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Cómo derribar a un presidente (en España)

El año que comienza es de una gran incertidumbre. La invasión de Venezuela así lo indica. Pocas veces como ahora politólogos, filósofos, historiadores y analistas políticos han mostrado una preocupación tan grande por la estabilidad de la democracia, tanto a nivel planetario como nacional. Hasta tal punto que hay quien duda de si cuando el año termine todavía quedará algo que defender.
En España, este periodo no viene precedido de buenas noticias. La enconada lucha política, el odio hacia el contrario, la rabia que eso genera y el cansancio o el hastío que despierta entre los ciudadanos impide que podamos ser optimistas. Terminada la tregua de las fiestas navideñas se retoma la batalla política en la que todo vale, si de lo que se trata es de derribar a Pedro Sánchez. “El que pueda hacer, que haga”, pidió José María Aznar. Algo muy parecido a aquella frase pronunciada durante la Transición por el fundador de Alianza Popular, Manuel Fraga, diciendo que “había que azuzar” a todo aquel que pudiera empujar a Adolfo Suárez a irse. En realidad, todo comenzó hace 45 años, cuando germinó el caldo de cultivo para intentar cuestionar y más tarde derribar a un presidente.
De aquellos barros, estos lodos. Tras casi dos años de intenso acoso político y mediático, a finales de enero de 1981 Adolfo Suárez, la persona que había llevado a cabo la Transición política en España, tuvo que tirar la toalla, al no poder resistir las enormes presiones a las que se vio sometido, tanto desde dentro como desde fuera de su partido. El periodista Antxón Sarasqueta diría: “En ningún país europeo se devora a los hombres públicos con la brutalidad y ligereza que ocurre en España”.
Esta inequívoca sensación de debilidad fue aprovechada por los sectores más inmovilistas y por los militares, dispuestos a sacar las tropas a la calle para restringir las libertades, prohibir la existencia de determinados partidos y cancelar el proceso de reforma política. El ariete utilizado fue Antonio Tejero: un teniente coronel de la Guardia Civil, visceral e impulsivo, capaz de cometer las mayores barbaridades, que tomó por las armas el Congreso de los Diputados el 23 de febrero de 1981.
A mi juicio, es entonces cuando se produce el primer gran retroceso en las aspiraciones democráticas de una buena parte del pueblo español y entramos en una nueva fase que será conocida como el “pacto del olvido”. Según la profesora Teresa Vilarós, esa es “la losa que sella también la memoria y el futuro de España”. Este inicio del año 2026 puede ser un buen momento para reflexionar si nos encontramos sólidamente asentados como país o si, como mantiene el politólogo Ignacio Sánchez Cuenca, la Transición todavía no ha terminado.
Ultras de sofá
Hoy ya no se necesitan Tejeros que irrumpan armados en el Congreso para subvertir el orden establecido. Esos personajes intransigentes, que buscan derribar la democracia, viven entre nosotros y gozan de gran presencia en nuestras instituciones. Han aprendido a utilizar en su propio beneficio las herramientas que el sistema les proporciona, con el fin de socavarlo desde dentro. Radicalizarse hoy no resulta tarea complicada. La investigadora alemana Katherine Kondor ha estudiado cómo se puede hacer: sin salir de tu habitación, sentado en tu propio sofá. Tan solo hace falta estar conectado a internet o tener delante un teléfono móvil.
Cada vez son más los jóvenes que parecen sentirse atraídos por el autoritarismo. Unos por mero desconocimiento y otros porque imaginan sentirse más protegidos que en un sistema democrático, que ni entienden ni comparten. Ninguno de ellos parece tener el menor reparo en abrir de nuevo la puerta a las fuerzas reaccionarias para regresar a un pasado que creen mejor.
El truco del trilero
Hoy, como entonces, ensimismados por la realidad aumentada que nos ofrece una buena parte de los medios de comunicación, asistimos al “truco del trilero”. “Nos despluman mientras miramos la bolita”, asegura el catedrático de Filosofía política Daniel Innerarity. Una bolita que ponen ante nuestros ojos con clara intención desestabilizadora y que nos muestra un país inadmisible y repugnante, en el que la corrupción se ha apoderado de nuestros representantes políticos, mientras entregamos distraídos nuestra sanidad y nuestra universidad pública a la codicia de unos cuantos. La caída de un Gobierno progresista llevará aparejada el triunfo de quienes pretenden privatizarlo todo y reducir el Estado a algo puramente ornamental.
Contra el simplismo
Esta operación de acoso y derribo difícilmente podría llevarse a cabo sin la colaboración mediática que, en su labor de zapa, sirve de altavoz a las fuerzas involucionistas. Cuanto mayor sea la barbaridad que estos medios propaguen, más crecerá la ira de aquellos que amplifican su discurso destructor. De este modo, cada vez circulan con menor control los bulos, las noticias falsas y los mensajes breves, en los que la complejidad brilla por su ausencia.
No hay que echar en saco roto la advertencia lanzada por el premio Pulitzer Jason Roberts, quien afirma que “uno de los grandes desafíos del mundo actual es el simplismo”. Una forma de combatirlo es asumir que en las sociedades desarrolladas nada es tan elemental, todo tiene diversas lecturas y matices.

Ilustración: Irene Mala
El falso espíritu de la Transición
A menudo se invoca el espíritu de la Transición para asegurar que aquella fue una época en la que prevalecieron la serenidad y la palabra sobre otros impulsos más primarios. Quienes vivimos aquellos años podemos dar fe de que ese espíritu, si alguna vez existió, duró muy poco: desde 1977 hasta 1979. A partir de ese momento se rompió el consenso y comenzó una encarnizada lucha política, en un ambiente que Alfonso Osorio no dudó en calificar de “espectáculo de las ambiciones, de las mentiras, de las injurias o de las delaciones”.
La distorsión de la verdad histórica
Suárez fue sometido a todo tipo de intimidaciones, infundios y calumnias con el propósito de desgastarlo políticamente. Las fuerzas del franquismo permanecieron unidas, mientras la izquierda se veía obligada a realizar importantes renuncias. Como recuerda la ensayista Sophie Baby, “la derecha española nunca luchó contra el fascismo, sino que es heredera de ello”.
Identificar la muerte de Franco con la llegada de la democracia es un error común. Las instituciones franquistas gozaban entonces de buena salud y tanto el presidente del Gobierno como el rey Juan Carlos I eran herederos del franquismo.
Aprender de nuestros errores
Se conspiró para derribar a Suárez, se le sometió a una moción de censura y se extendió el rumor de que hacía falta un “golpe de timón”. Aquello fue aprovechado por los militares golpistas para intentar convertirlo en un golpe de Estado: el 23F.
Aunque fracasó en su escenografía, consiguió sus objetivos. Se sentó el precedente de que en situaciones políticamente difíciles se puede derribar a un presidente elegido democráticamente si representa un obstáculo para determinados poderes fácticos.
A por el Estado social
Hoy esas ideas reaccionarias han arraigado en numerosos gobiernos autonómicos y municipales. Se trata de terminar con el Estado social en favor de la iniciativa privada. Es la doctrina Trump, que pretende exportarse a Europa con la ayuda de la ultraderecha como caballo de Troya.
Ha llegado el momento de decidir
En este 2026 la batalla se reanuda con una sociedad española profundamente polarizada, entre una derecha radicalizada y una izquierda sin alternativa sólida. En esta encrucijada, es más necesario que nunca recordar a Tony Judt y preguntarnos en qué mundo queremos vivir, conscientes de que, aunque las cosas van mal, hay mucho que defender.
*Periodista con más de 40 años de experiencia profesional.
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