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El poder del ‘electrofascismo’

El hecho autárquico, el relato épico de una España incomprendida en el Occidente materialista, se desnuda y se describe como una profusa red de intercambios en la que distintas corporaciones políticamente motivadas afianzaron su poder y sus cifras de negocio. La distribución de los medios de producción, de las tierras y de las licencias administrativas siguió criterios estrictamente políticos: los franquistas ricos se hicieron más ricos.
Algunos financieros y comerciantes, como Juan March, rey del estraperlo, de la corrupción y del soborno durante la Restauración y la Segunda República, habían contribuido a la financiación del golpe militar. March obtuvo con ello numerosos beneficios económicos, como la concesión de la empresa Barcelona Traction en condiciones fraudulentamente favorables; la Barcelona Traction se convirtió en Fuerzas Eléctricas de Cataluña Sociedad Anónima (FECSA), una de las mayores eléctricas del país, absorbida durante la democracia por ENDESA, hoy día una multinacional controlada por el Estado italiano.
Instituciones sin ánimo de lucro como la Fundación Juan March, fundada en los años veinte por el patriarca fallecido en 1962, constituyen hoy día un punto de referencia del pensamiento, la investigación y la promoción de la cultura, y la Banca March es una entidad caracterizada por sus niveles de solvencia, su discreción mediática y el número de participaciones que su grupo matriz ostenta sobre las empresas del IBEX 35.
Destaca también el sustento proporcionado a Franco por los industriales y financieros vascos y catalanes, temerosos de la revuelta social del periodo de entreguerras y confiados en que el golpe de Estado supondría la restauración de la Monarquía y un equilibrio de fuerzas favorables a sus intereses económicos. Entre estos cabe mencionar a los directivos de las principales entidades financieras ligadas a la industria, como lo fueron el Banco Bilbao y el Banco Vizcaya, presentes en sectores fundamentales, como la electricidad, la siderurgia o los astilleros.
También es importante el papel de empresarios de explícita militancia franquista, como José María de Oriol y Urquijo, alcalde de Bilbao desde el final de la guerra y presidente de la empresa Hidroeléctrica Española. Hidroeléctrica Española, conocida como Hidrola, se benefició de los contratos del Estado, que le concedían la utilización exclusiva de los saltos de agua de los grandes ríos para la generación de energía. José María de Oriol se convirtió en un pilar del régimen al diseñar la distribución regional de los servicios de electricidad. También destacó por su papel mediador para que los falangistas y los carlistas convergieran hacia un remedo de partido único.
De manera similar, Hidrola y otras empresas del mismo sector terminaron fusionándose en la multinacional Iberdrola, una de las líderes en energías renovables.
El “electrofascismo”, la coalición de productores y distribuidores de electricidad, se había unificado en la patronal UNESA, a la que pertenecía también Pedro Barrié de la Maza, fundador de la gallega Unión Fenosa y propietario del Banco Pastor. Nombrado por el dictador conde de Fenosa, había sido beneficiario de la expropiación de su principal competidor, José Miñones, partidario de la legalidad republicana.
El conde de Fenosa promovió la cesión del Pazo de Meirás a la familia Franco, un regalo financiado a través de suscripciones obligatorias a la población local, un ejemplo de los muchos que sirven para romper el entonces consabido mito de la austeridad del general Franco. Unión Fenosa forma parte en la actualidad del conglomerado empresarial de la energía denominado Naturgy, que agrupa a otras empresas, como Gas Natural.
Otros grandes prohombres cimentaban su éxito en la proximidad al caudillo y a la denominada camarilla de El Pardo, que albergaba a la familia del dictador y a sus vínculos más íntimos, como el esposo de su hija Carmen Franco, Cristóbal Martínez-Bordiú, el marqués de Villaverde.
En este apartado destacan Félix Huarte, uno de los cimientos del Valle de los Caídos; José Banús, promotor de los barrios madrileños de El Pilar o La Concepción y de un puerto con su nombre; José Manuel Entrecanales, factótum de Entrecanales y Távora (hoy ACCIONA); Demetrio Carceller, promotor de CEPSA y CAMPSA en los años veinte, ministro de Industria y Comercio y abuelo del actual presidente de Cervezas Damm; y Joaquín Benjumea, ministro y fundador de Sevillana de Electricidad (hoy parte de ENDESA). Su sobrino Felipe crearía Abengoa, dedicada a las energías renovables.
La lista de riquezas obtenida a través de la expropiación o de las concesiones en una España en reconstrucción e industrialización ha sido extensamente tratada. Fue una acumulación primitiva de capital en la que el Nuevo Estado jugó un papel preponderante como palanca.
La legitimidad del franquismo descansaba en la victoria militar y en la anuencia de las corporaciones, a cuyas cuentas de resultados contribuyó mediante la protección exclusiva de sus negocios y la creación proactiva de oportunidades públicas y privadas. La dictadura no fue una tiranía empresarial, es decir, un régimen privado tras una fachada militar.
El dictador, celoso del poder, estableció una difusa separación entre especialización política y empresa privada: una división social del trabajo “nacional”, que lideró el pacto necesario entre poder político y capital para impulsar la industrialización y fomentar un clima de estabilidad política y económica.
Esto no quiere decir que determinada clase empresarial no resultase especialmente beneficiada. Es más, esta especialización podría estar mostrando que los empresarios no estaban implicados en la política gracias a las enormes remuneraciones obtenidas y previstas.
De esta forma, la falta de activismo empresarial podía deberse más bien a la generosidad de las concesiones públicas establecidas, resultantes de la red de poder conformada tras la victoria militar, más que a una especialización económica propia de democracias liberales asentadas.
Contentos con las expectativas despertadas por el nuevo régimen, los responsables de las grandes corporaciones nacionales dedicaron buena parte de su esfuerzo a sus negocios privados, manteniendo un fuerte vínculo con el Estado a través de conexiones informales o perfiles mixtos, como los de los militares empresarios o los falangistas más cercanos al mundo de los negocios.
Texto publicado con el permiso de la editorial.
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