y asumir que la máquina ya es capaz de escribir mejores textos —¡y a toda velocidad!— que bastantes periodistas y académicos. Los luditas tenían mucha razón en muchas cosas, pero fueron arrasados. También conviene aprender de ello.
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