print $title?>
La conjura neorreaccionaria

Suena como un título conspiranoico, tiene la apariencia y el sabor de la conspiración y, sin embargo, no lo es… o casi. Es el nombre llamativo que sus partidarios han dado a una doctrina filosófica nacida en EE. UU.: la neorreacción, NRx para los iniciados. El pensamiento neorreaccionario, inspirándose en Descartes y en la Ilustración, se apoya en la razón para rechazar la democracia y proponer un régimen verdaderamente eficaz: la monarquía tecnocrática. Se acabó el desorden: el Estado debe dirigirse como una empresa, acelerar el proceso tecnocapitalista para imponer su ley a la naturaleza, restablecer las desigualdades entre hombres y mujeres, afirmar las diferencias entre patrimonios genéticos. La política ya no debe ser un espacio autónomo; el ciudadano no debe ser más que un cliente.
Es la nueva contracultura de las décadas de 2010 y 2020, desarrollada en las redes por pensadores anglosajones y posteriormente respaldada por algunos multimillonarios de Silicon Valley, que cree encontrar en el regreso de la Administración Trump la oportunidad de convertir a EE. UU. en el laboratorio de una nueva sociedad. Es una manera de reparar los errores de los antihéroes de antaño —Fatalis, Magneto, Apocalipsis, Darkseid, Sinestro, Ultrón o Zorglub— en su búsqueda de la dominación mundial. Entre un altruismo pervertido, que les lleva a considerar que solo una dictadura ilustrada puede salvar el planeta, y una superioridad ideológica, que les convence de que su grupo debe gobernar, entre megalomanía y necesidad de poder absoluto y control. Es una reacción, pero no de las que proponen un regreso al pasado, sino un salto hacia delante. Una capa de neo y de pos-, y lo viejo parece nuevo.
Los principales maestros del pensamiento son Curtis Yarvin, alias Mencius Moldbug, informático, empresario y bloguero estadounidense que en su blog Unqualified Reservations, publicado entre 2007 y 2014, definió los principales ejes teóricos de la neorreacción, y el filósofo universitario inglés Nick Land, fundador del “aceleracionismo”, quien dio al movimiento una pátina de respetabilidad catedralicia. A ellos se suma Costin Vlad Alamariu, autodenominado “el Perverso de la Edad de Bronce”, un estudiante rumano afincado en EE. UU. cuyas teorías —mezcla de neomonarquismo, neotribalismo reaccionario, cultura gaming, universo de memes y esfera incel— han llegado hasta la Casa Blanca.
Entre los propagadores de la neorreacción encontramos a informáticos reconvertidos en políticos, empresarios vinculados a Internet, periodistas, escritores y académicos marcados por la derecha o incluso algunas personalidades tristemente tóxicas de las redes sociales. La mayoría son estadounidenses y todos anglosajones. Cabe citar, entre otros, al informático transhumanista Michael Anissimov; al fundacionalista “tecnomedieval” Charles Haywood; al jugador de póker Patri Friedman (hijo del premio Nobel Milton Friedman), que propone crear micro-Estados en islas artificiales; al ex periodista del Wall Street Journal Rod Dreher; al profesor de Derecho en Harvard Adrian Vermeule; al escritor de ciencia ficción Zero HP Lovecraft; a los blogueros europeos Anomaly UK y Spandrell; así como a Steve Sailer, periodista y excolaborador de la revista National Review, cuyas ideas han sido ampliamente difundidas en foros como Reddit, 4chan, 8kun y en círculos neonazis como Stormfront.
Algunos son conocidos por sus vínculos con políticos en ejercicio: Hans-Hermann Hoppe, antiguo ideólogo del presidente argentino, Javier Milei, y el académico Patrick J. Deneen, gran inspirador del vicepresidente estadounidense, James David Vance. Entre los industriales y multimillonarios procedentes de Internet figuran Peter Thiel, fundador de PayPal, teórico y gran financiador del movimiento neorreaccionario, así como otro empresario, creador de Mosaic y Netscape, Marc Andreessen. No puede faltar en la lista la pintoresca figura de Jack Donovan, inspirador del Perverso de la Edad de Bronce, icono de la manosfera y de la supremacía masculina, satanista y homosexual, opuesto a la desmasculinización de Occidente, a la retórica de los derechos LGBT+ y a las teorías de género.
Alt-Right y neorreacción
En los años 2000 se afirmaron dos corrientes dentro de la extrema derecha estadounidense: la Alt-Right y la neorreacción. Ambas se estructuraron aproximadamente en la misma época y encontraron en los blogs y en las redes sociales los canales esenciales para su reflexión y propagación. También comparten su heterogeneidad y la ausencia de una doctrina central. No obstante, son de naturaleza diferente.
La Alt-Right es esencialmente populista e identitaria; exige un retorno a valores morales antiguos como la nación, la etnicidad, la identidad cultural, el cristianismo y la familia. Considera las evoluciones sociales como una amenaza a su modo de vida y conduce globalmente a un rechazo del otro: el no blanco, el homosexual o el migrante. Sus tesis, que movilizan motivos religiosos, nacionalistas y morales, así como sus discursos de odio y sus modos de acción a menudo violentos, han suscitado controversias y rechazos.
La Alt-Right vivió un pico mediático entre 2015 y 2017 y, en paralelo, una creciente estigmatización. Posteriormente declinó y perdió influencia política con la menor presencia de figuras públicas, como Richard Spencer o Milo Yiannopoulos, una menor visibilidad mediática debido a un control más eficaz de los discursos de odio, la fragmentación interna o la migración hacia otras corrientes como la derecha tradicional o la neorreacción. El término Alt-Right está hoy casi exclusivamente asociado al extremismo racial y a la supremacía blanca, y muchos intelectuales y comentaristas conservadores lo consideran superado y políticamente contraproducente.
La neorreacción, por su parte, es una crítica radical de la democracia representativa, a la que acusa de ineficacia, corrupción y decadencia. Rechaza la idea de que la soberanía popular sea un principio político legítimo y afirma que el sufragio universal produce gobiernos inestables y cortoplacistas. Sostiene asimismo que los medios de comunicación, las universidades y las élites culturales forman una especie de “cártel ideológico” (lo que Yarvin denomina la “Catedral”). Desde su perspectiva, fundamentalmente secular y tecnocrática, la democracia liberal sería una religión implícita, una fe dogmática encubierta.
La neorreacción valora la inteligencia, es conceptual, elitista y tecnofuturista, incluso transhumanista (cómo utilizar la tecnología para aumentar las capacidades físicas, mentales y psíquicas del ser humano). Evita en la medida de lo posible las polémicas externas o internas, rechaza los discursos de odio y aspira a comportamientos de caballeros. Uno de sus blogueros, Nick Steve, publicó incluso un código de conducta neorreaccionario en el que, entre otras cosas, desaconseja el adulterio entre miembros y cónyuges.
Raíces y discurso
Los neorreaccionarios encuentran sus raíces en la historia filosófica: el contrarrevolucionarismo de los siglos XVIII y XIX, que defendía una visión heroica y autoritaria del poder; el realismo elitista de los siglos XIX y XX, que sostiene que, sea cual sea su forma política, toda sociedad está gobernada por una élite y que la democracia no hace más que ocultar las jerarquías; y el pesimismo civilizatorio, que considera inevitable la decadencia de las democracias occidentales. Más cerca de nosotros, Nick Land reinterpreta los escritos marxistas heterodoxos de Gilles Deleuze y Félix Guattari para justificar su teoría del aceleracionismo: hay que llevar al máximo el capitalismo y la tecnología, lo que tendría como efecto disolver las estructuras políticas existentes.
Si no existe propiamente una doctrina única, el investigador francés Arnaud Miranda, gran conocedor de la extrema derecha y autor de un libro sobre la neorreacción, considera que cinco líneas generales estructuran la constelación digital neorreaccionaria: la convicción de que existen jerarquías naturales, desigualdades insuperables —sociales, raciales y sexuales— en el seno de las sociedades humanas; un pesimismo antropológico que juzga que la violencia es un componente intrínseco de las sociedades humanas y que el orden es la condición primera de la prosperidad; la detestación absoluta de la democracia, considerada una fórmula política ineficaz y perversa; el derecho a la exit (salida) como única compensación ante la desaparición de los derechos políticos; un optimismo respecto a la técnica y al tecnocapitalismo.
Anissimov resume por su parte los principios de la neorreacción en términos fácilmente asimilables (la versión para dummies): 1. Las personas no son iguales. Nunca lo serán. Rechazamos la igualdad en todas sus formas. 2. La derecha es lo correcto y la izquierda es lo incorrecto. 3. La jerarquía es básicamente una buena idea. 4. Los roles sexuales tradicionales son una buena idea. 4. El libertarismo es una tontería. 5. La democracia es irremediablemente defectuosa y debemos deshacernos de ella. El cuarto principio equivale simbólicamente a “matar al padre”, dadas las relaciones históricas —y aún presentes— entre el libertarismo (el hijo tóxico del anarquismo) y la neorreacción.
Resulta interesante observar cómo las tesis neorreaccionarias se articulan en torno a temas clásicamente movilizados por la extrema derecha estadounidense, como la religión, el cambio climático, el género, la supremacía blanca y la oposición a la inmigración. Estos asuntos se abordan de manera distinta a la de la Alt-Right. En las tesis dominantes de la neorreacción, Dios está ausente, no se niega la existencia de una crisis climática y las cuestiones de género o inmigración no adoptan un carácter identitario. Sin embargo, en la mayoría de los casos, aunque los puntos de partida sean distintos, más prudentes y sutiles, la conclusión impone sus reglas a la demostración, garantizando una perfecta compatibilidad con las principales tendencias de la derecha tradicional y extrema.
La neorreacción y la religión
Los principales pensadores neorreaccionarios, especialmente Curtis Yarvin y Nick Land, no desarrollan una doctrina religiosa en el sentido tradicional. La neorreacción surge más en entornos tecnológicos que en círculos religiosos y no se apoya explícitamente en la teología cristiana. Dicho esto, algunos autores, como Adrian Vermeule, fundamentan sus desarrollos institucionales en el cristianismo patrístico, y otros, como Nick Land, presentan en ocasiones en sus escritos arrebatos cósmicos, místicos y apocalípticos, aunque sin vinculación directa con la tradición religiosa.
Los temas centrales de la neorreacción —autoridad vertical, jerarquía, orden orgánico, rechazo del igualitarismo— invitan a suscitar simpatías recíprocas con el catolicismo y el conservadurismo cristiano. La religión no se considera necesariamente verdadera en el plano doctrinal, pero sí útil por pragmatismo político, no por fe. Se le reconoce su mérito como herramienta de estabilidad, factor de cohesión y mecanismo para mantener el orden social. Una postura que también se encuentra en Elon Musk, quien, aun no siendo creyente, reivindica la condición de cristiano cultural.
Cambio climático
La relación entre neorreacción y cambio climático se inscribe en la visión global del movimiento sobre la gobernanza. Los neorreaccionarios no son escépticos respecto al fenómeno climático en sí, sino frente al discurso ecológico dominante. Consideran que la ciencia climática está politizada, construida sobre narrativas moralizantes e igualitaristas cuando, según su visión, las élites deben ser protegidas frente a las catástrofes ecológicas, y el resto es población “no esencial”. Además, sostienen que el planteamiento oficial es utilizado para legitimar un control burocrático más que para producir soluciones realmente eficaces.
Las crisis climáticas se conciben como fuerzas naturales o tecnológicas evitables. Se pone el acento en la adaptación o la optimización más que en la responsabilidad moral, y el ser humano no ocupa el centro: la prioridad se otorga a los flujos tecnológicos y económicos. El enfoque, fuertemente jerárquico y elitista, es coherente con el antiigualitarismo del movimiento. Se prioriza la estabilidad y la supervivencia de las estructuras de poder.
Género
La relación entre neorreacción, antifeminismo y oposición a las políticas de género es real pero heterogénea. No se trata de un programa único formalizado ni de un componente dogmático central, sino de un conjunto de posiciones convergentes derivadas de la crítica general al igualitarismo liberal. El feminismo contemporáneo se percibe como una extensión de dicho igualitarismo, además de como un producto ideológico del sistema mediático-universitario, una expresión de la “Catedral”, más que un movimiento de emancipación. Al igual que la religión, la familia se considera una estructura estable capaz de mantener el orden y la cohesión social.
Las posiciones varían según los autores: algunos adoptan una postura libertaria (libertad en los comportamientos privados, pero sin reconocimiento político específico); otros, más numerosos, desarrollan una concepción biológica o evolucionista de los roles sexuales, defienden la jerarquía entre los sexos y critican las políticas de igualdad profesional o de paridad. Lo mismo ocurre con las teorías contemporáneas del género: la neorreacción critica con frecuencia las políticas de inclusión institucional, el reconocimiento jurídico ampliado de identidades de género y el activismo queer.
Aunque no existe una equivalencia exacta con la manosfera o los círculos incel que fomentan la violencia contra las mujeres, las tesis neorreaccionarias aparecen en foros masculinistas, antiwoke y en espacios críticos del feminismo institucional. Entre los blogs femeninos próximos a la neorreacción se puede citar Red Pill Wifery (alusión a la película Matrix), que reúne a mujeres que adoptan las tesis de la manosfera sobre la supuesta opresión de los hombres y la necesaria sumisión femenina, así como Judgy Bitch, blog que se opone al voto femenino y difunde las tesis del Men’s Rights Movement sobre el ginocentrismo y la “desechabilidad masculina”.
Supremacía blanca y nativismo
Una vez más, en autores principales como Curtis Yarvin o Nick Land, el proyecto no se centra en la nación, la etnicidad o la identidad cultural, temas predilectos de la Alt-Right. ¿Por qué preocuparse por estos aspectos si, según su visión, la realidad se impone? Los héroes actuales —los genios desarrolladores informáticos y los magnates llamados a gobernar el mundo— son, prácticamente sin excepción, hombres blancos estadounidenses, y el resto de la población mundial, sea cual sea su color o cultura, no es más que una cantidad despreciable. Si el desarrollo de las nuevas tecnologías a finales del siglo XX y comienzos del XXI es un examen, el hombre de color, la mujer y el europeo suspenden. No nos tapemos los ojos: la contribución tecnológica de Europa en el último medio siglo apenas supera la de África.
La neorreacción y el nativismo comparten la crítica a las élites liberales, la hostilidad hacia las políticas migratorias abiertas y la desconfianza hacia la ideología multiculturalista. En la interpretación neorreaccionaria, la inmigración masiva puede entenderse como un producto del sistema democrático y de la ideología igualitarista, y en el contexto político estadounidense de la década de 2010 algunas de sus variantes convergieron con posiciones nativistas.
El discurso neorradical sobre la realidad de la desigualdad natural (cultural, social, en ocasiones biológica), el “diferencialismo” y la “fragmentación civilizatoria” lleva también a algunos pensadores del movimiento a tesis controvertidas sobre capacidades o culturas. Así, Steve Sailer, fundador del Human Biodiversity Institute, defiende la idea de una “biodiversidad humana” y un “realismo racial” cercano a planteamientos eugenésicos y al supremacismo blanco.
Hoy en Europa y en el mundo
En la actualidad, en EE. UU. la neorreacción es sobre todo una corriente intelectual y cultural que valora la meritocracia extrema y la jerarquía natural, y alimenta un imaginario de ruptura con la democracia y el igualitarismo, más que un movimiento político visible. No obstante, pueden encontrarse rastros de su influencia en ciertas acciones o discursos de la Administración trumpiana: la creación del DOGE (Department of Government Efficiency), estructura encargada de reducir drásticamente el gasto público y originalmente dirigida por Elon Musk; la propuesta de convertir Gaza en una “Riviera de Oriente Medio”; o, más en general, la lógica asumida de poder bruto respecto a Venezuela, Irán o Groenlandia. Estamos lejos de las antiguas justificaciones morales o democráticas.
Su influencia en Europa es muy limitada: traducciones de obras, blogs identitarios o libertarios, microgrupos de reflexión. En Reino Unido pueden encontrarse rastros en círculos digitales asociados al partido por la independencia del Reino Unido (UKIP, antieuropeo), en la Libertarian Alliance o en los restos de la Cybernetic Culture Research Unit (CCRU) de Warwick, de la que Nick Land fue uno de los investigadores. De manera más general, los contextos nacionales —leyes contra el extremismo, cultura republicana en Francia o incluso el catolicismo en España— dificultan la emergencia de partidos neorreaccionarios oficiales. En Rusia, algunas ideas afines circulan en círculos intelectuales y digitales, a menudo mezcladas con el nacionalismo ruso, la ortodoxia y el tecnoautoritarismo.
Los grandes depredadores inteligentes
Desde el impacto de la Revolución francesa, la democracia ha sufrido ataques conceptuales y reales, y la neorreacción es uno de ellos: reciente, asumido y radical. Albert Camus, citado por Miranda, afirmaba que “el demócrata es modesto; reconoce el carácter en parte aventurado de su esfuerzo y que no todo le es dado. Y en razón de eso, reconoce que necesita consultar a los demás, completar lo que sabe por lo que ellos saben”. Los neorreaccionarios, en cambio, son arrogantes, orgullosos de sus certezas, afirman su derecho y su voluntad de gobernar el mundo al modo de los supervillanos de los cómics. Olvidan que la inteligencia está, sin duda, del lado de la modestia.
No creáis que buscan convenceros: vuestra existencia no tiene suficiente interés para ellos. Formáis parte de las poblaciones no esenciales, aquellas que pueden ser arrastradas por el tsunami sin que sea necesario preocuparse. El discurso neorreaccionario es fundamentalmente endógeno: dialogan entre ellos y solo intentan convencer a quienes, por sus miles de millones y su control de redes globalizadas, son los únicos susceptibles de hacer realidad sus proyectos.
No rechacéis tampoco a los políticos narcisistas y psicópatas: si es que conocen las ideas neorreaccionarias, estas deben de parecerles una amenaza para su puesto de trabajo. Probablemente sean ellos quienes, combinando estupidez y embriaguez de poder, consideran la democracia como el caldo necesario en el que pueden manipularnos a cucharadas y, en última instancia, nos protegen de los grandes depredadores inteligentes.
¡APOYA A MONGOLIA!
Suscríbete a Mongolia y ayuda a consolidar este proyecto de periodismo irreverente e insumiso, a partir de solo 45 euros al año, o dona para la causa la cantidad que quieras. ¡Cualquier aportación es bienvenida!








